El aban­de­ra­do de los pies des­cal­zos

La Nueva - - OPINIÓN. -

HA TRANS­CU­RRI­DO un mes des­de que la fo­to de Lo­ren­zo cap­tó la aten­ción del país. LA IMA­GEN, pu­bli­ca­da en las re­des so­cia­les sin más in­ten­ción que dar cuen­ta de su con­di­ción de aban­de­ra­do de la Es­cue­la Nº 948, ubi­ca­da en la re­ser­va Ya­bo­tí, en Mi­sio­nes, se con­vir­tió en sím­bo­lo de una reali­dad que mu­chos ig­no­ran o si­mu­lan des­co­no­cer. SE VE a Lo­ren­zo -de 14 años de edad- con una ex­pre­sión se­ria, res­pe­tuo­sa, por­tan­do la ban­de­ra na­cio­nal, en el ac­to del día de nues­tra en­se­ña. VES­TI­DO CON un pu­ló­ver ama­ri­llo y pan­ta­lo­nes ce­les­tes, el de­ta­lle que se con­vir­tió en con­di­men­to pe­rio­dís­ti­co in­me­dia­to es que el estudiante es­ta­ba des­cal­zo, con sus pies apo­ya­dos so­bre la car­pe­ta de ce­men­to. LA FO­TO se en­car­gó de dar vi­si­bi­li­dad a una de las mu­chas de si­tua­cio­nes de ca­ren­cias que atra­vie­san de­ce­nas de co­mu­ni­da­des, pue­blos y ciu­da­des en to­do el te­rri­to­rio na­cio­nal, y que en los ca­sos de la in­fra­es­truc­tu­ra es­co­lar sue­le te­ner ri­be­tes pe­no­sos, cuan­do no es­can­da­lo­so. CO­NO­CI­DA LA his­to­ria, el mi­nis­tro de Edu­ca­ción de la Na­ción (se omi­te por res­pe­to co­lo­car “y de De­por­tes”) se­ña­ló que la mis­ma “es una de las deu­das que to­da­vía que­dan”, sin pre­ci­sar si se re­fe­ría a la fal­ta de cal­za­do, a la in­di­fe­ren­cia del Es­ta­do o a ig­no­rar lo que su­ce­de le­jos de la ca­be­za de Go­liat. LO­REN­ZO ES uno de los 300 chi­cos que ha­ce un año con­cu­rren a la es­cue­la, to­dos miem­bros de la co­mu­ni­dad mb­yá Ña­man­dú, la cual ocu­pa un re­du­ci­do sec­tor de la re­ser­va Ya­bo­tí, en el cen­tro de Mi­sio­nes, área pro­te­gi­da por la Unes­co por la bio­di­ver­si­dad de su fau­na y flo­ra. PA­RA ÉL no tie­ne na­da de par­ti­cu­lar ha­ber asis­ti­do des­cal­zo: lo ha­ce la mi­tad de los chi­cos. Ellos ex­pli­can que es por el ca­lor, co­mo­di­dad o cos­tum­bre. Es una reali­dad que, su­pues­ta­men­te, no los da­ña. SÍ, EN cam­bio, se sen­tían mal cuan­do has­ta ha­ce un año te­nían las cla­ses ba­jo la som­bra de tres árboles, sen­ta­dos en el pi­so. LOS PIES de Lo­ren­zo es­tán so­bre un con­tra­pi­so y se ad­vier­ten los la­dri­llos des­nu­dos del fla­man­te edi­fi­cio. A BULL­RICH, que el día del bi­cen­te­na­rio es­cri­bió en el li­bro de la ca­sa de Tu­cu­mán que “sin edu­ca­ción no hay in­de­pen­den­cia”, de­be in­co­mo­dar­lo, co­mo a to­dos los ar­gen­ti­nos, que la es­cue­la se cons­tru­yó gra­cias a un be­ne­fac­tor de na­cio­na­li­dad sui­za, Car­lo Fa­lot­ti.

La ima­gen, que cir­cu­ló por las re­des so­cia­les, se con­vir­tió en sím­bo­lo de una reali­dad que mu­chos ig­no­ran o si­mu­lan des­co­no­cer.

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