Be­tia­na Blum lle­ga a Bahía con “Yo amo a Shir­ley Va­len­ti­ne”

Be­tia­na Blum lle­ga con Yo amo a Shir­ley Va­len­ti­ne, un éxi­to que te in­vi­ta a reír­te du­ran­te una ho­ra y me­dia, pe­ro fun­da­men­tal­men­te a sen­tir con el co­ra­zón.

La Nueva - - PORTADA - Fran­co Pig­nol fpig­nol@la­nue­va.com

Des­de las 21.30. La re­co­no­ci­da ac­triz se pre­sen­ta en el Don Bos­co con su obra Yo amo a Shir­ley Va­len­ti­ne.

Be­tia­na Blum for­ma par­te del gru­po de ac­to­res que que­da­ron mar­ca­dos a fue­go en la his­to­ria del ci­ne na­cio­nal gra­cias a su par­ti­ci­pa­ción en la ge­nial Es­pe­ran­do la Ca­rro­za (1985).

Esa pe­lí­cu­la hot es in­dis­cu­ti­ble, tan­to por su rit­mo, in­ten­ci­dad y hu­mor, co­mo por no te­ner fe­cha de ven­ci­mien­to. Co­mo to­dos los clá­si­cos.

Sin em­bar­go, ha­ce 31 años las co­sas eran dis­tin­tas, na­die ima­gi­na­ba lo que fi­nal­men­te re­sul­tó. Pe­ro eso lo con­ta­rá Be­tia­na Blum unas lí­neas más ade­lan­te.

Es­ta no­che lle­ga­rá con Yo amo a Shir­ley Va­len­ti­ne, des­de las 21.30, en el Tea­tro Don Bos­co. Es una co­me­dia mun­dial­men­te co­no­ci­da es­cri­ta por el pres­ti­gio­so au­tor bri­tá­ni­co Willy Rus­sell.

Es un ma­ra­vi­llo­so via­je de una ama de ca­sa que apren­de a en­con­trar­se a sí mis­ma.

"La obra co­mien­za con una ama de ca­sa que pe­la pa­pas y que ha­bla con la pa­red. En­ton­ces uno se ríe. En­se­gui­da te das cuen­ta de que no es­tá ha­blan­do só­lo de ella, si no de to­dos no­so­tros", cuen­ta Be­tia­na. -¿Quién no ha­brá so­ña­do con rom­per con la rutina?

-Es un te­ma muy pro­fun­do. To­da nues­tra vi­da lle­na de luz y ex­tra­or­di­na­ria se trans­for­ma de re­pen­te en una rutina, en la que pa­re­ce que ya es­tá to­do da­do y to­do he­cho, en la que no hay na­da nue­vo, na­da que ha­cer más que es­pe­rar.

"Mu­chas ve­ces no nos da­mos cuen­ta y de re­pen­te te­ne­mos to­dos nuestros ho­ra­rios or­ga­ni­za­dos. Otro te­ma es el mie­do a no­so­tros mis­mos", acla­ra. -No nos va­lo­ra­mos.

-¿Cuán­tos de no­so­tros po­de­mos de­cir con sin­ce­ri­dad "yo me amo, me va­lo­ro, me cui­do"? No nos va­lo­ra­mos. Qui­zás nos da­mos un pre­mio por lo que ha­ce­mos o por lo que te­ne­mos, pe­ro no nos va­lo­ra­mos por lo que so­mos.

-Ge­ne­ral­men­te las obras de ar­te que lle­gan al co­ra­zón de la gen­te re­pre­sen­tan te­mas co­mu­nes a la ma­yo­ría. ¿Es­te es el ca­so de "Shir­ley Va­len­ti­ne"?.

-¿Quién no se ha­brá sen­ti­do iden­ti­fi­ca­do con el abu­rri­mien­to de la rutina? ¿Quién pue­de de­cir con la ver­dad que se va­lo­ra a sí mi­so? -¿Es una obra fi­lo­só­fi­ca? -No pa­ra na­da. No es una obra pa­ra pen­sar, sino que es una obra pa­ra sen­tir. El per­so­na­je es muy sim­ple, ha­bla des­de un lu­gar tan ver­da­de­ro y tan di­rec­to que es im­po­si­ble no iden­ti­fi­car­te.

El diá­lo­go pro­pio

-Shir­ley co­mien­za la obra pe­lan­do pa­pas y ha­blan­do con la pa­red. Es co­mo cuan­do ca­da uno de no­so­tros char­la­mos en si­len­cio con no­so­tros mis­mos.

-El au­tor lo­gra un per­so­na­je muy di­rec­to con es­ta ama de ca­sa. Es muy fuer­te la ima­gen de una per­so­na abu­rri­da pe­lan­do pa­pas y ha­blan­do con la pa­red. ¡Y no ha­bla ha­ce po­co, sino que ha­ce años! Te­rri­ble.

"Lo ge­nial tam­bién es que el es­pec­ta­dor se rie una ho­ra y me­dia sin pa­rar. Es­tá pre­sen­ta­da de una ma­ne­ra en que es im­po­si­ble no reir­se, por­que cuan­do al­go te to­ca, te reis. Es im­po­si­ble que­dar­se afue­ra de lo que ella plan­tea".

Un sal­to al va­cío

-Pa­ra rom­per con la rutina hay que te­ner mu­cho va­lor, es arries­gar­se, co­mo un sal­to al va­cío.

-Lo con­mo­ve­dor de es­ta mu­jer tan sen­ci­lla y tan sim­ple es có­mo va trans­cu­rrien­do su his­to­ria has­ta el fi­nal, que es una his­to­ria de éxi­to. Por­que a las co­sas uno las ha­ce co­mo pue­de, con equi­vo­ca­cio­nes y tro­pie­zos. Es ahí don­de uno di­ce bueno, sim­ple­men­te hay que dar el pri­mer pa­so co­mo uno pue­da en la di­rec­ción bus­ca­da.

-Ha­ce ca­si un año que es­tás con la obra ¿se te acer­ca gen­te del pú­bli­co a de­cir­te que va a cam­biar con su rutina?

-Mu­cha gen­te me di­ce eso. Si vos vie­ras có­mo se van cuan­do ter­mi­na la obra, lo que pa­sa en la sa­la, lo que se rien y lo que se con­mue­ven. Eso es lo ge­nial, se ríen mu­cho y les to­ca el co­ra­zón. Por al­go es un éxi­to mun­dial la obra y se si­gue re­pre­sen­tan­do con mu­cho éxi­to.

La obra maes­tra

--En el mo­men­to de ro­dar Es­pe­ran­do la ca­rro­za, ha­ce ya 31 años, ima­gi­nas­te que se iba a con­ver­tir en una pe­lí­cu­la cla­ve pa­ra el ci­ne na­cio­nal. -Na­die se lo ima­gi­nó. Im­po­si­ble. -Có­mo era el con­tex­to en aque­lla épo­ca.

-Fue muy her­mo­so, fun­cio­ná­ba­mos co­mo una fa­mi­lia. Nos or­ga­ni­za­ba­mos pa­ra al­mor­zar jun­tos, ha­bía un cli­ma muy cor­dial y her­mo­so. So­bre to­do por­que ha­bía per­so­nas con un gran sen­ti-

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