Fútbol

La Nueva - - PORTADA -

So­lo plan­tear el te­ma re­pre­sen­ta­ría en cual­quier país ci­vi­li­za­do un sin­sen­ti­do. Pe­ro en la Ar­gen­ti­na -que si­mu­la ser­lo y no lo es- se ha con­ver­ti­do en una dis­cu­sión de Es­ta­do. La con­mo­ción, o po­co menos, que ha crea­do el rumor de que el Go­bierno no sub­si­dia­rá más la te­le­vi­sa­ción gra­tui­ta del fútbol, tras­pa­ren­ta el país de ope­re­ta en que nos he­mos con­ver­ti­do, ade­más de mos­trar nues­tro do­ble stan­dard de con­duc­ta.

En el dis­cur­so dia­rio nos ras­ga­mos las ves­ti­du­ras fren­te a los ni­ños sin te­cho, a los en­fer­mos sin me­di­ca­men­tos, a los maes­tros sin es­cue­la, a los in­vá­li­dos sin si­llas de rue­da, a los po­li­cías sin cha­le­cos an­ti­ba­las, a los in­ves­ti­ga­do­res sin la­bo­ra­to­rios y a las ma­dres sol­te­ras sin co­bi­jo. Sin em­bar­go, el fútbol es sa­gra­do. Tie­ne la en­ti­dad de un de­re­cho hu­mano. Que to­quen cual­quier co­sa, ex­cep­to nues­tro pan dia­rio, aun­que ello cues­te la frio­le­ra de 2.500 mi­llo­nes de pe­sos anua­les. En Alemania se­ría un lu­jo ca­ro. En­tre no­so­tros es una po­lí­ti­ca obs­ce­na.

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