La pa­sión y el amor por la me­di­ci­na en un pri­mer plano

Los Gab­ba­ri­ni: Car­los Vi­cen­te y su hi­jo Car­los Es­te­ban. Son dos pro­fe­sio­na­les muy que­ri­dos. El pa­pá, quien cum­plió su la­bor du­ran­te 50 años, me­re­ce una dis­tin­ción en el hos­pi­tal lo­cal.

La Nueva - - PUNTA ALTA - Cfal­zo­ni@la­nue­va.com

MU­CHO MÁS QUE UNA FOR­MA DE VI­DA Clau­dio Fal­zo­ni El buen hu­mor y la alegría. Esa es la me­jor re­ce­ta pa­ra la vi­da. Car­los Vi­cen­te Gab­ba­ri­ni, 85 años, la re­co­mien­da, en una ex­ten­sa char­la con

en su ca­sa. Su hi­jo Car­li­tos, 48 años, fue tam­bién pro­ta­go­nis­ta de ella. Car­los, con ra­pi­dez, afir­ma que la pro­fe­sión le de­jó el “el amor y el ca­ri­ño de la gen­te. Siem­pre fue muy con­si­de­ra­da con­mi­go”. Es inevi­ta­ble que el ape­lli­do sur­ja en al­gu­na con­ver­sa­ción. "Gab­ba­ri­ni aten­dió a mi fa­mi­lia", Una fra­se muy na­tu­ral que mu­chos pa­cien­tes así lo cer­ti­fi­can, Lo pro­pio su­ce­dió con otros pro­fe­sio­na­les de su épo­ca. Con su po­pu­lar mo­to­ne­ta, en sus co­mien­zos, Car­los fue a Vi­lla del Mar, a Vi­lla Ge­ne­ral Arias, Arro­yo Pa­re­ja, en­tre otros lu­ga­res. No ha­bía ho­ra­rios. Ello trans­cu­rrió du­ran­te mu­chos años. Me­dio si­glo des­pués tres by­pass lo ale­ja­ron de su pro­fe­sión. Re­cuer­da, es­pe­cial­men­te, a “Spanky” Váz­quez --hoy in­te­gra su fa­mi­lia-- a quien lo ayu­da­ba en las ci­ru­gías en el hos­pi­tal mu­ni­ci­pal. En di­cho no­so­co­mio, don­de fue di­rec­tor du­ran­te sie­te años, Car­los me­re­ce una dis­tin­ción. Hay que sa­car­le li­te­ral­men­te

“La Nue­va.”,

el som­bre­ro. ¿Anéc­do­tas? Mi­les. Car­los re­cuer­da que lle­gó a su ca­sa un cor­de­ro vi­vo, en agra­de­ci­mien­to, por­que no co­bra­ba la con­sul­ta. Ga­lli­nas, le­cho­nes, pe­lu­dos, co­ne­jos, hue­vos y tor­tas son otros ejem­plos del apre­cio de la gen­te ha­cia su la­bor. La tra­di­ción hoy pro­si­gue con Car­li­tos: re­ci­be más de 400 vi­nos por año. Atien­de en el “fa­mo­so” con­sul­to­rio que he­re­dó de su pa­dre con la to­ta­li­dad del mo­bi­lia­rio que lu­ce im­pe­ca­ble y que im­pac­ta a sim­ple vis­ta. Sus ami­gos de to­da la vi­da “co­la­bo­ran” con él pa­ra que el stock no se si­ga in­cre­men­tan­do. Car­li­tos re­cuer­da que su ma­má Ama­ble Inés Gen­ca­re­lli fue su se­cre­ta­ria de su pa­pá y des­pués lo hi­zo otra per­so­na. El pa­go era a vo­lun­tad. “Que­ría ser mé­di­co co­mo mi pa­pá. El te­lé­fono so­na­ba 200 ve­ces. Cuan­do ve­nía del hos­pi­tal, mi ma­má --fue pre­si­den­ta de la Ca­sa del Ni­ño-- le te­nía pre­pa­ra­da la lis­ta de los do­mi­ci­lios. Co­mía en menos de 10 diez mi­nu­tos y se iba. No nos veía­mos a la noche por­que nos acos­tá­ba­mos an- tes pa­ra ir a la es­cue­la al día si­guien­te”. Re­cuer­da que, con ocho años, lo em­pe­zó a acom­pa­ñar a los do­mi­ci­lios de los pa­cien­tes. “Me lla­ma­ba po­de­ro­sa­men­te la aten­ción lo que él des­per­ta­ba en la gen­te. Esa ad­mi­ra­ción. Cuan­do se iba, las per­so­nas lo co­rrían pa­ra po­ner­le un bi­lle­te aden­tro del bol­si­llo". “Me lo da­ba a mí, en el Fiat 600, así co­mo su­ce­día con la co­mi­da, en los años 19751976. A los 12 años apren­dí a ma­ne­jar y lo lle­va­ba, en al­gu­nas oca­sio­nes, a vi­si­tar los pa­cien­tes”. Car­los tam­bién fue "fa­mo­so" por al­gu­nos exa­brup­tos que de­cía con re­gu­la­ri­dad. “Mi hi­jo es un ex­ce­len­te mé­di­co, muy bien for­ma­do”, afir­ma con or­gu­llo. En fa­mi­lia Cam­bio de pla­nes. "A mis hi­jos, To­más (19 años), Ma­tías (17) y Mía (13), les di­je que su abue­la que­ría que fue­ra ar­qui­tec­to; pe­ro no sa­bía ni ha­cer un cua­dra­do. Te­nía muy cla­ro que desea­ba ser co­mo mi pa­pá, en to­do sen­ti­do. El me crío con ab­so­lu­ta li­ber­tad. La que po­nía los lí­mi­tes era mi ma­má co­mo hoy su­ce­de con mi es­po­sa Ma­ri­na”, ex­pre­sa Car­li­tos. La que­ri­da Ca­sa del Ni­ño. Car­los co­la­bo­ró con la tra­di­cio­nal ins­ti­tu­ción. "La an­ti­gua fun­cio­na­ba en un lu­gar muy pe­que­ño. Pa­ra lo­grar la cons­truc­ción de la nue­va ca­sa, en el Pa­sa­je Gu­tié­rrez S/N, tu­ve la colaboración de un ami­go, de la em­pre­sa Villanueva y Zor­zi, y del ex­go­ber­na­dor de la pro­vin­cia de Bue­nos Ai­res Eduar­do Duhal­de", re­cuer­da el doc­tor.

Que­ría ser mé­di­co co­mo mi pa­pá. El te­lé­fono so­na­ba 200 ve­ces. Cuan­do ve­nía del hos­pi­tal mi ma­má le pre­pa­ra­ba la lis­ta de los do­mi­ci­lios", re­cuer­da Car­li­tos.

Rosario Puer­to Bel­grano. El amor por la ca­sa­ca fran­ce­sa es otra coin­ci­den­cia en­tre los Gab­ba­ri­ni. Car­los in­te­gró la co­mi­sión di­rec­ti­va don­de "apren­dí mu­cho. Soy un fa­ná­ti­co de la ins­ti­tu­ción". Car­li­tos atien­de a los ju­ga­do­res en su con­sul­to­rio. Y To­más se per­fi­la pa­ra ju­gar en Pri­me­ra división. Agus­tín. "Mi so­brino ado­ra a su abue­lo. Vi­ve con él des­de ha­ce va­rios años", di­ce Car­li­tos. Ines­pe­ra­da. Así de­fi­ne Car­li­tos a su in­cur­sión en la po­lí­ti­ca. Se desem­pe­ña co­mo se­cre­ta­rio de Salud. Tam­bién fue mé­di­co de Pa­mi: 17 años.

AGEN­CIA PUN­TA AL­TA

Car­los Gab­ba­ri­ni jun­to a su hi­jo, en el diá­lo­go que man­tu­vie­ron con "La Nue­va.".

Car­li­tos, en el re­co­no­ci­do con­sul­to­rio ubi­ca­do en la ca­lle 25 de Ma­yo.

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