En­tre la in­di­fe­ren­cia y la res­pon­sa­bi­li­dad

La Nueva - - OPINIÓN -

PE­RROS. El ulu­lar de una sirena de am­bu­lan­cia y es­pe­cial­men­te en ho­ras de la no­che, im­pre­sio­na y so­bre­co­ge. Siempre nues­tro pen­sa­mien­to desea que la per­so­na a ser au­xi­lia­da, pue­da re­cu­pe­rar­se. Vier­nes a la no­che, un servicio de emer­gen­cia cru­za las ca­lles ha­cien­do so­nar la alar­ma. To­dos le de­ja­mos pa­so y nos im­pre­sio­na cuan­do ce­sa el so­ni­do. Es evi­den­te que el ac­ci­den­te es cer­ca. A po­cas cua­dras ve­mos las lu­ces gi­ra­to­rias de la po­li­cía,lle­gó pri­me­ro. Al cos­ta­do de la ve­re­da y le­jos del gru­po de cu­rio­sos, se ve un pe­rro ti­ra­do. ¿De quién es? ¿Qué fue lo que su­ce­dió? Na­die le pres­ta aten­ción, es sim­ple­men­te un pe­rro. ¿Pe­ro qué so­mos? Así co­mo nos preo­cu­pa­mos por un se­me­jan­te, ¿no se­ría ho­ra de tam­bién ha­ya un servicio de am­bu­lan­cia para los ani­ma­les? Ca­si el 100% de ellos son me­jo­res que las per­so­nas. Ha­ga­mos al­go por otro ser vi­vo.

Clau­dia Cur­be­lo

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