“Da­me el ce­lu­lar o te cla­vo un ti­ro”

La Nueva - - PARA EMPEZAR. -

3 .10 de la ma­dru­ga­da del do­min­go. Zo­na de bo­li­ches de Fuer­te Ar­gen­tino.

A una cua­dra de Cho­co­la­te, una pa­re­ji­ta, am­bos de 16 años, no di­si­mu­lan el fas­ti­dio por ha­ber­se en­con­tra­do, co­mo de­ce­nas de otros jo­ven­ci­tos, con las puer­tas ce­rra­das de El Reino, uno de los tres cen­tros bai­la­bles del sec­tor, cuan­do por las re­des so­cia­les se anun­cia­ba su reaper­tu­ra tras per­ma­ne­cer ce­rra­do por una or­den ju­di­cial. De pron­to… “Da­me el ce­lu­lar o te cla­vo un ti­ro. DALE!!! Pa­rá, an­tes des­blo­quea­lo o te ha­ce­mos mier­da las pier­nas. DALE !!!! ”.

El chi­co no ofre­ce re­sis­ten­cia al­gu­na. In­cré­du­lo, ca­si sin mi­rar al mal­vi­vien­te, ac­ce­de a ca­da re­qui­si­to­ria. Sin chis­tar.

En­ton­ces le­van­ta la vis­ta y ve que los cho­rros son tres. Jó­ve­nes, de más o me­nos 20 años ca­da uno. Con esas tí­pi­cas ca­pu­chas que sue­len uti­li­zar los pi­bes de hoy en día. Bue­nos y ma­los. Víc­ti­mas y vic­ti­ma­rios. To­dos den­tro de un pa­que­te ca­da vez más ex­plo­si­vo. Y que na­die se atre­ve a desen­vol­ver pa­ra echar mano de una bue­na vez por to­das.

*** -Se­ñor (di­ri­gién­do­se a uno de los tan­tos po­li­cías afec­ta­dos en el lu­gar), me aca­ban de ro­bar el ce­lu­lar. Es­ta­ba con ella (se­ña­la a su pa­re­ji­ta) en aque­lla es­qui­na y se me vi­nie­ron tres cha­bo­nes.

-Ah, si… ha­ce 20 mi­nu­tos ro­ba­ron otro. -... - ¿Es­tán bien? - Si, si… - Bueno, pa­sa­me el nú­me­ro de un ce­lu­lar. Si nos en­te­ra­mos de al­go, te lla­ma­mos...

Aho­ra la in­cre­du­li­dad vie­ne por otro la­do. De su­frir la ac­ción in­tem­pes­ti­va de tres ván­da­los a la vis­ta de to­dos, a pa­de­cer la inac­ción de la fuer­za de se­gu­ri­dad en me­dio de un es­ce­na­rio don­de abun­dan los pe­di­dos de do­cu­men­to, los ros­tros adus­tos de los uni­for­ma­dos, pe­ro de una ce­gue­ra inex­pli­ca­ble. Has­ta sos­pe­cho­sa.

“Es la se­gun­da vez que me ro­ban así, pre­po­teán­do­me. La otra fue cuan­do te­nía 13 años en el ba­rrio La Fal­da, en la puer­ta de la ca­sa de mi abue­la. Aque­lla vez eran dos, no tres, y no me di­je­ron que me iban a pe­gar un ti­ro si no les da­ba el ce­lu­lar. So­lo me iban a fa­jar”. De un re­la­to a otro pa­sa­ron tres años. De uno a otro se ad­vier­te una ma­yor agre­si­vi­dad, una cre­cien­te sen­sa­ción de in­de­fen­sión. La la­ce­ran­te idea que es­ta pe­lí­cu­la se pue­de vol­ver a re­pe­tir.

En cual­quier ca­lle, rin­cón o ám­bi­to de nues­tra ciu­dad.

Es­ta Bahía Blan­ca que al­gu­nos nos quie­ren ha­cer creer que es “se­gu­ra”.

Y, la ver­dad, nues­tra se­gu­ri­dad es la úni­ca a la que ve­mos pre­sa. En­tre re­jas. Sin le­yes que la am­pa­ren ni fuer­zas de se­gu­ri­dad que la co­bi­jen.

Así es­ta­mos.

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