En­cuen­tros cer­ca­nos con la reali­dad

La Nueva - - PARA EMPEZAR - Es­cri­be Wal­ter Gu­lla­ci wgu­lla­ci@la­nue­va.com

No tie­ne más de 10 años, aun­que su pi­car­día de­nu­cie mu­cha más ca­lle y vi­ven­cias de las que se pue­den jun­tar en ape­nas una dé­ca­da de vi­da.

El pi­be ven­de zo­que­tes, a "20, 30, 40 pe­sos el par". Y mues­tra una ren­gue­ra al­go ex­tra­ña. Al­go for­za­da. So­bre­ac­tua­da. Se le ha­ce no­tar y lar­ga una car­ca­ja­da. No im­por­ta.

La co­sa es que el chico, fi­nal­men­te, se lle­vó los 30 pe­sos por un par de me­dias al­go des­co­lo­ri­das que de­jó entre las dos co­pas aún va­cías. En una de las tan­tas me­si­tas muy bien dis­pues­tas so­bre la ace­ra, en ple­na ave­ni­da Alem.

Al ra­ti­to, no­más, el que se pa­ra de­lan­te es un hom­bre for­ni­do. No ha­bla. Se pre­su­me mu­do. So­lo de­ja un pa­pel inun­da­do de pa­la­bras que cues­ta leer. Por lo os­cu­ro del lu­gar, pe­ro más que na­da por la pres­bi­cia que avan­za. Pi­de una co­la­bo­ra­ción por un te­ma de pre­ca­ri­za­ción la­bo­ral por su dis­ca­pa­ci­dad. ¿Pre­sun­ta? ¿Por qué du­dar? Se le ayu­da y lis­to.

A los cin­co mi­nu­tos aso­ma la fi­gu­ra de una ne­na, con una son­ri­sa im­po­si­ble de de­jar pa­sar. Su sim­pa­tía ga­na por go­lea­da.

-¿Y vos que me que­rés ven­der? -Es­ta flor pa­ra su no­via. No era mo­men­to pa­ra ex­pli­car­le que la su­pues­ta no­via era la ma­dre de tres de mis hi­jos. Pe­ro bueno. No vino pa­ra na­da mal ese cla­vel ro­jo y ma­ti­zar así con un po­co de ro­man­ti­cis­mo una no­che bien de ve­rano. Aun­que car­ga­di­ta...

Por­que ca­si al uní­sono quien se pre­sen­ta es una mu­jer muy jo­ven, ¡con cua­tro chi­cos! Más que la ma­má, pa­re­cía la her­ma­na de los ni­ños, pe­ro no... Ju­ra­ría que se tra­ta­ba de la ma­má. Y a co­la­bo­rar. Por cuar­ta vez en 20, 30 mi­nu­tos. Una vez más.

En­ton­ces la sa­li­da, pac­ta­da pa­ra char­lar un ra­to de bue­yes per­di­dos sin la irrup­ción de la mi­ni­de­man­dan­te de 7 años, la ma­xi­de­man­dan­te de 13 y el ma­yor­de­man­dan­te, de 16, se tor­nó im­po­si­ble. No hu­bo ca­so.

Sir­vió, sí, pa­ra caer en la cuen­ta de que ca­da día es­ta­mos más le­jos de la pro­me­ti­da po­bre­za ce­ro. Y se­gu­ra­men­te más cer­ca, mu­cho más cer­ca, de re­en­con­trar­nos con un es­ce­na­rio re­cu­rren­te de es­ta Ar­gen­ti­na que nos due­le. Siem­pre nos due­le. Más allá de Cris­ti­na o de Mau­ri. Ya da lo mis­mo...

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