“Quien me con­tu­vo, ade­más de mi fa­mi­lia, fue mi gru­po de ami­go s del rugby”

La Nueva - - DEPORTES. -

Mi­guel Iras­tor­za -bahien­se, 54 años- se afe­rró a un sen­ti­mien­to y a un de­por­te pa­ra so­bre­lle­var con la ma­yor en­te­re­za po­si­ble el dra­ma de la gue­rra. Por­que rugby y amis­tad son si­nó­ni­mos en la can­cha y tam­bién lo fue­ron en la vi­da de quien, en el día de su cum­plea­ños 19, sus­pen­dió el fes­te­jo en el cam­po por un lla­ma­do te­le­fó­ni­co.

“Via­ja­mos en un Hér­cu­les y en un avión de Ae­ro­lí­neas. Lle­ga­mos el 4 y fui­mos pa­ra la ca­sa del go­ber­na­dor. La ter­ce­ra par­te de la com­pa­ñía era la cus­to­dia de la au­to­ri­dad is­le­ña, la otra es­ta­ba en el pue­blo ha­cien­do vi­gi­lan­cia y la otra, don­de es­ta­ba yo, en la plan­ta An­ta­res de YPF. No lo sa­bía­mos. Nos en­te­ra­mos des­pués que cus­tu­diá­ba­mos to­do el com­bus­ti­ble JP1 de nues­tros avio­nes en una zo­na de co­ber­tu­ra si­tua­da en­tre el ae­ro­puer­to y Puer­to Ar­gen­tino”, re­cor­dó Iras­tor­za.

Es­te ac­tual co­la­bo­ra­dor del rugby de So­cie­dad Spor­ti­va e in­te­gran­te de Vie­jas Pa­lo­mas, se desem­pe­ña­ba co­mo se­gun­da y/o ter­ce­ra lí­nea cuan­do lo con­vo­ca­ron a ser­vi­cio.

"Fui­mos po­cos los que en ese año ju­gá­ba­mos al rugby y fui­mos a Mal­vi­nas. Re­cuer­do que tam­bién par­ti­ci­pó Ser­gio Cano, un chi­co de Ar­gen­tino", ex­pre­só.

Si bien no for­mó par­te de la ca­ra más cru­da de la gue­rra, co­mo po­li­cía mi­li­tar Iras­tor­za pa­de­ció las mis­mas pe­nu­rias que la ma­yo­ría de los co­lim­bas ar­gen­ti­nos.

"Si sa­lías, nun­ca sabías si vol­vías. Tu­ve con­cien­cia ple­na de que es­ta­ba en una gue­rra el 1 de ma­yo, el día del bom­bar­deo. Por­que lo pri­me­ro que bom­bar­dea­ron fue el ae­ro­puer­to... En teo­ría íba­mos a vol­ver, pe­ro des­pués se cor­tó el en­la­ce con el con­ti­nen­te y nos que­da­mos al fi­nal”, re­cor­dó.

“El te­ma co­mi­das no era me­nor. Ha­bía que re­bus­cár­se­las pa­ra con­se­guir­la. Éra­mos un gru­pi­to de 17. Co­mo es­tá­ba­mos cer­ca del puer­to, íba­mos y con­se­guía­mos ca­jo­nes. Al mar­gen, te­nía­mos dos co­mi­das dia­rias", di­jo.

"Me desem­pe­ñé co­mo asa­dor ofi­cial. Un día con­se­gui­mos unos ca­jo­nes de po­llos... Los ha­cía­mos con las ba­ran­das de los cer­cos, por­que la tur­ba no enciende. -Pe­ro si es­ta­mos acá, fue por­que tuvimos suer­te. La tur­ba no enciende por arri­ba, sino des­de aba­jo. Y no­so­tros ha­cía­mos el fue­go de nues­tra co­mi­da pa­red de por me­dio don­de es­ta­ba el JP1... Sin sa­ber­lo”, sos­tu­vo.

Pe­ro si to­do fue más lle­va­de­ro pa­ra un ado­les­cen­te en un am­bien­te hos­til, fue gra­cias al rugby.

“Lo más im­por­tan­te que te de­ja el rugby son los ami­gos. No me acuer­do có­mo sa­lía en

“Me es­cri­bían una car­ta en­tre to­dos, pe­ro les pe­dí que en ade­lan­te me es­cri­bie­ran una ca­da uno”.

los par­ti­dos, si ga­né o per­dí con­tra Uni o Ar­gen­tino. Pe­ro sí re­cuer­do las anéc­do­tas de ves­tua­rio, los via­jes...", afir­mó.

"Mis her­ma­nos de la vi­da, del rugby, son los que me es­cri­bían en Mal­vi­nas. To­dos me te­nían al tan­to de lo que pa­sa­ba. Con sus car­tas me da­ban áni­mo. Y cuan­do vol­ví me pa­só lo mis­mo. Quién me con­tu­vo, ade­más de mi fa­mi­lia, fue mi gru­po de ami­gos. Y mi gru­po de ami­gos es del rugby”, agre­gó.

“Ira­zus­ta, Fi­da­ni, Sou­vi­llé, Maz­zu­che­lli... No me quie­ro ol­vi­dar de nin­guno. Esas car­tas eran una in­yec­ción aními­ca. Es más, me es­cri­bían una en­tre to­dos, pe­ro les pe­dí que en ade­lan­te me es­cri­bie­ran una ca­da uno. No era lo mis­mo re­ci­bir una, que cin­co. Por lo me­nos, pa­ra mí en ese mo­men­to. Y con to­da es­ta gen­te que te nom­bré, so­mos her­ma­nos de la vi­da des­de los 10 años. Nues­tros hi­jos son ami­gos y con mu­chos nos se­gui­mos vien­do”, sos­tu­vo.

El Fla­co re­gre­só al país en el úl­ti­mo em­bar­que de pri­sio­ne­ros.

“Los in­gle­ses te sa­ca­ban to­do y te de­ja­ban en cal­zon­ci­llos. En ese pe­da­ci­to de mue­lle en el que es­tá­ba­mos pre­vio a em­bar­car, lo­gré apren­der `my let­ter´ (mi car­ta). Yo te­nía co­mo 90 car­tas. Les de­cía 'my let­ter, my fa­mily'. Ellos ti­ra­ban to­do al dia­blo, pe­ro el ti­po me las de­jó. Hoy las con­ser­vo, co­mo tam­bién al­gu­nas otras que yo man­dé des­de las is­las y que me acer­ca­ron. Les que­da­rán de re­cuer­do a mis hi­jos, por si al­gún día las quie­ren leer”, di­jo.

“Me con­si­de­ro un ve­te­rano de Mal­vi­nas. Siem­pre di­go que Mal­vi­nas no es­ca­pa de la reali­dad. A ve­ces re­zon­go por­que fui­mos 10 o 12 mil ti­pos y hay vein­ti­pi­co mil pen­sio­nes", con­clu­yó.

Iras­tor­za, bahien­se y de 54 años, re­tor­nó a nues­tro país en el úl­ti­mo bar­co de pri­sio­ne­ros.

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