His­to­rias per­so­na­les con te­lé­fo­nos

La Voz del Interior - Número Cero - - Consumos Culturales -

in­ten­ción de sus­pen­der sus ora­cio­nes? ¿Una atea o un após­ta­ta? ¿Las mon­jas tie­nen prohi­bi­do aten­der el te­lé­fono?

¿En el com­ple­jo aban­do­na­do? Pe­ro ¿có­mo po­dría ha­ber allí un apa­ra­to con una lí­nea vi­gen­te? ¿Quién lla­ma­ría con esa in­sis­ten­cia a una ca­sa va­cía ha­ce dos dé­ca­das?, ¿un fan­tas­ma que bus­ca ha­blar con otro fan­tas­ma?

El cen­tro de yo­ga y el pa­tio con pi­le­ta y niño es­tán des­car­ta­dos. Pe­ro ¿las oficinas de la clí­ni­ca? ¿Al­gu­na deu­da ame­na­za a los due­ños?, ¿el nue­vo to­mó­gra­fo traí­do de Ale­ma­nia, pa­ga­do en eu­ros? ¿O el abo­ga­do de una víc­ti­ma de ma­la pra­xis? ¿Los em­plea­dos es­tán en­tre­na­dos pa­ra no aten­der?

Dos. O, qui­zás, del otro la­do de la lí­nea es­té sim­ple­men­te una adic­ta a la con­ver­sa­ción. Una vez me con­ta­ron la his­to­ria de una mu­jer que lla­ma­ba a la es­ta­ción de bom­be­ros por­que era gra­tis. Char­la­ba ho­ras, has­ta que te­nían que cor­tar­le por­que ha­bía que sa­lir en el co­che bom­ba. Otra vez leí la his­to­ria del mú­si­co que com­pu­so su me­jor can­ción cuan­do sus ami­gos no es­ta­ban del otro la­do pa­ra es­cu­char­lo en su pi­co de an­gus­tia exis­ten­cial. Y los te­lé­fo­nos so­na­ban, in­de­fi­ni­da­men­te, en Lon­dres, en Ita­lia, en Bue­nos Ai­res town.

Tres. ¿Cuál es la re­la­ción en­tre cuer­po, co­ra­zón y voz? La voz, en el te­lé­fono, ¿no es co­mo una mis­ma pro­yec­ta­da y en­cap­su­la­da en el co­bre, am­pli­fi­ca­da o cer­ce­na­da cuan­do na­die atien­de?

Cua­tro. Du­ran­te años creí­mos que ese ins­tru­men­to de hu­ma­ni­dad ha­bía si­do in­ven­ta­do por Ale­xan­der Graham Bell. Pe­ro en 2002 se le re­co­no­ció la po­tes­tad a su ver­da­de­ro crea­dor: An­to­nio Meuc­ci. Sin em­bar­go, fue Jean Coc­teau el que lo con­sa­gró en su di­men­sión dra­má­ti­ca con La voz hu­ma­na, es­tre­na­da en 1930.

Cin­co. To­dos los que pa­sa­mos la ba­rre­ra de los 38 tenemos una his­to­ria per­so­nal con el te­lé­fono. El fi­jo, no el mó­vil. La mía, la pre­fe­ri­da, es la de los in­ten­tos de ha­blar a tra­vés de la téc­ni­ca del “pin­cha­do”, vio­lan­do la prohi­bi­ción fa­mi­liar. En tar­des de ais­la­mien­to en la Pa­ta­go­nia, tra­tar de lle­gar a otro la­do, de es­cu­char la fra­gi­li­dad de al­gu­na voz hu­ma­na de­trás de ese in­sis­ten­te “tu, tu, tuuuu”. Gol­pear la hor­qui­lla del apa­ra­to una vez pa­ra el uno, dos pa­ra el dos, y así has­ta diez pa­ra el ce­ro. Com­po­ner en ese có­di­go una cla­ve de ac­ce­so a la con­ver­sa­ción. Y, ra­ra vez, con­se­guir­lo.

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