PE­SA­DI­LLAS, SUE­ÑOS Y ENOJOS

La Voz del Interior - Rumbos - - En La Adolescencia Hay Una Reedición Del Complejo -

Es im­por­tan­te sa­ber que es só­lo una eta­pa y hay que dar­le afec­to al ni­ño sin ma­ni­fes­tar mo­les­tia por lo que ha­ce, lue­go se vol­ve­rá ami­go del pa­pá. Tam­bién hay ni­ños que no ma­ni­fies­tan es­to cla­ra­men­te sino a tra­vés de pe­sa­di­llas y enojos con el pa­pá y en es­tos ca­sos hay que ser muy cui­da­do­sos, es­tar cer­ca del chi­co y acom­pa­ñar­lo cuan­do sue­ña o se enoja y no dar­le gran im­por­tan­cia. Los ni­ños pa­san es­ta eta­pa tran­qui­los si los adul­tos no ma­ni­fies­tan ner­vio­sis­mo y ellos en­tien­den que sus pa­dres vi­ven una re­la­ción di­fe­ren­te a la que tie­nen con él, pe­ro que no por eso lo aman me­nos. Cuan­do los pa­dres pe­lean o com­pi­ten, los hi­jos in­ten­tan ser hos­ti­les con uno o con otro o es­ta­ble­cen alian­zas. Es­to no es sano y no ayu­da a que apren­da a

ma­ne­jar­se con el otro se­xo.

po­dían pro­du­cir­se com­ple­jos co­mo el de Edi­po o el de cas­tra­ción, que más ade­lan­te te­nían que re­sol­ver­se sa­tis­fac­to­ria­men­te. Si es­to no ocu­rría así, en­ton­ces se ge­ne­ra­ban las neu­ro­sis. Freud ex­pli­ca­ba el com­ple­jo de cas­tra­ción afir­man­do que la vi­sión de los ge­ni­ta­les fe­me­ni­nos pro­du­cía mie­do en los ni­ños por­que és­tos lo in­ter­pre­ta­ban co­mo la mu­ti­la­ción pro­du­ci­da por un cas­ti­go y, en cam­bio, las ni­ñas sen­tían en­vi­dia de los va­ro­nes por­que ellas ca­re­cían del miem­bro vi­ril. Lo nor­mal era que a me­di­da que iban ma­du­ran­do es­tos com­ple­jos se­xua­les se re­sol­vie­ran bien.

El doc­tor Tes­so­ne cuen­ta que Freud de­cía que el com­ple­jo de Edi­po de­bía ser “se­pul­ta­do”, pe­ro no obs­tan­te, des­de el fon­do del in­cons­cien­te con­ti­núa to­da la vi­da y ejer­ce una in­fluen­cia. Por su­pues­to, hay di­fe­ren­tes gra­dos de re­so­lu­ción del pro­ble­ma. Y Freud con­si­de­ra­ba que el com­ple­jo de Edi­po es el con­flic­to cen­tral de to­da neu­ro­sis.

Se­gún el freu­dis­mo, la raíz del com­ple­jo de Edi­po en el ni­ño hay que bus­car­la al­re­de­dor de los cua­tro o cin­co años de edad. En esa épo­ca la ma­yo­ría de los ni­ños em­pie­zan a ser ca­pa­ces de re­nun­ciar a la com­pa­ñía ha­bi­tual de los pa­dres y co­mien­zan a re­la­cio­nar­se con otras per­so­nas. Los víncu­los de com­po­nen­te eró­ti­co que has­ta ese mo­men­to man­te­nían con la ma­dre se de­bi­li­tan. Si se les per­mi­tie­ra que ta­les re­la­cio­nes con­ti­nua­ran, a me­di­da que los pe­que­ños fue­ran ma­du­ran­do se sen­ti­rían se­xual­men­te li­ga­dos a la ma­dre y no se­ría po­si­ble su­pe­rar el com­ple­jo edí­pi­co.

¿Nos va a se­pa­rar co­mo pa­re­ja? ¿Có­mo ayu­dar a que su­pere la eta­pa? ¿Pue­de te­ner pro­ble­mas por eso? Es­tas son las pre­gun­tas más ha­bi­tua­les que ge­ne­ra Edi­po. •

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