El ár­bol que re­ga­la ma­ri­po­sas

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que se ele­vó bus­can­do el sol. Los ha­bi­tan­tes del bos­que lo ob­ser­va­ban con cu­rio­si­dad: −Me re­cuer­da al gua­ya­cán cuan­do era chi­qui­to −di­jo el zo­rro-Agua­rá-gua­zú. −Jum, jum… −bur­bu­jeó el su­ru­bí, que na­da­ba con pe­re­za. −No te ilu­sio­nes; él es­tá muer­to.

Cuan­do el ar­bo­li­to se hi­zo ár­bol, co­men­za­ron a bro­tar en sus ra­mas ca­pu­llos apre­ta­dos que des­per­ta­ron gran ex­pec­ta­ti­va. Lle­gó el día en que las flo­res de­bían abrir­se, y lo hi­cie­ron to­das al mis­mo tiem­po.

Des­con­cer­ta­dos, los ani­ma­les en­via­ron al ta­pir-Mbo­re­ví a bus­car a la he­chi­ce­ra quien se tre­pó a su lo­mo y al ga­lo­pe lle­gó has­ta el cla­ro del bos­que, don­de sus ami­gos es­pe­ra­ban. La an­cia­na sal­tó a tie­rra y se acer­có al ár­bol; olió el tron­co, cor­tó una ra­mi­ta, des­me­nu­zó una ho­ja y le pa­só la len­gua; mi­ran­do de­te­ni­da­men­te la flor, dio un gri­to de ale­gría: gra­cias al sa­cri­fi­cio de la pequeña Pa­nam­bí, el gua­ya­cán es­ta­ba de re­gre­so en la sel­va.

Lla­mó en­ton­ces al pá­ja­ro Guy­ra­cam­pa­na pa­ra que anun­cia­ra la no­ti­cia con sus tri­nos y por es­to, Ñan­de­ya­rá lo nom­bró he­ral­do de los guay­cu­rúes. Esa no­che hu­bo una gran fies­ta en la tri­bu, y sen­ta­da fren­te al fue­go, la he­chi­ce­ra les ex­pli­có –co­mo lue­go lo ha­rían otros an­cia­nos has­ta el fin de los tiem­pos−, có­mo una dé­bil ma­ri­po­sa ha­bía sal­va­do al ár­bol por­ten­to­so.

A par­tir de en­ton­ces, Ñan­de­ya­rá per­mi­tió que las Pa­nam­bí-ve­rá pu­sie­ran los hue­vi­tos en aque­llas flo­res, y así plan­ta­ran el ger­men del gua­ya­cán. Por es­te mo­ti­vo, di­cen los guay­cu­rúes que el Ar­bol Ve­ne­ra­do, en vez de dar fru­tos, re­ga­la ma­ri­po­sas.

De El ár­bol de las flo­res blan­cas (Le­yen­das de Amé­ri­ca).

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