Si­len­cios de ni­ñez

La Voz del Interior - Rumbos - - Contame Una Historia - — MARIQUE - PARANÁ, EN­TRE RÍOS. Des­cu­brí más cuen­tos de los lec­to­res en rum­bos­di­gi­tal.com

El úl­ti­mo día que lo vi, te­nía su ca­be­llo ne­gro cre­ci­do, más de dos cen­tí­me­tros. Ape­nas se no­ta­ba un sur­co en re­lie­ve que de­nun­cia­ba la in­ter­ven­ción mé­di­ca. Pe­ro la na­tu­ra­le­za del ca­be­llo ha­bía ven­ci­do y se mos­tra­ba lú­ci­do, sano. Sano.

Su voz era ca­si la mis­ma que la del ni­ño ami­go con el que com­par­tí tar­des de sies­tas de ve­rano, ca­lu­ro­sas… La tran­qui­li­dad de sus ex­pre­sio­nes, la len­ti­tud de la pa­la­bra se en­tre­la­za­ba con el hu­mor. Las pa­la­bras eran es­ca­sas, na­da en él era ex­ce­si­vo. Su cuer­po me­nu­do da­ba cuen­tas de un hom­bre me­su­ra­do, en mu­chos de sus há­bi­tos.

Y ahí, en una ca­ma de hos­pi­tal es­ta­ba es­pe­ran­do el mi­la­gro que la cien­cia ha­ría con su cuer­po y en ese mo­men­to me pa­re­ció frá­gil. Fue la úl­ti­ma vez que lo vi, qui­zá lo sa­bía… Le con­té egoís­ta­men­te de mis pro­yec­tos a fu­tu­ro, pe­ro no cual­quier pro­yec­to, sino los que te­nía pre­vis­tos para el cam­po, el lu­gar que am­bos co­no­ci­mos de ni­ños, per­si­guien­do sue­ños y dis­pa­ran­do ilu­sio­nes, mien­tras las aves ad­ver­ti­das, en la sies­ta en­tre­rria­na, le­van­ta­ban vue­lo. Aves avi­sa­das de nues­tra pre­sen­cia, por las vo­ces por los pa­sos y él, re­cla­man­do si­len­cio, si­len­cio… Co­mo el de hoy, con de­ma­sia­do sa­bor a eterno. El cam­po, en el que ya no po­dría vi­vir hoy, por­que, se­gún me de­cía, los tiem­pos son dis­tin­tos…co­mo no­so­tros.

No era la pri­me­ra vez que lo veía en es­te re­en­cuen­tro de des­pe­di­das. Lo ha­bía vis­to por pri­me­ra vez sen­ta­do so­bre un muro en el pa­tio del hos­pi­tal, po­cos días an­tes. Fue la úl­ti­ma vez que el sol nos ilu­mi­nó a los dos. Pe­ro na­die re­pa­ró en ese de­ta­lle. Me cos­tó re­co­no­cer al ni­ño, le cos­tó re­co­no­cer­me. Las vo­ces hi­cie­ron que el puzz­le es­tu­vie­ra com­ple­to. Tan­ta dis­tan­cia de­vas­tó la his­to­ria, tan­to tiem­po sin cul­ti­var los re­cuer­dos más tier­nos, tra­du­ci­dos en “a ve­ces te per­dés”… Mo­de­ra­da ex­pre­sión de lar­gas au­sen­cias mías, su­yas, nues­tras.

Su evo­lu­ción fa­vo­ra­ble le per­mi­tía sa­lir de ahí. Y se fue, por pri­me­ra vez. Hu­bo una se­gun­da sa­li­da, la úl­ti­ma. Y hu­bo más aún. Hu­bo pa­la­bras en el ai­re que es­cri­bie­ron que la ni­ñez de­fi­ni­ti­va­men­te es­ta­ba clau­su­ra­da, que las aves del cam­po le­van­ta­ron vue­lo, to­das jun­tas y al uní­sono esta vez… Y que­dó el ár­bol sin ellas y sin ho­jas. A su al­re­de­dor sur­gió un de­sier­to ver­de que­ma­do por el frío, el más do­lo­ro­so de los fríos. De al­gu­na ma­ne­ra, es un to­nel que se col­ma y se se­lla. Otro más que ya no ad­mi­te ex­pe­rien­cias y cu­bier­to con la bru­ma del si­len­cio y la eter­ni­dad.

El ca­ri­ño se ex­tien­de y se al­za más allá del ho­ri­zon­te, co­mo si fue­ra un hi­lo del­ga­do de hu­mo que, obs­ti­na­do, per­si­gue tu nom­bre para atar­te a los re­cuer­dos, para no ol­vi­dar­te.

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