Tu re­cuer­do

La Voz del Interior - Rumbos - - Contame Una Historia - — SAN­TIA­GO CLÉMENT – GO­DOY CRUZ, MEN­DO­ZA. Des­cu­brí más cuen­tos de los lec­to­res en rum­bos­di­gi­tal.com

He qui­ta­do una ca­pa de unos cin­co me­tros de tie­rra que cu­bría mi co­ra­zón, y he ha­lla­do una pro­fun­da nos­tal­gia que que­dó ex­pues­ta en car­ne vi­va, frá­gil co­mo el cuer­po de un ca­ra­col sin ca­pa­ra­zón; vul­ne­ra­ble al ro­ce de una plu­ma.

He re­vuel­to un po­co mis re­cuer­dos, con mu­cho cui­da­do pa­ra no las­ti­mar­me, pe­ro mis ma­nos ter­mi­na­ron san­gran­tes, pues con ca­da re­cuer­do que iba mo­vien­do, por más sua­ve que lo hi­cie­ra, se he­ría un po­co mi co­ra­zón y la san­gre bro­ta­ba. Y es que, al qui­tar un re­cuer­do apa­re­cía otro de­ba­jo, y de­trás una son­ri­sa, un día so­lea­do, una lu­na lle­na, un be­so… Una vie­ja his­to­ria que que­ría re­cor­dar. Y mis ma­nos ro­jas se­guían es­car­ban­do, an­he­lan­tes de pa­sa­do, y mis ojos se lle­na­ron de lá­gri­mas que arras­tra­ron en su co­rrien­te la tie­rra que qui­té de mi pe­cho. Una son­ri­sa flo­tan­do en mi ros­tro tris­te, en me­dio de la os­cu­ri­dad de mi cuar­to.

Mis ma­nos, ato­lon­dra­das, ter­mi­na­ron des­pa­rra­man­do los re­cuer­dos so­bre la ca­ma, so­bre el sue­lo, so­bre la me­sa de luz. Y qui­té tan­tos re­cuer­dos que, fi­nal­men­te, lle­gué a mis pan­ta­lo­nes cor­tos, a la es­qui­na de mi ba­rrio, a mis her­ma­nos, a mi ma­dre… y to­mé mi bi­ci­cle­ta, y sa­lí por la ca­lle de tie­rra, can­tan­do, gri­tan­do… Abrien­do mis alas de ni­ño.

No sé cuán­to tiem­po pa­só; des­per­té con los de­dos afe­rra­dos a mi co­ra­zón; apre­tu­ján­do­lo con fuer­za. Las lá­gri­mas ha­bían la­va­do mis ma­nos y la san­gre es­ta­ba se­ca en el sue­lo. Me des­pa­bi­lé, co­men­cé a to­mar los re­cuer­dos, uno por uno, vol­vién­do­los a su lu­gar. Guar­dé to­dos los que ha­bían caí­do en el sue­lo, los que es­ta­ban en la me­sa de luz y al­gu­nos de los que es­ta­ban so­bre la ca­ma.

Pe­ro al mi­rar so­bre la al­moha­da, al la­do de mi ca­be­za, en­con­tré el re­cuer­do de tu ros­tro; jo­ven, vi­vo y fres­co co­mo cuan­do aún es­ta­bas aquí… In­ten­té po­ner­lo jun­to a los otros re­cuer­dos, pe­ro era tan gran­de que no po­día guar­dar­lo. Lo do­blé un po­co, pe­ro en un mo­vi­mien­to des­cui­da­do ro­zó mi co­ra­zón, y es­ta­ba tan afi­la­do que le cor­tó un tro­zo… Y la san­gre co­men­zó a bro­tar aho­ra a cho­rros. In­ten­té ta­par la he­ri­da, pe­ro no pu­de… co­men­cé a sen­tir­me ma­rea­do y caí al sue­lo, se me ce­rra­ban los pár­pa­dos… Cuan­do ya me sen­tía des­ma­yar, le­van­té la mano y ro­cé el re­cuer­do de tu ros­tro que se ba­lan­ceó y ca­yó fren­te a mis ojos.

Aho­ra, de cer­ca, lo veo más ní­ti­do, más cla­ro… Tan cla­ro que creo po­der to­car­lo, tan cla­ro que creo es­cu­char tu voz, tan fuer­te que sien­to que es­tás aquí, tan pre­sen­te que veo que no es un re­cuer­do, que eres tú, que has vuel­to, y es­ta mano que to­ma la mía es la tu­ya, y es­te alien­to que se va no es más que una nos­tal­gia… Que ya ja­más re­gre­sa­rá, por­que aho­ra es­ta­rás aquí con­mi­go, pa­ra siem­pre.

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