El jaz­mín de los ojos azu­les

La Voz del Interior - Rumbos - - Contame Una Historia | Staff - MA­RIE­LA DEL VA­LLE LUCATTO OLI­VA, CÓR­DO­BA.

En el fon­do del pa­tio de la úl­ti­ma ca­sa del pue­blo, hay una plan­ta de jaz­mín enor­me. Es una plan­ta vie­jí­si­ma y di­cen, los que aún tie­nen me­mo­ria, que a pe­sar de eso nun­ca de­jó de flo­re­cer en pri­ma­ve­ra.

Aman­da lo tra­jo en­vuel­to en pa­pe­les de dia­rios hú­me­dos, en un poco de tie­rra es­pa­ño­la, via­jan­do con ella, es­con­di­do en su ma­le­ta de car­tón, cru­zan­do el mar.

Lo cui­dó amo­ro­sa­men­te de los vai­ve­nes del Atlán­ti­co, en­tre sus ro­pas lo ocul­tó de la ra­pi­ña del Ho­tel de los In­mi­gran­tes y lo acu­nó en el tra­que­teo del tren que la pu­so en los bra­zos de un amor de co­rres­pon­den­cia.

Los que aún tie­nen me­mo­ria la vie­ron plan­tar­lo en el fon­do del enor­me pa­tio, le­jos de la som­bra de otros ár­bo­les. Así, pu­do be­ber­se los so­les y las aguas de to­das las pri­ma­ve­ras. Es­cu­cha­ron can­tar a sus pies me­lan­có­li­cas can­cio­nes ga­lle­gas.

Por eso, el día en que mu­rió Aman­da, mu­cho tiem­po des­pués, no du­da­ron sus hi­jos en en­te­rrar sus ce­ni­zas a los pies del jaz­mi­ne­ro, co­mo de­vol­vien­do a su ma­dre a Ga­li­cia. Cuen­tan, los que aún la re­cuer­dan, que ese año, con las nue­vas llu­vias de sep­tiem­bre, co­men­za­ron a flo­re­cer en el jaz­mi­ne­ro enor­mes y azu­les flo­res. Enor­mes y azu­les. Co­mo los ojos de Aman­da.

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