“Me de­jé lle­var por mi des­tino”

De chi­co pin­ta­ba más pa­ra ser di­bu­jan­te –te­nía mu­cha fa­ci­li­dad–, pe­ro una se­rie de "ca­sua­li­da­des" lo arras­tra­ron ha­cia la mú­si­ca po­pu­lar; se con­vir­tió en un va­rón del tan­go y aso­mó a su otro gran me­te­jón: la ac­tua­ción. En es­ta char­la con Rum­bos, el Ne­gro

La Voz del Interior - Rumbos - - Entrevista - TEX­TO XIMENA PASCUTTI

A ve­ces la vi­da pe­ga vuel­tas ines­pe­ra­das y de las bue­nas, de esas que te ha­cen seguir ade­lan­te me­jor y fe­liz. Raúl La­vié, el "Ne­gro", ac­tor de mil mu­si­ca­les, re­fe­ren­te del tan­go, ar­tis­ta po­pu­la­rí­si­mo si los hay, di­ce que en la su­ya el des­tino obró de ma­ne­ra mis­te­rio­sa, ha­cién­do­le gui­ños que él apren­dió a in­ter­pre­tar; co­mo aque­lla vez, a los do­ce años, cuan­do fue a des­pe­dir a su abue­lo don To­más Pe­ral­ta y es­te, en el le­cho de muer­te, sen­ten­ció: "Vas ser un can­tan­te fa­mo­so y re­co­rre­rás el mun­do". Y lo que pa­re­cía el de­seo amo­ro­so de un abue­lo en la par­ti­da –por­que, en reali­dad, lo que ado­ra­ba el Ne­gro de chi­co era di­bu­jar y pin­tar–, to­mó con el tiem­po el co­lor de un va­ti­ci­nio.

Aho­ra, a sus 79 años, con­fir­ma­da aque­lla má­xi­ma fa­mi­liar, La­vié re­co­no­ce que su vi­da es un mé­na­ge à

trois "por­que con la mú­si­ca y la ac­tua­ción te­ne­mos un amor de a tres". Y fiel a su es­ti­lo po­si­ti­vo, de la­bu­ran­te im­pa­ra­ble, cuen­ta que al 2017 lo ha pues­to en mar­cha de la me­jor ma­ne­ra: con el es­treno en Av. Co­rrien­tes de Jekyll & Hy­de, la ver­sión lo­cal del cé­le­bre mu­si­cal de Broad­way, con di­rec­ción de Ser­gio Lom­bar­do y la com­pa­ñía en es­ce­na de Juan Ro­dó y un gran elenco. ¿Có­mo des­em­bar­cas­te en es­te pro­yec­to tan lin­do? ¿Qué pa­pel >>>>

"A MÍ ME OCU­RRIÓ MU­CHO ESO DE DESEAR AL­GO FUER­TE Y QUE SE DÉ."

Jekyll & Hy­de es uno de los mu­si­ca­les más im­por­tan­tes de la his­to­ria de Broad­way. Al­gu­na vez, ha­ce años, ha­bía so­ña­do con di­ri­gir­lo, pe­ro no tu­ve la suer­te de que cre­ye­ran en el pro­yec­to; les dio mie­do por­que era muy cos­to­so. De otra ma­ne­ra y en otro tiem­po, te re­en­con­tras­te con tu de­seo. ¡Sí! Me en­can­tó que me con­vo­ca­ran pa­ra es­ta gran obra, en la que me to­ca in­ter­pre­tar al ami­go ín­ti­mo y abo­ga­do de Dr. Jekyll que es un po­co el re­la­tor de la his­to­ria. A es­ta al­tu­ra, ya no pue­do con al­gu­nos pa­pe­les de mu­cha exi­gen­cia fí­si­ca, co­mo los de Jekyll y Hy­de, que aquí es­ta­rán a car­go de Juan (Ro­dó). La idea es ha­cer cua­tro me­ses en el tea­tro Me­tro­po­li­tan Ci­ti y ver có­mo nos va. Me po­ne fe­liz re­en­con­trar­me con es­ta obra y es­tar jun­to a los nue­vos mu­cha­chos y chi­cas de la comedia mu­si­cal, co­mo Me­la­nia Le­noir, Luis Po­des­tá y Pa­tri­cio Wi­tis, en­tre mu­chos otros, tan ta­len­to­sos y pro­fe­sio­na­les. Es­te ti­po de co­sas me pa­san siem­pre. ¿A qué co­sas te re­fe­rís? Es di­fí­cil de ex­pli­car; pe­ro creo mu­cho en el des­tino y en esos gui­ños o im­pre­vis­tos que se me han da­do, lle­van­do la vi­da fe­liz­men­te pa­ra otro la­do. ¿Vis­te que a ve­ces pen­sa­mos con mu­cho de­seo en al­go y se da? A mí me ha ocu­rri­do mu­cho eso. ¿El po­der de la men­te? ¿La sen­si­bi­li­dad pa­ra des­cu­brir dón­de es­tá lo que uno quie­re? No lo sé, pe­ro se me die­ron si­tua­cio­nes par­ti­cu­la­res y apren­dí a in­ter­pre­tar­las con ac­ti­tud po­si­ti­va. ¡Cuán­tos mis­te­rios hay al­re­de­dor del ar­te! ¿Có­mo cuá­les? Por ejem­plo, a los 14 años, se mu­dó a la ca­sa de al la­do un chi­co que ve­nía de Per­ga­mino y me pi­dió que lo acom­pa­ña­ra al con­ser­va­to­rio a dar una prue­ba; pe­ro una vez ahí, el di­rec­tor me di­jo a mí que can­ta­ra y des­pués con­ven­ció a mi ma­má de que me man­da­ra a es­tu­diar can­to. ¿Te­nés más de esos cru­ces del des­tino que te mar­ca­ron la can­cha? Sí, va­rios. A los 17 tu­ve otro de esos epi­so­dios de­fi­ni­to­rios, cuan­do ya tra­ba­ja­ba co­mo can­tor de la or­ques­ta tí­pi­ca de Ju­lio Con­ti y en ra­dio LT8 de Rosario, mi ciudad na­tal. Re­sul­ta que un día me des­vin­cu­la­ron de la ra­dio, no sé si des­afi­na­ba o qué... Un pro­ble­món, yo man­te­nía un ho­gar: mi ma­dre, mi tía y mi abue­la. Jus­to coin­ci­dió con que la fa­mi­lia de mi pri­me­ra mu­jer se mu­da­ba a Bue­nos Ai­res y nos fui­mos con ellos. Cuan­do lle­gué –año 1955–, vi­si­té a unos ami­gos mú­si­cos en ra­dio Bel­grano, don­de so­lían to­car en vi­vo, y ese día me in­vi­ta­ron a dar una prue­ba. Na­da de es­to es­ta­ba pre­vis­to. Se en­te­ró en­se­gui­da An­to­nio Ca­rri­zo, que era el di­rec­tor ar­tís­ti­co de Ra­dio El Mun­do, y me lla­mó, a su vez, pa­ra otra au­di­ción. Po­co des­pués, en enero de 1956, de­bu­té en El Mun­do con pro­gra­ma pro­pio y la or­ques­ta de la emi­so­ra di­ri­gi­da por Víctor Bu­chino. En sín­te­sis, sin aquel ve­ci­ni­to de la in­fan­cia, el des­pi­do, el via­je obli­ga­do a Bue­nos Ai­res, la vi­si­ta a aque­llos ami­gos mú­si­cos, Ca­rri­zo... no se­ría quien soy. SERÁS LO QUE DE­BAS SER En la me­ta­mor­fo­sis de los años 60, a La­vié le si­guie­ron pa­san­do co­sas cu­rio­sas. Por ejem­plo, re­ca­lar en un pro­gra­ma te­le­vi­si­vo no­ve­do­so, El

Club del Clan, don­de los jó­ve­nes se sa­cu­dían mien­tras can­ta­ban en cas­te­llano, al­go bien ra­ro por esos años. Y aun­que a él siem­pre le ha­bía gus­ta­do can­tar de to­do (tie­ne gra­ba­dos más de vein­te te­mas fol­cló­ri­cos), allí le to­có ser el fla­co tan­gue­ro, el que ha­cía tem­blar la pan­ta­lla con su vo­za­rrón. Fue por esos tiem­pos cuan­do el Ne­gro se pre­gun­tó si que­ría ser so­lo can­tan­te o "al­go más", con la res­pues­ta en la pun­ta de la len­gua. En el 65 de­bu­tó co­mo ac­tor, na­da me­nos que en el Tea­tro San Mar­tín y con una comedia mu­si­cal, Lo­cos de

ve­rano. Des­de en­ton­ces, hi­zo trein­ta obras de tea­tro y mu­si­ca­les (los úl­ti­mos, en 2015, Don Qui­jo­te de la Man­cha, jun­to a Pe­pe Ci­brián Cam­poy y Cecilia Mi­lo­ne; y en 2016, el mu­si­cal his­tó­ri­co El Liber ta­dor, con San­dra Miha­no­vich); vein­te pe­lí­cu­las e in­nu­me­ra­bles shows co­mo in­tér­pre­te de tan­go. En su fa­ce­ta arra­ba­le­ra, se co­deó con otros gran­des. Hi­zo va­rias gi­ras por el mun­do con As­tor Piaz­zo­lla y gra­bó con las or­ques­tas de Héc­tor Va­re­la, D’Agos­tino, Stam­po­ni, Sal­gán; con el con­jun­to del gui­ta­rris­ta Ca­cho Ti­rao, del ban­do­neo­nis­ta Wal­ter Ríos y la or­ques­ta de Os­val­do Pi­ro. Sus hijos Leo y Gas­tón Sa­tragno (de su ma­tri­mo­nio con Pinky) tie­nen un gru­po de tan­go elec­tró­ni­co, Ul­tra­tan­go, del que par­ti­ci­pa ca­da tan­to co­mo in­vi­ta­do o con al­gu­na le­tra, co­mo la mi­lon­ga "Así sea", que le de­di­có a su abue­lo don To­más. Ha­ce tiem­po, en una no­ta, de­cías que ha­ce fal­ta un buen pro­gra­ma de te­vé ma­si­vo que di­fun­da el tan­go. ¿Por qué no se le da más re­le­van­cia, si ya es una mú­si­ca del mun­do? El tan­go se es­cu­cha afue­ra, pe­ro en la Ar­gen­ti­na no tan­to de ma­ne­ra ma­si­va, so­lo en lu­ga­res de cul­to, en Bue­nos Ai­res, Rosario, que por suer­te exis­ten; y bas­tan­te me­nos en las pro­vin­cias, don­de rei­na el fol­clo­re. Pe­ro es­ta dis­tri­bu­ción tie­ne que ver más con la in­dus­tria dis­co­grá­fi­ca que con los gus­tos mu­si­ca­les. Sos un hom­bre del tan­go, pe­ro a la vez can­tás otros gé­ne­ros y siem­pre pe­dis­te que no te en­ca­si­lla­ran. ¿Có­mo te de­fi­nís a vos mis­mo? Can­té de to­do y tra­to de que no me eti­que­ten. Po­dría­mos de­cir que me sien­to un re­fe­ren­te im­por­tan­te de nues­tra mú­si­ca; un hom­bre muy or­gu­llo­so de su ca­mino. Y lo más im­por­tan­te: dis­fru­to can­tan­do ca­da día más.

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