“Me ate­rra el abu­rri­mien­to”

En 2010 fun­dó Or­sai, que se vol­vió una re­vis­ta de cul­to. ¿El pre­sen­te? Una obra tea­tral pro­tra­go­ni­za­da ¡por su fa­mi­lia!

La Voz del Interior - Rumbos - - PSICOLOGÍA - TEX­TO Y FO­TOS GUI­DO PIOTRKOWSKI

Her­nán Cas­cia­ri no le teme ca­si a na­da, sal­vo al abu­rri­mien­to. Es­cri­tor, aun­que no se con­si­de­re co­mo tal, afir­ma que no res­pe­ta los for­ma­tos y que cual­quier me­dio va­le si el fin es el de con­tar una his­to­ria. Por eso, ha­ce un año se lan­zó al tea­tro y de­bu­tó con “Una obra en cons­truc­ción”, ro­dea­do de un elen­co pe­cu­liar: su fa­mi­lia (ma­dre, her­ma­na, cu­ña­do, hi­ja y pri­mos mú­si­cos). El es­pec­tácu­lo, en prin­ci­pio, fue idea­do pa­ra dos fun­cio­nes. Pe­ro el éxi­to fue tan ro­tun­do co­mo sor­pre­si­vo, las pre­sen­ta­cio­nes se su­ce­die­ron du­ran­te to­do el año y has­ta hu­bo una gira ve­ra­nie­ga por Mon­te­vi­deo, Pun­ta del Es­te, Mar del Pla­ta, Men­do­za... ¡y el Cos­quín Rock!

Lue­go de quin­ce años de vi­vir en Es­pa­ña y, se­gún afir­ma, de­pri­mi­do, vol­vió a la Ar­gen­ti­na a fi­nes de 2015 y, de pa­so por Mon­te­vi­deo, su­frió un in­far­to. Y a los 45 años tu­vo que abandonar va­rios há­bi­tos. De­jó el ci­ga­rri­llo, el al­cohol y la sal, y cam­bió la no­che por el día. Se se­pa­ró, tie­ne nue­va pa­re­ja y es­pe­ra un hi­jo. De sus his­to­rias en el blog de Or­sai (edi­to­ria­lor­sai.com) sur­gió la exi­to­sa obra de tea­tro pro­ta­go­ni­za­da por An­to­nio Ga­sa­lla, Más res­pe­to que soy tu ma­dre.A Cas­cia­ri se lo pue­de leer, ade­más, en el dia­rio es­pa­ñol El Mun­do y po­de­mos es­cu­char su co­lum­na ca­da mar­tes en el pro­gra­ma “Pe­rros de la ca­lle”, por Ra­dio Me­tro, con­du­ci­do por Andy Kust­ne­zoff. Crea­dor de la mí­ti­ca re­vis­ta Or­sai, ade­lan­ta que en 2017 vol­ve­rá a la car­ga con un nue­vo nú­me­ro de la mano de su ami­go, so­cio y com­pa­ñe­ro de vi­da y aven­tu­ras, el Chi­ri. Cas­cia­ri es­tá fe­liz. ¿Có­mo fue que in­cur­sio­nas­te en el tea­tro? Es un ex­pe­ri­men­to que iba a du­rar dos fun­cio­nes. Les di­je a mi vie­ja, a mi cu­ña­do y a mi her­ma­na; y les avi­sé a los lec­to­res del blog. Era un jue­go

“La obra de tea­tro era un jue­go con mi vie­ja, mi her­ma­na, mi cu­ña­do, mi hi­ja y mis pri­mos. Iban a ser dos fun­cio­nes y al fi­nal nos fui­mos de gira”.

pa­ra el que tu­vie­ron que aco­mo­dar sus la­bu­ros, por un te­ma de ho­ra­rios. Des­pués se lle­nó y em­pe­za­mos a ver­lo de otra ma­ne­ra. Yo ve­nía le­yen­do cuen­tos en uni­ver­si­da­des, en fe­rias del li­bro, en ra­dio Vor­te­rix. Y no­té que, edi­ta­dos de ma­ne­ra co­lo­quial, fun­cio­na­ban bas­tan­te bien con la au­dien­cia y no eran abu­rri­dos co­mo sue­le ser la li­te­ra­tu­ra leí­da. Se ge­ne­ró un bo­ca a bo­ca bes­tial, em­pe­za­mos a ha­cer­lo to­das las se­ma­nas y me­ti­mos 1.200 per­so­nas por fun­ción; una co­sa muy ra­ra. Sa­li­mos de gira por Pun­ta del Es­te, Mon­te­vi­deo, Men­do­za y Mar del Pla­ta. Tam­bién fue la pri­me­ra obra de tea­tro den­tro del Cos­quín Rock. ¿No te­nés mie­do al fra­ca­so, a la frus­tra­ción, al ri­dícu­lo? No, al re­vés: lo que me ate­rra es el abu­rri­mien­to. No le ten­go res­pe­to a los for­ma­tos. No me im­por­ta dón­de hay que con­tar el cuen­to ni de qué ma­ne­ra, si es ha­blan­do fren­te a gen­te, es­cri­bien­do, di­cién­do­lo con un guion pa­ra una pe­lí­cu­la, pa­ra tea­tro... Ni si­quie­ra me ge­ne­ra la an­gus­tia de la ho­ja en blan­co. Si me di­cen que hay que con­tar­lo pa­ra chi­cos, ba­ja­mos las pa­la­bras di­fí­ci­les pa­ra que se en­tien­da. Lo im­por­tan­te es co­mu­ni­car­lo bien. Si le ten­go que con­tar a una se­ño­ra es­pa­ño­la de 80 años lo que es el mate, al­gu­na ma­ne­ra tie­ne que ha­ber. Por eso, re­pi­to: no im­por­ta el for­ma­to. Pe­ro tam­po­co me sien­to es­cri­tor. ¿No? Pe­ro es­cri­bís des­de chi­co, te­nés va­rios li­bros pu­bli­ca­dos... A los tre­ce años es­cri­bía en el dia­rio del pue­blo to­dos los sá­ba­dos. Es cier­to. Pe­ro tam­bién ha­blo des­de chi­co, les con­ta­ba cuen­tos a mis com­pa­ñe­ros de la pri­ma­ria. Es­cri­bir es una he­rra­mien­ta pa­ra usar cuan­do es­tás le­jos de otra per­so­na, pa­ra que el sím­bo­lo se re­pro­duz­ca en otro la­do. Pe­ro si hay que ha­cer­lo por Sky­pe, tam­bién lo ha­go, aun­que eso no se lla­me es­cri­bir. ¿Ha­rías te­le­vi­sión? A Chi­ri le gus­ta la te­le y, a ve­ces, ha­ce­mos co­sas jun­tos, pe­ro no par­ti­ci­po con nom­bre y ape­lli­do. Lo ha­go por­que me gus­ta tra­ba­jar con él. Hay mu­chos es­cri­to­res que di­cen que el pro­ce­so crea­ti­vo es tor­tuo­so... Nun­ca su­frí es­cri­bien­do. Siem­pre in­ten­ta­ba ac­ce­der a una es­pe­cie de ve­lo­ci­dad cru­ce­ro de la es­cri­tu­ra en la que me ol­vi­da­ra del mun­do. Aho­ra no es­toy es­cri­bien­do por­que, en ese pro­ce­so, fu­mar era muy im­por­tan­te. Y co­mo de­jé de ha­cer­lo, no es­cri­bo. Aho­ra sien­to pla­cer cuan­do en­sa­yo con mis pri­mos mú­si­cos. ¿Lue­go del in­far­to cam­bias­te fi­lo­só­fi­ca­men­te tu for­ma de ver las co­sas? No fue tan psi­co­ló­gi­co ni vo­lun­ta­rio. Ha­cía muy po­cas co­sas an­tes del in­far­to. Vi­vía en otro país, en­ce­rra­do en una ca­sa, no te­nía vi­da so­cial, es­cri­bía, co­mía co­mo un chan­cho, fu­ma­ba to­do el tiem­po. ¿Por qué no te­nías vi­da so­cial? Por­que nun­ca me gus­tó Es­pa­ña. Aho­ra me doy cuen­ta de que es­ta­ba tre­men­da­men­te de­pri­mi­do, pe­ro no era cons­cien­te por­que me iba muy bien. No te­nía ga­nas de es­tar ahí; lo ha­cía pa­ra criar a mi hi­ja y me sen­tía con­flic­tua­do con eso. Esas cua­tro o cin­co co­sas que ha­cía las aban­do­né cuan­do vol­ví a la Ar­gen­ti­na: cam­bié de con­ti­nen­te, de es­ta­do ci­vil, me aga­rré un in­far­to. To­do cam­bió. Ha­ble­mos de Or­sai. Fue una gran re­vis­ta, muy bue­na, pe­ro no ma­si­va. No, Dios me li­bre... Y no fue ren­ta­ble. Que­ría­mos ha­cer cua­tro nú­me­ros y nos ce­ba­mos. La ce­rra­mos en el nú­me­ro 16. Chi­ri vol­vió en 2012 a Bue­nos Ai­res y los úl­ti­mos tres nú­me­ros los hi­ci­mos por Sky­pe; era un lío y nos abu­rri­mos mu­chí­si­mo. Cuan­do re­gre­sé yo, lo pri­me­ro que acor­da­mos fue reanu­dar­la. Pa­ra des­pun­tar el vi­cio. Así que pron­to ha­re­mos una Or­sai muy bes­tia, co­mo una guía de te­lé­fono, una co­sa gro­sa. Siem­pre que es­te­mos Chi­ri y yo jun­tos en el mis­mo con­ti­nen­te, va­mos a ha­cer al­gu­na Or­sai. ¿Creés que por tu ma­si­vi­dad ac­tual vas a lle­gar a más gen­te o es­pe­rás que si­ga sien­do un li­bro-ob­je­to? Hay dos pers­pec­ti­vas: las Or­sai se ven­die­ron por­que no­so­tros qui­si­mos que se ven­die­ran. Ha­cía­mos seis mil ejem­pla­res y los kios­que­ros pa­ta­lea­ban por­que no im­pri­mía­mos más. Pe­ro en PDF se si­gue des­car­gan­do mu­chí­si­mo: tie­ne 2 mi­llo­nes de des­car­gas des­de 2011, so­bre to­do en los paí­ses más po­bres de La­ti­noa­mé­ri­ca, que no tie­nen el fe­ti­che del ob­je­to. Y de es­te pró­xi­mo nú­me­ro ha­re­mos otros seis mil ejem­pla­res. No se­rá una re­vis­ta ba­ra­ta y po­si­ble­men­te ven­ga en una ca­ji­ta de ma­de­ra, co­mo si fue­ran ha­ba­nos. Tam­bién va­mos a li­be­rar el PDF. Or­sai no es un ne­go­cio ni va a ser­lo; se tra­ta de jun­tar­nos pa­ra es­cri­bir lo que a ca­da uno se le an­to­je. ¿Per­sis­ten­cia del pa­pel o muer­te de los dia­rios? ¿En qué paradigma creés? De­pen­de pa­ra qué. Exis­ten for­ma­tos, co­mo el dia­rio, que son di­fí­ci­les de sos­te­ner por una cues­tión de prac­ti­ci­dad. No veo que a mi hi­ja, cuan­do crez­ca y con la ve­lo­ci­dad que tie­ne aho­ra la ta­blet, le re­sul­te pla­cen­te­ro abrir un do­min­go unos pa­pe­les y dar­los vuel­ta, jun­to al ca­fé con le­che. Nos en­te­ra­mos de cuán­ta gen­te mu­rió en un te­rre­mo­to por el mi­nu­to a mi­nu­to. Sin em­bar­go, si ha­bla­mos de li­bros, no sien­to que ha­ya me­jo­ra­do la ex­pe­rien­cia de lec­tu­ra con otros so­por­tes. Si es­tá bien cui­da­do, si el in­ter­li­nea­do es­tá bueno, pre­fie­ro el li­bro a la ta­blet. Tus tex­tos ra­dia­les son re­fle­xi­vos... En reali­dad, eli­jo ma­te­ria­les es­cri­tos con an­te­rio­ri­dad; tam­bién bus­co cuen­tos con fi­nal ce­rra­do. No son en­sa­yos, son his­to­rias de gen­te, que se pue­den es­cu­char de for­ma ra­dial; una co­sa con más in­ter­ac­ción con el pú­bli­co. Igual que lo que ha­go en el tea­tro. Es­te año es­toy lim­pián­do­me un po­co de otras co­sas que ha­cía y de­je de ha­cer. Es­toy más de ele­gan­te spor t.

HER­NÁN CAS­CIA­RI

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