El cu­ra y la es­pe­ran­za de una ru­ti­na lu­mi­no­sa

La Voz del Interior - - Ciudadanos - Ale­jan­dro Ma­re­co ama­re­co@la­voz­de­lin­te­rior.com.ar

Es só­lo la se­mi­lla de un sue­ño nue­vo: una fá­bri­ca en ac­ción en me­dio de un barrio atra­ve­sa­do de es­tig­mas y con­fi­nes.

Las má­qui­nas que lle­ga­ron son ape­nas el pre­sen­ti­mien­to de una ru­ti­na lu­mi­no­sa de días la­bo­rio­sos, ma­nos ocu­pa­das, men­tes en cal­ma y aca­so, más allá de los ojos, la sen­sa­ción del por­ve­nir co­mo un ho­ri­zon­te llano y no co­mo un mu­ro du­ro y en­mohe­ci­do de an­gus­tia.

La me­di­da de los sue­ños de­pen­de del co­ra­zón de los so­ña­do­res. El de Ma­riano Ober­lín es uno de esos co­ra­zo­nes im­preg­na­dos de ma­ña­na. Es que la es­pe­ran­za –y es po­si­ble que tam­bién la fe– es la he­rra­mien­ta po­si­ble pa­ra an­dar ha­cia el des­pués.

Lle­gó a la pa­rro­quia de barrio Mü­ller en fe­bre­ro de 2010, cuan­do te­nía 35 años. Ha­bía cre­ci­do en otro barrio po­bre, Co­mer­cial, aun­que en los años ’70, po­bre­za y mar­gi­na­li­dad aún te­nían otra con­sis­ten­cia.

En­con­tró ne­ce­si­dad, vio­len­cia, de­so­cu­pa­ción, de­ses­pe­ra­ción, mi­se­ria, sin­sen­ti­do y dro­ga, mu­cha dro­ga, un aba­ni­co de sus­tan­cias en­tre las que aso­ma­ba el pa­co y su ina­pe­la­ble mo­do de des­truc­ción, ca­si co­mo una pro­yec­ción ace­le­ra­da de des­ti­nos de ago­nía.

Lle­gó al barrio cuan­do dos pi­bes de 17 y de 19 años se ha­bían qui­ta­do la vi­da de en­ci­ma, y cuan­do una pe­que­ña de 4 años apa­re­ció ase­si­na­da: tal fue la pu­ña­la­da de im­po­ten­cia y de­s­es­pe­ran­za con que lo re­ci­bió el nue­vo des­tino. Sí, ha­bía vi­das que eran co­mo pe­que­ños hi­los de agua que ape­nas co­rrían en el ba­rro en bus­ca del ali­vio tem­prano de una al­can­ta­ri­lla.

Pen­só en ir­se, cla­ro, pe­ro en­se­gui­da hun­dió sus ma­nos en la es­pe­ran­za. Pu­so en mar­cha ta­lle­res de ofi­cios, una ca­sa de re­cu­pe­ra­ción pa­ra los chi­cos adic­tos y, so­bre to­do, con­vo­có a los ojos de la so­cie­dad cor­do­be­sa a que se atre­vie­ra a ver una par­te de sí mis­ma que no quie­re ver.

Mu­chos pu­di­mos ver la ple­ni­tud de las mi­ra­das de al­gu­nos de esos jó­ve­nes que en­con­tra­ron la re­den­ción del tra­ba­jo co­ti­diano pa­ra sa­ber de la in­men­sa fe­cun­di­dad de la ta­rea del cu­ra Ober­lín.

En di­ciem­bre del año pa­sa­do, un trá­gi­co y do­lo­ro­so epi­so­dio aco­rra­ló su tem­pe­ra­men­to y su des­tino. A me­tros de la pa­rro­quia fue asal­ta­do por dos chi­cos, y uno de ellos, tras un dis­pa­ro del guar­dia de se­gu­ri­dad –que ade­más es ami­go de Ober­lín–, per­de­ría la vi­da. Tre­men­da iro­nía: uno de esos chi­cos, que son el ob­je­to de su des­ve­lo, mo­ría fren­te a sus ojos.

El abis­mo se ha­bía abier­to allí, jus­to de­lan­te de la con­cien­cia de sus pies que se sen­tían avan­zar. Ver­lo ago­ni­zar fue pa­ra él co­mo ver ago­ni­zar a su pro­pia lucha, a la ra­zón de su ilu­sión.

El cu­ra Ma­riano ca­yó en los bra­zos del si­len­cio y la so­le­dad, y cuan­do la in­cer­ti­dum­bre pa­re­cía se­ña­lar que no ha­bría ca­mino de re­gre­so, an­tes del fi­nal del ve­rano vol­vió. Su co­ra­zón im­preg­na­do de ma­ña­na se­guía la­tien­do.

Un pe­que­ño hi­lo

“En es­tos ba­rrios el pro­ble­ma tie­ne que ver so­bre to­do con la fal­ta de pro­yec­to de vi­da. En­ton­ces, en mu­chos ca­sos, que ten­ga un hi­li­to pa­ra so­ñar con un pro­yec­to pue­de ha­cer que arran­que pa­ra otro la­do. A eso apun­ta­mos. Es im­por­tan­te que la so­cie­dad con­ten­ga y sos­ten­ga”, nos di­jo cuan­do el dia­rio lo des­ta­có con el pre­mio Cor­do­bés del Año 2016.

Los ho­no­res, los aplau­sos, las dis­tin­cio­nes que tan dig­na­men­te ha co­se­cha­do Ma­riano Ober­lín, ayu­dan a po­ner su obra a la luz, aun­que no bas­tan por sí mis­mas.

Pe­ro su co­ra­zón no es­tá so­lo, hay otros so­li­da­rios que la­ten con él, co­mo en el ca­so de es­ta do­na­ción. Es­tas má­qui­nas traen un nue­vo sue­ño que aca­so ja­lo­ne el ca­mino ha­cia un sue­ño más gran­de, uno que ne­ce­sa­ria­men­te im­pli­ca una so­cie­dad más aten­ta y jus­ta, ca­paz de mi­rar a to­dos.

LAS MÁ­QUI­NAS DE TE­JER QUE YA ES­TÁN EN UN GAL­PÓN DE BARRIO MÜ­LLER TRAEN UN NUE­VO SUE­ÑO.

OBER­LÍN LLE­GÓ A MÜ­LLER EN 2010. SU VI­DA CAM­BIÓ AHÍ. LAS VI­DAS DE QUIE­NES LO RO­DEAN TAM­BIÉN CAM­BIA­RON.

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