Vi­vo en la ci­ma de una mon­ta­ña ru­sa

Ju­lie­ta Nair es­tá en el pun­to más al­to de po­pu­la­ri­dad, pe­ro man­tie­ne los pies en la tie­rra. Amor y vér­ti­go de una ac­triz que con­fie­sa que ha­bla so­la ¡y se con­tes­ta!

Look - - NOTA DE TAPA -

Sen­ta­da en el va­gón de una mon­ta­ña ru­sa que iba a to­da ve­lo­ci­dad, y con una al­tí­si­ma do­sis de adre­na­li­na, ha­ce unos años Ju­lie­ta Nair te­nía que po­ner ca­ra... ¡de abu­rri­da! Es­ta­ba en ple­na fil­ma­ción de una pu­bli­ci­dad y cuan­do lle­va­ba 30 vuel­tas arri­ba de ese alo­ca­do to­bo­gán eléc­tri­co, pen­só: “El que quie­re ce­les­te, que le cues­te”. Hoy, con 28 años, tie­ne en su ha­ber 70 pu­bli­ci­da­des, 10 obras de tea­tro y 4 años en la con­duc­ción de un pro­gra­ma in­fan­til de Dis­ney Chan­nel. Al­can­zó el año­ra­do co­lor cie­lo y dis­fru­ta con to­dos los sen­ti­dos de la po­pu­la­ri­dad que le da “Las Es­tre­llas”, la fic­ción más vis­ta de la te­le­vi­sión ar­gen­ti­na (El Tre­ce), don­de le po­ne el cuer­po a una co­ci­ne­ra que se enamo­ra de otra mu­jer (pa­pel que in­ter­pre­ta Ju­lie­ta Ur­tiz­be­rea).

Es­ta quil­me­ña que a los 4 años le di­jo a su ma­má: “Quie­ro es­tar den­tro de la te­le”, sa­be que pa­ra lle­gar a la ci­ma y no ma­rear­se, hay que es­tar bien for­ma­do. Y eso hi­zo de la mano de gi­gan­tes co­mo Ju­lio Boc­ca. “Yo es­ta­ba be­ca­da en su es­cue­la (de can­to, bai­le y ac­tua­ción). Un día fui con un ter­mo a bus­car agua y pa­sé jus­to al la­do de una sa­la en la que Ju­lio es­ta­ba en­sa­yan­do. No pu­de evi­tar es­piar por la ce­rra­du­ra, pe­ro tu­ve tan­ta ma­la suer­te que él abrió la puer­ta. El agua se me ca­yó arri­ba de la re­me­ra y só­lo ati­né a de­cir­le: “per­dón”. ¡Un pa­pe­lón!”, re­cuer­da di­ver­ti­da.

–Aho­ra no sé si al­guien te es­pia­rá a vos por una ce­rra­du­ra, pe­ro te de­ben per­se­guir has­ta en el ba­ño, ¿no?

(Ríe) Ha­ce po­co fui a Uru­guay, don­de a la no­ve­la le va muy bien. Es­ta­ba en el bar de un ho­tel con unos ami­gos y en un mo­men­to fui al ba­ño. Me em­pe­za­ron a gol­pear la puer­ta.

Cuan­do sa­lí, ha­bía co­mo 15 chi­cas es­pe­rán­do­me en­lo­que­ci­das. Me ter­mi­né sa­can­do fotos con to­das ¡en el ba­ño! Fue muy gra­cio­so.

–No es ha­bi­tual que la TV de ai­re le dé lu­gar a una his­to­ria de amor en­tre dos mu­je­res. ¿Qué feed­back te­nés de eso?

Re­ci­bí car­tas de chi­cas que me di­cen que se sien­ten muy iden­ti­fi­ca­das con nues­tros per­so­na­jes, que cuen­tan con na­tu­ra­li­dad una his­to­ria de amor en­tre dos per­so­nas. Va­rias me con­fe­sa­ron que, gra­cias a la no­ve­la, to­ma­ron co­ra­je pa­ra de­cir­les a sus pa­dres o ami­gos que eran gays. Si yo, des­de un per­so­na­je de fic­ción, pue­do ale­grar o me­jo­rar la vi­da de al­guien en la vi­da real, ¡es ma­ra­vi­llo­so!

–Ha­ce al­gu­nas se­ma­nas la po­li­cía de­tu­vo a dos mu­je­res por be­sar­se en la ca­lle. Si bien vos no sos gay, ¿qué te pa­sa cuan­do es­cu­chás esas co­sas?

Creo que es abe­rran­te, re­tró­gra­do. Estamos

en el si­glo XXI ¡y hay una ley de ma­tri­mo­nio igua­li­ta­rio! Pe­ro me pa­re­ce que ca­da per­so­na tie­ne sus tiem­pos pa­ra evo­lu­cio­nar.

–Tu per­so­na­je se­du­ce con su­ti­le­za. A vos, ¿có­mo te gus­ta que se te abor­den los hom­bres?

Me gus­ta que me sor­pren­dan, que me acom­pa­ñen y tam­bién sen­tir ad­mi­ra­ción por el otro. Yo sí o sí ne­ce­si­to ad­mi­rar a la otra per­so­na. Pe­ro ojo, te di­go es­to y tal vez ma­ña­na vie­ne al­guien y me con­quis­ta de una ma­ne­ra que no ima­gi­na­ba. No lo ten­go muy cla­ro y me gus­ta no te­ner­lo cla­ro, no le pon­go li­mi­ta­cio­nes a es­tas co­sas. Creo que no hay mu­cha ma­gia tam­po­co, cuan­do el amor se da, se da.

–¿Y aho­ra se te es­ta­ría dan­do?

No. Y no es al­go que me preo­cu­pe ni me ocu­pe. Ven­drá cuan­do lle­gue el mo­men­to.

–En el pie te ta­tuas­te la pa­la­bra “gra­cias”. ¿A quién le agra­de­cés?

Al uni­ver­so, a la vi­da, a to­das las co­sas lin­das que me pa­san. Es una pa­la­bra ge­nui­na y de luz que abar­ca muchas co­sas. Me gus­ta te­ner­la es­cri­ta en el pie, que es la úni­ca par­te del cuer­po que to­ca la tie­rra. Ade­más, es en el pie de­re­cho, que es el pre­sen­te. Me ce­rró per­fec­to por­que es­tá bueno ser agra­de­ci­do.

–¿Qué co­sa me­dio in­con­fe­sa­ble ha­cés cuan­do te en­con­trás so­la en tu ca­sa?

Ha­blo mu­cho so­la, sa­co mis pen­sa­mien­tos pa­ra afue­ra. In­ven­to es­ce­nas, ha­go vo­ces, can­to, ha­blo to­do el tiem­po y me con­tes­to, in­clu­so en la ca­lle. Lo que pa­sa es que aho­ra me ten­go que cui­dar un po­co más por si al­guien me re­co­no­ce. De chi­ca era igual; mis pa­dres me fil­ma­ban, pen­sa­ban que es­ta­ba lo­ca. Me ima­gino que to­dos ha­cen co­sas así...

–Mmm... No sé. Te re­ga­la­mos un cha­le­co de fuer­za, to­do bien. Otra par­ti­cu­la­ri­dad tu­ya es que ¡te­nés un co­ne­jo!

Sí, se lla­ma Al­bón­di­ga y es ado­ra­ble. Cuan­do le di­go: “a comer”, vie­ne y cuan­do ve a un hu­mano, se pa­ra en dos pa­tas co­mo si fue­ra un pe­rro. Con mi her­mano le hi­ci­mos un Ins­ta­gram y ya tie­ne 11 mil se­gui­do­res. ¡La gen­te es­tá lo­ca!

–Y ha­blan­do de lo­cu­ra, ¿caés en al­gu­na a la ho­ra de cui­dar­te?

No, lo úni­co con lo que tal vez soy más “lo­ca” es con las pes­ta­ñas. Cui­do mu­cho no ir­me a dor­mir con rim­mel por­que des­pués las pes­ta­ñas se de­bi­li­tan y se caen. Si no te las cui­dás co­rrec­ta­men­te, por más que te ma­qui­lles bien, so­nas­te. Me las hi­dra­to con acei­te de al­men­dras an­tes de ir a dor­mir.

–Si tu ca­rre­ra fue­ra una mon­ta­ña ru­sa es­ta­rías en un pi­co. ¿Te­nés vér­ti­go?

Una mon­ta­ña ru­sa tie­ne un mon­tón de pi­cos, es­te pue­de lle­gar a ser uno, pe­ro yo vi­vo to­do co­mo en la ci­ma de la mon­ta­ña ru­sa. No a ni­vel de po­pu­la­ri­dad, pe­ro sí a por apren­di­za­je y dis­fru­te. No sé si po­dría es­tar ha­cien­do “Las Es­tre­llas” sin ha­ber pa­sa­do por lo que pa­sé an­tes. To­do me sir­vió pa­ra apren­der y me­jo­rar y a to­do lo dis­fru­té con la mis­ma in­ten­si­dad.

Ves­ti­do a lu­na­res con vo­la­dos y es­pal­da des­cu­bier­ta ($ 4.380, Las Orei­ro); san­da­lias de cha­rol en dos co­lo­res ($ 2.079, Don­né) Mol­des 1 al 3 Ves­ti­do Ta­lles 40 - 44 - 48 Por: Ma­ria­na Co­mo­lli. Pro­duc­ción: Pa­tri­cia Mog­ni. Fotos: Fe­de­ri­co Spatz.

Mono con short y bol­si­llos ($ 2.490, Las Pe­pas); aros ($ 980, Lu­na Gar­zón) Mol­des 4 y 5 - Mono - Ta­lles 40 y 44

Ves­ti­do con cor­te en la cin­tu­ra, fal­da acam­pa­na­da y vo­la­dos en la si­sa (pre­cio a con­sul­tar, Las Orei­ro); peep toes con bri­llos en el ta­co ($ 4.990, So­fi Mar­ti­ré) Mol­des 6 y 7 - Ves­ti­do - Ta­lles 40 y 44

Mono con top de es­pal­da des­cu­bier­ta y pan­ta­lón ox­ford ($ 6.980, Las Orei­ro); san­da­lias ($ 3.980, Jus­ta Osa­día) Mol­de 8 - Mono - Ta­lle 46

Mol­des 9 al 11 - Top - Ta­lles 40 - 44 - 48 Mol­des 12 y 14 - Pan­ta­lón - Ta­lles 42 y 46 Ma­qui­lló y peinó: Sil­via De To­ma pa­ra Agencia de Be­lle­za. Agra­de­ce­mos a Za­ne­lla y a Fa­la­be­lla De­co por la co­la­bo­ra­ción pres­ta­da pa­ra la rea­li­za­ción de la no­ta. Di­rec­cio­nes: Pá­gi­na 50. Top con vo­la­di­tos en es­co­te y si­sa ($ 990) y pan­ta­lón ti­po pi­ja­ma ($ 1.420, to­do Pri­mo Mihi); san­da­lias ($ 3.980, Jus­ta Osa­día)

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