Un Piaz­za au­tén­ti­co

Lar­gó la tem­po­ra­da de las quin­cea­ñe­ras y el maestro nos da sus su­ge­ren­cias.

Look - - SUMARIO - Fo­tos: Ly Fraz­zet­ta.

Con la nue­va tem­po­ra­da, lle­ga­ron las ni­ñas de 15 años que son de las que más me gusta ves­tir. ¡Qué cla­ra la tie­nen!

Es una edad ma­ra­vi­llo­sa, lle­na de sue­ños, es­pe­ran­zas y amo­res. Por suer­te, aho­ra vol­vió a fes­te­jar­se co­mo an­tes que una niña pa­se a ser mu­jer, vol­vió aque­lla épo­ca en la que se pre­sen­ta­ba en so­cie­dad a la nue­va se­ño­ri­ta y ella con sus in­vi­ta­dos ce­le­bra­ban con sus me­jo­res ves­ti­dos. Por su­pues­to, en esos tiem­pos de an­ta­ño, la niña obe­de­cía a la ma­má y acep­ta­ba po­ner­se un ves­ti­do de plu­me­tí blan­co, con un la­zo ro­sa o de cual­quier co­lor pas­tel en la cin­tu­ra y ¡era tan fe­liz!

Hoy, esa mis­ma niña de an­tes en­tra ya he­cha dio­sa a mi Mai­son de al­ta mo­da en Bue­nos Ai­res y des­de esos cán­di­dos y es­ca­sos 14 años ya sa­be y pi­de con lu­jo de de­ta­lles el ves­ti­do que quie­re, pue­de ser co­mo el de la pe­lí­cu­la “La Be­lla y la Bes­tia” o co­mo el mo­de­lo que mues­tra en su ce­lu­lar y que lu­ce una di­va en la red car­pet de Holly­wod, de co­lor do­ra­do, con co­la. A ve­ces en­tra al­gu­na me­dio gó­ti­ca, exi­ge el co­lor ne­gro y no hay for­ma de cam­biar­le la idea aun­que la ma­dre se enoje y dis­cu­tan sin pa­rar has­ta que apa­re­ce pa­pá, que siem­pre le con­ce­de los gus­tos a su prin­ce­sa, y es él que ter­mi­na de­ci­dien­do que se­rá ne­gro.

A pe­sar del cam­bio de los tiem­pos, lo más pe­di­do por las chi­cas si­gue sien­do el clá­si­co co­lor mar­fil, que pue­de va­riar al blan­co pu­ro con bri­llos sua­ves o ador­nos en el ca­be­llo y otros

to­ques. ¡Es tan ma­ra­vi­llo­so ver la emo­ción de la niña cuan­do se en­fren­ta, ves­ti­da co­mo Sis­si em­pe­ra­triz, al es­pe­jo! Tam­bién con­ta­gia la emo­ción de la fa­mi­lia llo­ran­do al ver­la tan cre­ci­da y hermosa.

Ella en­tra a mi Mai­son con za­pa­ti­llas y jog­ging y, de gol­pe, le pongo un ves­ti­do im­pe­rial, am­plio o lán­gui­do, ta­cos al­tos, una dia­de­ma en la ca­be­za, aros de cris­tal y guan­tes al tono. Ca­si co­mo un mi­la­gro, se trans­for­ma en una dio­sa y su reac­ción es ge­nial. Por eso amo a es­tas ni­ñas tan be­llas, pu­ras, di­ver­ti­das, li­bres de ca­be­za.

Amo trans­for­mar a una ne­na de es­cue­la en una Lady Di o en esa Meg­han Mar­kle que tu­vo a to­do en vi­lo has­ta que apa­re­ció con su ves­ti­do del bra­zo del Prín­ci­pe. Es mi pla­cer má­xi­mo.

Aun­que sea una ob­vie­dad, es ló­gi­co que nun­ca de­jo de la­do a las de­más mu­je­res pa­ra las que creo mis di­se­ños, des­de la niña a la abue­la a la que siem­pre de­jan ol­vi­da­da o la quie­ren ves­tir so­lo de ne­gro. Cuan­do creo, pien­so en la no­via, en la ma­dri­na y las in­vi­ta­dos. Pa­ra los 15, una fies­ta que es más im­por­tan­te que el ca­sa­mien­to, ha­go lo mis­mo. Si bien hay una so­la di­va que es la niña, las de­más son su cor­te­jo y de­ben es­tar al mis­mo ni­vel sin com­pe­tir ja­más con la prin­ce­si­ta be­lla y pu­ra.

Amo ves­tir a las quin­cea­ñe­ras aquí en Bue­nos Ai­res tan­to co­mo a las de 16 en Es­ta­dos Uni­dos, don­de se fes­te­ja a esa edad co­mo en Eu­ro­pa que se ce­le­bra el egre­so de los es­tu­dios. Aun­que no sean igual de sig­ni­fi­ca­ti­vas esas eda­des pa­ra mí co­mo lo son los 15 años, las emo­cio­nes son igua­les y vi­vo el mis­mo ni­vel de adre­na­li­na al re­ci­bir y de­jar fe­liz a esas chi­cas tan pre­cio­sas.

El mun­do es mu­jer y el ar­te es mu­jer, por eso, las ama­mos des­de ni­ñas pa­ra que sean muy fe­li­ces por siem­pre y que ten­gan una vi­da eter­na ple­na de paz y amor. Amo ser par­te del re­cuer­do de una noche tan es­pe­cial e im­por­tan­te pa­ra ellas, la del fes­te­jo de sus15 ma­ra­vi­llo­so años y con mi tra­ba­jo y mi crea­ción amo bai­lar con ellas el inol­vi­da­ble vals.

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