Car­ta abier­ta a mi ma­dre

Con un men­sa­je des­de el al­ma a la su­ya, el maes­tro homenajea a to­das las ma­más que sus hi­jos lle­van siem­pre en el co­ra­zón, es­tén don­de es­tén

Look - - UN PIAZZA AUTÉNTICO -

No ha­ce fal­ta que lo di­ga…cum­plí 59 años y ha­ce mu­cho que no es­tás con­mi­go. No obs­tan­te has logrado la ha­za­ña, no so­lo de per­du­rar en mi co­ra­zón, que no cues­ta na­da, sino de se­guir ayu­dán­do­me a ser Ro­ber­to Piaz­za. Has logrado la ha­za­ña de es­tar jun­to a mí co­mo en­ton­ces, cuan­do me in­ven­tas­te con tal li­ber­tad de crea­ción que, de lo que soy y de lo que he logrado ma­dre, te­ne­mos un por­cen­ta­je de ac­cio­nes en par­tes igua­les.

So­mos so­cios y te­nés de­re­cho a pre­miar mi ca­rre­ra y a ob­je­tar las co­sas que hi­ce mal o que no hi­ce.

Sé que al­guno de mis es­pec­tácu­los te es­can­da­li­za-

ron y que otros te eno­ja­ron, sin em­bar­go, nun­ca te per­mi­tis­te in­te­rrum­pir­me con cen­su­ra al­gu­na por­que siem­pre con­fias­te en mí. Eras la úni­ca que sa­bía que mi for­ta­le­za no es­ta­ba en mis múscu­los ni era la que tra­di­cio­nal­men­te se le exi­ge a mi gé­ne­ro bio­ló­gi­co, sino que mi fuer­za es la de mi es­pí­ri­tu y mi es­ti­lo. ¡Có­mo no ibas a sa­ber­lo! si fuis­te cóm­pli­ce y me viste cre­cer.

En es­tos 43 años que le de­di­qué a la Moda y al Ar­te, nun­ca he de­ja­do de re­cor­dar aque­llo que a tu la­do apren­dí a co­no­cer pa­ra siem­pre en mi in­fan­cia: el ma­ra­vi­llo­so mun­do de la mu­jer.

Me veo co­rre­tean­do por el ta­ller de cos­tu­ra, es­pian­do ca­da ges­to cuan­do aten­días a una clien­ta y le pro­ba­bas un ves­ti­do de fies­ta que yo mi­ra­ba co­mo si fue­ra el de una dio­sa o una rei­na.

Si­go sien­do un ni­ño ¿lo ves? y quie­ro de­di­car­te mis es­pec­tácu­los de adul­to co­mo si hoy, más que nun­ca, ne­ce­si­ta­ra de tu apro­ba­ción. Co­mo di­ce Si­mo­ne de Beau­voir, “¿qué es un adul­to? Un ni­ño in­fla­do por la edad”. Dé­ja­me ser eso por un ra­to.

Hoy, en 2018, te ce­le­bro con un nue­vo desafío, lo he crea­do re­tro­ce­dien­do a ese ám­bi­to de fe­mi­nei­dad y sen­sua­li­dad, de trans­pa­ren­cias y sua­vi­da­des, de re­cuer­dos, so­lo un va­go ai­re de me­lan­co­lía que com­par­ti­mos y que reubi­co aquí y aho­ra trans­gre­dien­do los tiem­po. Lo atra­vie­sa un án­gu­lo de pa­sión y lo to­ca una co­rrien­te san­guí­nea.

Quie­ro que to­das las mu­je­res se sien­tan aca­ri­cia­das y que to­dos los hom­bres sean los au­to­res de esas ca­ri­cias. Tu amor, ma­dre, es el que col­ma­ba las ha­bi­ta­cio­nes y los sue­ños allá en San­ta Fe, en nues­tra vie­ja ca­sa. Te de­di­co mis crea­cio­nes so­cia, no te emo­cio­nes, ni a vos ni a mí nos de­be afec­tar la sen­si­ble­ría.

Tu hi­jo

“Me veo co­rre­tean­do por el ta­ller de cos­tu­ra, es­pian­do ca­da ges­to clien­ta” cuan­do aten­días a una

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