Una ac­ti­vi­dad in­te­gra­do­ra

Mia - - CALIDAD DE EDUCACIÓN - Por Da­miá­nDa­mi Calvo*

El tér­mino in­te­gra­ción es muy am­plio, es una ac­ción que co­mien­za a dar­se ya en el ám­bi­to fa­mi­liar y siem­pre co­mien­za en los jue­gos. Los be­bés em­pie­zan su víncu­lo con la ma­má, el pa­pá y sus her­ma­nos a tra­vés del jue­go. Es­ta ac­ción que los po­ten­cia lue­go irá tras­la­dán­do­se a otros es­pa­cios, co­mo el co­le­gio, el club y to­do ám­bi­to en el que se desa­rro­llen.

Cuan­do se ha­bla de in­te­gra­ción la cla­ve siem­pre es va­lo­rar a la per­so­na por lo que es y no por lo que de­bie­ra ser. Cuan­do in­te­gra­mos re­co­no­ce­mos al otro co­mo su­je­to de va­lor que es. En es­te sen­ti­do, el jue­go es la ex­pre­sión de esas ca­pa­ci­da­des que ca­da uno tie­ne.

El re­co­no­ci­do pe­dia­tra y psi­coa­na­lis­ta in­glés Do­nald Win­ni­cott plan­tea­ba que un mo­men­to fun­da­men­tal en la vi­da de los ni­ños es el puen­te que se tra­za ha­cia el mun­do, es de­cir, la in­te­gra­ción a lo que su­ce­de fue­ra de sí. Son las ma­dres y los adul­tos res­pon­sa­bles los que abren esa po­si­bi­li­dad pa­ra que el be­bé pue­da tras­pa­sar esa puer­ta. Pa­ra eso los gran­des de­ben mi­rar al mun­do con ilu­sión, pues eso le da al pe­que­ño la ca­pa­ci­dad tam­bién de ilu­sio­nar­se. El fu­tu­ro del be­bé ya tie­ne las hue­llas im­pre­sas de ese pun­to de arran­que.

El jue­go en sí no es ga­ran­tía de in­clu­sión. Quie­nes ga­ran­ti­zan la in­te­gra­ción son las per­so­nas, pues en la mis­ma ac­ti­vi­dad lú­di­ca se pue­de dis­cri­mi­nar, o no de­jar que al­gún com­pa­ñe­ro se aco­ple a lo que se es­tá ha­cien­do. El jue­go da al­ter­na­ti­vas pa­ra que ha­ya em­pa­tía, pe­ro eso de­pen­de­rá de los adul­tos que lo ha­bi­li­ten, que ten­drán que po­ner lo ne­ce­sa­rio des­de el cam­po de lo éti­co pa­ra re­co­no­cer al otro. La in­te­gra­ción siem­pre de­pen­de de no­so­tros.

Cuan­do en un gru­po un pe­que­ño no pue­de in­te­grar­se a ju­gar (por ti­mi­dez o al­gu­na dis­ca­pa­ci­dad), los pa­dres de sus com­pa­ñe­ros no de­ben ce­rrar la cues­tión dan­do una idea cris­ta­li­za­da o su­gi­rién­do­le que jue­gue con otro ni­ño. Lo más ade­cua­do es abrir des­de las pre­gun­tas, aun­que es­tas no ten­gan res­pues­tas. No to­do de­be ser res­pon­di­do, pe­ro sí hay que abrir puer­tas pa­ra in­cluir, aun­que fi­nal­men­te eso no siem­pre ocu­rra. Los enemi­gos de la in­te­gra­ción son la ig­no­ran­cia y el pre­jui­cio. Si nos co­no­ce­mos más, po­de­mos en­ten­der y acep­tar al otro des­de sus po­si­bi­li­da­des. *Pre­si­den­te de Le­ko­tek y Ser­gio Fajn, Coor­di­na­dor Ge­ne­ral de Pro­gra­mas de Le­ko­tek (www.le­ko­tek.org.ar).

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