El ar­te del bon­sai

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El bon­sai es una cu­rio­si­dad que com­bi­na la be­lle­za de una plan­ta, con la pa­cien­cia y el tra­ba­jo del hom­bre. Pe­ro ha­cer­lo es com­pli­ca­do. ¿ Por dón­de em­pe­zar? Lo pri­me­ro es con­se­guir se­mi­llas de pri­me­ra ca­li­dad, es de­cir, de los fru­tos. Los es­co­ge­re­mos gran­des y bien ce­rra­dos, y los guar­da­re­mos en un lu­gar fres­co has­ta que lle­gue la pri­ma­ve­ra, mo­men­to en el que pro­ce­de­re­mos a abrir­los pa­ra lle­gar a las se­mi­llas. Se­lec­cio­na­re­mos las más gran­des y las co­lo­ca­re­mos en remojo du­ran­te dos días.

Las ma­ce­tas re­co­men­da­das son las más sim­ples, de plás­ti­co y con gran can­ti­dad de ori­fi­cios que fa­ci­li­ten la oxi­ge­na­ción de las raí­ces. El sue­lo ideal de­be te­ner un 85% de lu­ti­ta y un 15% de tie­rra de al­ga­rro­bo, pe­ro tam­bién se pue­de usar una mez­cla es­tán­dar. Plan­ta­re­mos las se­mi­llas en agu­je­ros con una se­pa­ra­ción de 3 cm en­tre sí, por­que si las co­lo­ca­mos muy jun­tas, na­ce­rán al­tas y del­ga­das por la fal­ta de ai­re.

El rie­go se ha­rá 3 o 4 ve­ces al día, con agua no cal­cá­rea y siem­pre por la ma­ña­na y al atar­de­cer (nun­ca al me­dio­día), ubi­can­do los ties­tos en un lu­gar so­lea­do. A los ocho días, ve­re­mos las pe­que­ñas ho­jas in­ten­tan­do des­ga­rrar la tie­rra. Trans­cu­rri­dos

Tiem­po y tra­ba­jo, pa­ra una téc­ni­ca de ca­si dos mil años, en la que in­ter­vie­nen la

na­tu­ra­le­za y la mano del

hom­bre

trein­ta días, pre­pa­ra­re­mos un com­bi­na­do vi­ta­mí­ni­co com­pues­to por 1 li­tro de agua y una am­po­lla de vi­ta­mi­na B1, ob­te­ni­da en cual­quier far­ma­cia. Con es­te pre­pa­ra­do, re­ga­re­mos ca­da 15 días du­ran­te los dos pri­me­ros me­ses.

Pe­que­ño ár­bol

Al año si­guien­te, ya po­dre­mos dar­le for­ma con alam­bre. Es­te, ade­más de dar­le el es­ti­lo desea­do, se po­drá uti­li­zar pa­ra en­gro­sar el tron­co, pe­ro con mu­cho cui­da­do pa­ra no da­ñar­lo. Ha­re­mos el pri­mer cam­bio de ma­ce­ta y po­da de raí­ces: lim­pia­re­mos sin mie­do el ce­pe­llón de tie­rra, ya que la edad real del ár­bol es de un año es­ca­so. Ex­trae­re­mos con su­mo cui­da­do el ár­bol de la ma­ce­ta y qui­ta­re­mos las raí­ces enredadas en los agu­je­ros de dre­na­je. Una vez li­be­ra­da la tie­rra del ce­pe­llón de raí­ces, po­da­re­mos las más grue­sas y de­ja­re­mos las raí­ces fi­nas, pin­zan­do las que crea­mos con­ve­nien­tes. Lue­go, vol­ve­re­mos a plan­tar los ar­bo­li­tos en la mis­ma ma­ce­ta, en la que de­be­rá per­ma­ne­cer tres años, du­ran­te los cua­les abo­na­re­mos exa­ge­ra­da­men­te con abono or­gá­ni­co len­to, res­pe­tan­do los me­ses de le­tar­go y em­plean­do téc­ni­cas de en­gro­sa­mien­to de tron­co, pin­za­do y mo­de­la­do.

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