No es pro­ble­ma ser hi­jo úni­co

Mia - - CALIDAD DE EDUCACIÓN - Por la Lic. Carolina Mi­cha*

En la ac­tua­li­dad es muy co­mún en­con­trar pa­re­jas que, más allá de cues­tio­nes mé­di­cas, de­ci­den te­ner un só­lo hi­jo. Pe­ro el he­cho de ser hi­jo úni­co no es un ele­men­to que de­fi­ne por sí so­lo el fu­tu­ro de un ni­ño. Su evo­lu­ción, co­mo la de cual­quier otra per­so­na, de­pen­de de la edu­ca­ción que le den sus pa­dres, así es que el hi­jo úni­co pue­de te­ner un desa­rro­llo tan sano co­mo el de un chi­co con her­ma­nos.

Ro­dea­do de afec­tos, con una ma­dre pre­sen­te aten­ta a sus ne­ce­si­da­des, ofre­cien­do el es­pa­cio pa­ra que el ni­ño pue­da des­cu­brir­se co­mo un ser di­fe­ren­te a sus pa­dres y con de­seos pro­pios, se­rá un adul­to se­gu­ro de sí mis­mo. Re­ci­bir de pe­que­ño to­do el amor in­con­di­cio­nal le da la po­si­bi­li­dad de, más ade­lan­te, po­der se­pa­rar­se e in­de­pen­di­zar­se de ma­má sin an­gus­tia, por­que sa­be que ella es­tá.

En el ca­so del hi­jo úni­co es im­por­tan­te que va­ya com­pren­dien­do que no es el centro del uni­ver­so y que, po­co a po­co, es él quien de­be ir adap­tán­do­se a di­cho mun­do y no a la in­ver­sa. Pa­ra ello la pues­ta de lí­mi­tes con ca­ri­ño, es cla­ve.

¿ La so­le­dad es ca­rac­te­rís­ti­ca en és­tos ni­ños a di­fe­ren­cia de los que tie­nen her­ma­nos?

El jue­go pa­ra­le­lo es na­tu­ral e inevi­ta­ble en los ni­ños más pe­que­ños. En una mis­ma sa­la se pue­den ob­ser­var va­rios ni­ños, pe­ro ca­da uno ju­gan­do a su jue­go, con sus pro­pias re­glas y tiem­pos. Es a me­di­da que cre­ce que co­mien­za el in­ter­cam­bio y el jue­go com­par­ti­do. Una vez que el pe­que­ño in­gre­sa al jar­dín de in­fan­tes co­mien­za su so­cia­li­za­ción con pa­res y el com­par­tir pa­sa a ser un apren­di­za­je en­ri­que­ce­dor, tan­to pa­ra él co­mo pa­ra sus pa­res.

En la tem­pra­na in­fan­cia es na­tu­ral pa­ra cual­quier chi­co, ten­ga o no her­ma­nos, te­ner un fuer­te sen­ti­mien­to de po­se­si­vi­dad y no que­rer pres­tar sus ju­gue­tes.

El pro­ble­ma de cre­cer sin her­ma­nos pue­de ser que to­das las ex­pec­ta­ti­vas y las exi­gen­cias fa­mi­lia­res es­tén pues­tas so­bre él. Tal vez sea por eso que al­gu­nos es­tu­dios se­ña­lan que un hi­jo úni­co cre­ce con ideas de ven­ce­dor, de­bi­do a que sus pa­dres pro­yec­tan en él sus pro­pias ilu­sio­nes y siem­pre le exi­gen dar lo me­jor de sí mis­mo. Pe­ro na­da es tan de­fi­ni­ti­vo. Tan­to los hi­jos úni­cos co­mo los que tie­nen her­ma­nos pa­san por las mis­mas si­tua­cio­nes. No es po­si­ble me­dir las cua­li­da­des o de­fec­tos en re­la­ción a si un ni­ño es hi­jo úni­co o tie­ne her­ma­nos.

*Psi­có­lo­ga, coor­di­na­do­ra del Ser­vi­cio de Jue­go Te­ra­péu­ti­co del Sa­na­to­rio de los Ar­cos.

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