¿Ve­nís a ca­sa o me mu­do a la tu­ya?

En tiem­pos en los que se bo­rra­ron las di­fe­ren­cias de gé­ne­ro en lo que se re­fie­re a la in­de­pen­den­cia eco­nó­mi­ca, mu­chas pa­re­jas lle­gan a la con­vi­ven­cia con dos ca­sas com­ple­ta­men­te ar­ma­das. ¿Qué ha­cen? ¿Quién to­ma la de­ci­sión? Con­tes­tan los es­pe­cia­lis­tas

Mia - - PAREJA - Por To­bias Schor­mann (dpa)

Por su­pues­to que los dos se quie­ren. Pe­ro ¿es ne­ce­sa­rio que ella lle­ve tam­bién sus sa­qui­tos aro­má­ti­cos de la­van­da al dor­mi­to­rio y que él se trai­ga sus vie­jas si­llas? Pre­gun­tas co­mo és­tas se plan­tean cuan­do dos per­so­nas de­ci­den vi­vir jun­tas. La res­pues­ta es cla­ra: sí y no. Ella ne­ce­si­ta es­pa­cio pa­ra de­ce­nas de za­pa­tos. Él in­sis­te en col­gar sus dos gui­ta­rras en la pa­red. Ella quie­re flo­res en el bal­cón y él una pa­rri­lla. Ella quie­re un am­bien­te aco­ge­dor, él ne­ce­si­ta un es­cri­to­rio. Hay mu­chas más, pe­ro es una mues­tra de las de­ci­sio­nes que se de­ben to­mar cuan­do dos per­so­nas quie­ren vi­vir jun­tas y las dos tie­nen su pro­pia vi­vien­da. Pa­ra em­pe­zar: ¿va­mos a vi­vir en mi ca­sa o en la tu­ya?

Es un pro­ble­ma que afec­ta a mu­cha gen­te. Si de­ci­den vi­vir jun­tos en la vi­vien­da de uno de ellos, los dos tie­nen que ha­cer con­ce­sio­nes: uno re­nun­cia a su vi­vien­da y el otro tie­ne que crear un es­pa­cio pa­ra su pa­re­ja en su que­ri­do ho­gar pro­pio. Es­to siem­pre po­ne a prue­ba la re­la­ción. En el me­jor de los ca­sos, los dos di­cen al fi­nal: es­te es nues­tro nue­vo ho­gar. "El acen­to hay que po­ner­lo en la pa­la­bra 'nues­tro', por­que si uno de ellos no lo pue­de de­cir así, los dos tie­nen un pro­ble­ma", ex­pli­ca Fe­li­ci­tas Hey­ne. La psi­có­lo­ga ase­so­ró a una pa­re­ja en la que la mu­jer ha­bía ido a vi­vir a la ca­sa del hombre. En al­gún mo­men­to, sur­gió una cri­sis y nin­guno de los dos con­si­de­ra­ba la si­tua­ción en la vi­vien­da co­mo un pro­ble­ma. So­lo cuan­do se se­pa­ra­ron, la mu­jer se dio cuen­ta de que cuan­do se fue a vi­vir con él, so­lo lle­va­ba con­si­go una ma­le­ta y una ca­ja de car­tón. "En ese mo­men­to que­dó cla­ro lo po­co que ha­bía si­do su ho­gar la nue­va vi­vien­da pa­ra ella". Lo que de­mues­tra que esas si­tua­cio­nes di­fí­ci­les pue­den sur­gir de ma­ne­ra to­tal­men­te in­vo­lun­ta­ria e in­cons­cien­te.

La pre­gun­ta de ¿en mi ca­sa o en la tu­ya?, en reali­dad, es­tá mal plan­tea­da. El ca­mino del me­dio es bus­car jun­tos una nue­va vi­vien­da co­mún. "Lo me­jor es vi­vir en te­rreno neu­tral", di­ce el psi­có­lo­go Ro­land Kopp-Wich­mann, quien opi­na que, de lo con­tra­rio, pue­de ocu­rrir que uno siem­pre si­ga sien­do el ex­tra­ño en la ca­sa del otro.

Bus­car una nue­va vi­vien­da pue­de to­mar su tiem­po. Por eso, al fi­nal, mu­chas ve­ces se vuel­ve a plan­tar la mis­ma pre­gun­ta: ¿en mi ca­sa o en la tu­ya? En ese ca­so, con­vie­ne al me­nos de­co­rar nue­va­men­te la vi­vien­da co­mún, re­co­mien­da Hey­ne. Mu­chas ve­ces, las co­sas pe­que­ñas pue­den ha­cer mi­la­gros: pin­tar las pa­re­des de otro co­lor o cam­biar la dis­tri­bu­ción de los mue­bles, por ejem­plo.

Por su­pues­to, ca­da pa­so trae­rá nue­vos in­te­rro­gan­tes, por ejem­plo, ¿qué co­sas vie­jas pue­de uno lle­var­se a la nue­va vi­vien­da y qué co­sas pue­den que­dar­se en ella? Es cierto que so­lo se tra­ta de un par de mue­bles, pe­ro en el peor de los ca­sos, es­te asun­to pue­de de­ge­ne­rar en una fe­roz lu­cha por el po­der, ad­vier­te Hey­ne. En­ton­ces, rá­pi­da­men­te se plan­tean cues­tio­nes me­nos su­per­fi­cia­les: ¿quién de los dos tie­ne el me­jor gus­to? y ¿po­de­mos ha­cer bue­na pa­re­ja con unos es­ti­los de vi­da tan di­fe­ren­tes?

Pa­ra que sea más di­fí­cil que sur­jan más tar­de otros en­fren­ta­mien­tos, es bueno que ca­da uno dis­pon­ga en la vi­vien­da co­mún de un es­pa­cio pro­pio don­de re­ti­rar­se. Por ejem­plo, ca­da uno pue­de ocu­par un rin­cón pa­ra sí mis­mo o los dos dos acor­dar que, en de­ter­mi­na­do día de la se­ma­na, ella pue­da ver su se­rie te­le­vi­si­va fa­vo­ri­ta en el li­ving, mien­tras que él pue­da to­car ahí su gui­ta­rra otro día de la se­ma­na.

Fi­nal­men­te: ¿por qué no di­vi­dir sim­ple­men­te en dos la vi­vien­da co­mún? ¿Por qué ella no pue­de de­co­rar el li­ving y el dor­mi­to­rio mien­tras que él pue­de te­ner su pro­pio cuar­to de estudio con su es­cri­to­rio pa­ra la compu­tado­ra? Kopp-Wich­mann no cree que es­to sea una bue­na so­lu­ción: "Eso no va a fun­cio­nar. Si él no se sien­te bien en el li­ving, no se pue­de com­pen­sar esa sen­sa­ción".

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