BEA­TRIZ V. GO­YOA­GA.

Pe­lear­se o ver la vida de otra ma­ne­ra

Mia - - SUMARIO - por Bea­triz V. Go­yoa­ga* *Ins­truc­to­ra de me­di­ta­ción y res­pi­ra­ción en El Ar­te de Vi­vir. Au­to­ra del li­bro "Del Gin To­nic a la me­di­ta­ción y res­pi­ra­ción" Fa­ce­book: http://www.fa­ce­book.com/bea­trizv­go­yoa­ga Blog: http://bea­tri­ze­lar­te­de­vi­vir.word­press.com/ www.el

Las ago­ta­do­ras pe­leas y dis­cu­sio­nes en­tre ami­gos, pa­re­jas, co­le­gas o hi­jos só­lo pue­den ocu­rrir en­tre per­so­nas que con­si­de­ras tus pa­res, que son igua­les, que es­tán a la mis­ma al­tu­ra que tú. Cuan­do te pe­leas dis­cu­tes o te en­re­das con al­guien, sea tu sue­gra, tu hi­jo o tu em­plea­do, lo igua­las a ti, le es­tás po­nien­do en tu mis­mo ni­vel.

“Sin em­bar­go, pro­fun­di­zas un po­co más y ves a la vida des­de la dis­tan­cia”, di­ce Sri Sri Ra­vi Shan­kar el fun­da­dor de El Ar­te de Vi­vir, y de quien yo he to­ma­do es­tos co­no­ci­mien­tos úti­les pa­ra vi­vir una vida más tran­qui­la, que en reali­dad si pro­fun­di­zas ve­rás que no exis­te na­die que sea igual a ti. Tú eres úni­co, es­pe­cial y dis­tin­to. Como las hue­llas di­gi­ta­les, TO­DAS son dis­tin­tas, no hay en to­do el pla­ne­ta una igual.

Si con­si­gues man­te­ner a la gen­te, en un plano dis­tin­to del tu­yo, ya sea por en­ci­ma tu­yo, y los mi­ras con res­pe­to y ad­mi­ra­ción o por de­ba­jo tu­yo, aun­que sean tus hi­jos, o si los ves más inocen­tes o me­nos pre­pa­ra­dos, y te das cuen­ta que no en­tien­den cier­tas co­sas, que aún no es­tán allá don­de tú es­tás, en­ton­ces no ha­bría pe­leas, no se en­ros­ca­rían en dis­cu­sio­nes que son inú­ti­les y gas­tan, tre­men­da­men­te, tu ener­gía y la de ellos.

Cuan­do uno sien­te que al­guien que es­tá por en­ci­ma tu­yo, sea un pro­fe­sor, un je­fe o al­gu­na per­so­na que la con­si­de­ras más in­te­li­gen­te o de al­gu­na ma­ne­ra te in­fun­den res­pe­to, a esos los res­pe­tas y no te ani­mas a en­fren­tar­te o pe­lear con ellos. Te ca­llas la bo­ca, a ve­ces a dis­gus­to, pe­ro te ca­llas. Al mis­mo tiem­po cuan­do crees que es­tán por de­ba­jo tu­yo, tus hi­jos más pe­que­ños me­nos pre­pa­ra­dos, per­so­nas que amas y cui­das por tu re­la­ción con ellos, si co­me­ten erro­res, se enojan o se en­fren­tan con­ti­go, ¿qué ha­ces? sien­tes com­pa­sión y los de­jas ir. Si un ni­ñi­to ha­ce una pa­ta­le­ta, no te en­fu­re­ces, le abra­zas y no te en­ros­cas aun­que rom­pa al­go.

De es­ta for­ma, con el res­pe­to o la com­pa­sión pue­des evi­tar, sa­lir y pro­te­ger­te, in­me­dia­ta­men­te, de cual­quier inú­til dis­cu­sión o pe­lea. Ape­la a ellos. No pon­gas a las per­so­nas a tu mis­mo ni­vel pues ¡tú eres úni­co!

Es­ta es una ma­ne­ra muy sen­ci­lla pe­ro muy útil de ver la vida. Si ya es­tás can­sa­do de lu­char y dis­cu­tir con me­dio mun­do, em­pie­za a ob­ser­var a ca­da uno con los que dis­cu­tes. Haz una lis­ta a ver en que lu­gar es­tán, si me­re­cen tu com­pa­sión y abra­zo o si me­re­cen tu res­pe­to por­que sa­ben más que tú, tie­nen más edad o de al­gu­na for­ma los pue­des ubi­car allá don­de es­tán con los que no te ani­mas a pe­lear.

Y al­gún día, cuan­do es­tás bien des­can­sa­do, si quie­res dis­cu­tir, ¡dis­cu­te! pe­ro di­viér­te­te, no te lo to­mes a pe­cho. La vida es un tea­tro, es cor­ta y hay que dis­fru­tar­la.

Lo mis­mo es cier­to acer­ca de la men­te, cuan­do crees que es igual a los sen­ti­dos, hay con­flic­to. Cuan­do uno se da cuen­ta de que la men­te es más gran­de que los sen­ti­dos, no hay con­flic­to. Es en ese mo­men­to que los sen­ti­dos, las avi­de­ces por los ob­je­tos de los sen­ti­dos, no te ma­ne­jan ni te arras­tran. En los ani­ma­les, la men­te es más pe­que­ña que los sen­ti­dos, por eso, ellos no de­ci­den, se de­jan lle­var por los sen­ti­dos y el ins­tin­to. Con ellos no hay con­flic­to.

Cuan­do la men­te es­tá atra­pa­da en los sen­ti­dos, hay un con­flic­to cons­tan­te. Es el ca­so de las adic­cio­nes, só­lo pien­sa en el eso.

Cuan­do la men­te trans­cien­de los sen­ti­dos, va mas allá, en­ton­ces vuel­ve a su ver­da­de­ra na­tu­ra­le­za, que es la inocen­cia.

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