Por Xi­me­na Du­que Va­len­cia *

Mia - - PSICOLOGÍA -

Lue­go de tan­tos años de lu­cha por el re­co­no­ci­mien­to de sus de­re­chos, hoy la mu­jer es con­si­de­ra­da un pi­lar esen­cial en las gran­des or­ga­ni­za­cio­nes del mun­do. A pe­sar de su re­co­no­ci­mien­to, hay una co­rrien­te que se opo­ne, que la re­du­ce. Que no per­ci­be que el ver­da­de­ro po­der es­tá en su in­tui­ción, en su creatividad que le per­mi­te desem­pe­ñar un sin­fín de ro­les, ser mul­ti­ta­reas.

Cuan­do la mu­jer se au­to re­co­no­ce y se va­lo­ra en su ver­da­de­ra esen­cia, es ca­paz de lle­var a otro ni­vel no só­lo su vi­da, sino la de to­do lo que a ella se acer­que. Es ex­ten­sa y di­ver­sa, es mul­ti­fa­cé­ti­ca y tie­ne la ca­pa­ci­dad de au­to re­no­var­se per­ma­nen­te­men­te.

Pe­ro, ¿por qué mu­chas mu­je­res aún no pue­den ser fe­li­ces, vi­vir ple­nas y en paz, y si­guen cues­tio­nán­do­se? La res­pues­ta es que ha­cen de su vi­da un re­to cons­tan­te eje­cu­tan­do ro- les que no les co­rres­pon­de. Lu­chan con­tra su esen­cia por­que la creen­cia co­lec­ti­va le mar­ca que eso es ser dé­bil. Allí es cuan­do co­mien­zan a na­cer los mie­dos. Co­mien­za la creen­cia de su de­bi­li­dad, en la com­pa­ra­ción tan­to con la fuer­za mas­cu­li­na co­mo con el ar­que­ti­po de la be­lle­za fe­me­ni­na es­ti­pu­la­da y pre con­ce­bi­da; en el creer que tie­ne que ser de­pen­dien­te, aco­gi­da y pro­te­gi­da cuan­do real­men­te ella es quien aco­ge y nu­tre; en el ver­se re­fle­ja­da en pa­tro­nes y es­te­reo­ti­pos ilu­so­rios y creer que, ha­ga lo que ha­ga, nun­ca lle­ga a al­can­zar ese pa­trón de “per­fec­ción”. Y lo más im­por­tan­te, dar­se cuen­ta que cual­quier “lu­cha” es inofi­cio­sa y de­vas­ta­do­ra. No se tra­ta de lu­char, no se tra­ta de ga­nar, no se tra­ta de con­se­guir. Se tra­ta de asu­mir el rol, de fluir, de au­to-va­lo­rar­se y de dar­le a ca­da quien el es­pa­cio que le co­rres­pon­de. No te­ne­mos por qué pre­ten­der ocu­par el es­pa­cio del otro, por­que hay un es­pa­cio, un rol y una im­por­tan­cia pa­ra ca­da quien.

El mie­do no es más que una ilu­sión crea­da por no­so­tros mis­mos. La úni­ca reali­dad es el amor y el amor es acep­ta­ción, es re­cuer­do, es re­co­no­ci­mien­to, es va­lo­ra­ción.

¿Qué es lo que se pro­po­ne? Con­ver­tir el mie­do en amor, rea­li­zar esa trans­for­ma­ción que no im­pli­ca dua­li­dad, ele­gir ni com­pa­rar. Lo que se bus­ca es vi­vir en es­ta­do de acep­ta­ción per­ma­nen­te, en re­co­no­ci­mien­to de los opues­tos y en ac­ti­tud de hon­rar y ve­ne­rar lo que el otro es, sin com­pe­tir.

IRB o In­di­go Ray Ba­lan­cing, he­rra­mien­ta de trans­for­ma­ción del mie­do en amor, pro­po­ne ha­cer­lo sin ge­ne­rar una sen­sa­ción de re­cha­zo o de que hay que to­mar par­ti­do o de es­tar en uno u otro ban­do. Por el con­tra­rio, el de­sa­fío es re­co­no­cer nues­tra esen­cia, nues­tra Na­tu­ra­le­za Di­vi­na que es Ser Amor. Cuan­do re­co­no­ce­mos que So­mos Amor, el es­ta­do per­ma­ne­ce pe­se a to­do; es ge­ne­rar el ba­lan­ce en­tre lo fe­me­nino y lo mas­cu­lino. La acep­ta­ción, el per­mi­tir y la gra­ti­tud son atri­bu­tos co­bi­ja­dos en la fre­cuen­cia del Amor, que per­mi­te rá­pi­da­men­te co­nec­tar­se con la Fuen­te Uni­ver­sal.

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