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Te dis­te cuen­ta de que vi­vi­mos in­ten­tan­do ser per­fec­tas, una mi­sión tan im­po­si­ble como des­gas­tan­te? Las per­so­nas que más se­du­cen son aque­llas que se acep­tan como son y se mues­tran abier­tas en su vul­ne­ra­bi­li­dad.

El slo­gan de una re­cien­te cam­pa­ña eu­ro­pea de Match.com es: “Si no te gus­tan tus im­per­fec­cio­nes, a al­guien más le gus­ta­rán”. Los avi­sos mues­tran si­tua­cio­nes co­ti­dia­nas en las que un hom­bre o una mu­jer ac­túan de ma­ne­ra po­co co­rrec­ta en una pri­me­ra ci­ta – lle­gan­do tar­de, rién­do­se a car­ca­ja­das lo­cas, etc. - y, sin em­bar­go, eso al otro le en­can­ta. Es que no so­mos per­fec­tos y aque­llo que cree­mos pue­de arrui­nar un ro­man­ce pue­de ser, en reali­dad, lo que enamo­re.

Si creés que tus im­per­fec­cio­nes son las res­pon­sa­bles de que no en­con­trás al amor, no es­tás ha­cien­do fo­co en tu ser. Las re­la­cio­nes no flu­yen cuan­do se ac­túan per­so­na­jes pa­ra agra­dar. Así en la vi­da como en el tea­tro, lle­ga el mo­men­to de qui­tar­se el ma­qui­lla­je. Si acos­tum­bra­mos a los de­más a nues­tra ac­tua­ción, di­fí­cil­men­te se sien­tan có­mo­dos o les gus­te nues­tra esen­cia.

Aní­ma­te a mos­trar tus im­per­fec­cio­nes

Es ho­ra de que te ani­mes a ser, en la cer­te­za de que, quien te quie­ra, lo ha­rá, así como eres, sin intentar cam­biar­te.

No es ca­sual que des­de ha­ce ya buen tiem­po, las gran­des mar­cas mues­tren en sus pu­bli­ci­da­des a las per­so­nas en su reali­dad “real”. La ten­den­cia es re­fle­jar en los avi­sos las pe­cu­lia­ri­da­des que nos ha­cen hu­ma­nos, di­fe­ren­tes y, so­bre to­do, ado­ra­bles en nues­tra uni­ci­dad.

En el amor, como en otras áreas de la vi­da, apren­der a acep­tar­te en el lu­gar en el que te en­cuen­tres, con to­das tus po­si­bi­li­da­des de evo­lu­cio­nar, te trae­rá unos cuan­tos be­ne­fi­cios:

que lo­gres com­pren­der que no to­do lo que ha­cés es óp­ti­mo, no sig­ni­fi­ca­rá que te cri­ti­ques y cas­ti­gues por ello. Por el con­tra­rio, te pon­drá en un lu­gar de ob­ser­va­dor de vos mis­ma que te per­mi­ti­rá re­cons­truir­te des­de esos lu­ga­res que que­rés for­ta­le­cer.

Cre­ce­rás: em­pe­za­rás a cons­truir­te des­de otro lu­gar y, des­de allí, a ci­men­tar una re­la­ción de pa­re­ja só­li­da, que se­rá un en­cuen­tro de al­mas, más que de apa­rien­cias.

Apren­de­rás a ser más to­le­ran­te: te vol­ve­rás me­nos exi­gen­te con vos y con los de­más. Al juz­gar­te me­nos, juz­ga­rás me­nos a quie­nes te ro­dean y ha­rás de tu en­torno un lu­gar más ama­ble.

Da­le la bien­ve­ni­da a tus im­per­fec­cio­nes. Sa­lí al en­cuen­tro de un nue­vo amor, tan im­per­fec­to y no­ble como sos vos.

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