Pa­rar el be­rrin­che

Mia - - CALIDAD DE EDUCACIÓN -

En el me­dio de la ca­lle o del res­tau­rant, el chi­qui­tín co­mien­za a gri­tar y pa­ta­lear y no hay mo­do de cal­mar­lo. Los ner­vios de los adul­tos se van re­ca­len­tan­do y de pron­to la pa­cien­cia se ago­ta. ¿Qué ha­cer?

A ve­ces los re­cur­sos más im­pen­sa­dos dan re­sul­ta­dos. Can­tar una can­ción, pue­de ser­vir. Ha­cer­le una pre­gun­ta ines­pe­ra­da, tam­bién. Hay otras tác­ti­cas que va­le la pe­na pro­bar: sen­tar­se jun­to al ni­ño en el sue­lo y no ha­cer na­da, pe­ro en es­te ca­so, quien lo ha­ga tie­ne que es­tar se­gu­ro de que no le im­por­ta­rá có­mo lo mi­ren los de­más. Lo im­por­tan­te no es lo que se ha­ce, sino lo que se lo­gra pa­ra que ese es­pi­ral de la ra­bie­ta se cor­te con al­go sor­pre­si­vo. Só­lo de ese mo­do po­drá en­trar en la eta­pa de "ne­go­cia­cio­nes" o ex­pli­car por qué no se le per­mi­te tal o cual co­sa al pe­que­ño.

Más allá de ese mo­men­to, los pa­dres de­ben te­ner siem­pre pre­sen­te que los be­rrin­ches no son na­da per­so­nal. To­dos los ni­ños me­no­res de 3 años tie­nen es­te ti­po de pa­ta­le­tas y po­nen a prue­ba los lí­mi­tes de los ma­yo­res y el víncu­lo ha­cia sus pa­dres. "¿Ma­má me que­rrá aun­que me por­te su­per­mal?". Una prue­ba más del ser pa­pás.

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