o sen­tir atrac­ción fí­si­ca ha­cia otra per­so­na sin que im­por­te su ge­ni­ta­li­dad. Así se de­fi­ne la pan­se­xua­li­dad y ca­da vez son más los que se ani­man a ha­blar de su in­ti­mi­dad sin pre­jui­cios. Violeta Ur­tiz­be­rea, An­drea Rin­cón, Me­li­na Lez­cano y Miss Bo­li­via son

Un frag­men­to del li­bro de Adria­na Ba­la­guer en el que cuen­ta la in­ti­mi­dad del re­gre­so de Fae­na a la Ar­gen­ti­na, aso­cia­do a Cos­tan­ti­ni.

Noticias - - SUMARIO - (Edi­ta­do por Pla­ne­ta)

Hués­ped

de lu­jo de Alan en su ho­tel en Mia­mi, Eduar­do Cos­tan­ti­ni acep­ta la in­vi­ta­ción del an­fi­trión para vi­si­tar­lo en su ca­sa fa­mi­liar so­bre el ca­nal. Re­cuer­da que «to­do era muy Fae­na, ba­rro­co, kitsch». Ta­pi­za­dos de leo­par­do, cor­ti­na­dos de ter­cio­pe­lo ro­jo, lám­pa­ras de pie do­ra­das. Pe­ro al mis­mo tiem­po «muy re­fi­na­do y de buen gus­to». En la sa­la de es­tar don­de iban a com­par­tir un re­fres­co o tal vez un café, al re­pa­sar los tí­tu­los de los li­bros de la biblioteca, se cho­ca con un mi­cró­fono de pie al es­ti­lo de los que usa el me­xi­cano Luis Mi­guel para acen­tuar su per­fil de in­tér­pre­te ro­mán­ti­co de otros tiem­pos. —¿Can­tás? —pre­gun­ta el vi­si­tan­te co­mo para rom­per el hie­lo. —Sí, es­toy ha­cien­do can­to, em­pe­cé ha­ce co­mo diez días. Me fas­ci­na. —¿En se­rio? —Sí, ¿que­rés que te can­te al­go? An­tes de po­der asen­tir con la ca­be­za o bal­bu­cear un sí, de la na­da Fae­na se para de­lan­te del mi­cró­fono y arran­ca con un mi­ni­rre­ci­tal de mú­si­ca tro­pi­cal. Bo­le­ros, sal­sa, Ar­man­do Man­za­ne­ro, Ja­vier So­lís. Cos­tan­ti­ni ju­ra que era me­dio­día y no ha­bían to­ma­do al­cohol. Y que es­tu­vo un buen ra­to es­cu­chán­do­lo an­tes de co­men­zar la reunión que ter­mi­na­ría con los dos ha­blan­do de ne­go­cios, dan­do el pun­ta­pié ini­cial al acuer­do que se­lla­ría el re­gre­so de Alan Fae­na a la Ar­gen­ti­na tras con­cluir su primer pro­yec­to en La Flo­ri­da. «Es­to te lo pin­ta a Alan, es un per­so­na­je», di­ce ri­sue­ño, y des­pués re­cuer­da la foto jun­to a Na­ta­lia Orei­ro con la que se to­pó en las re­des y don­de Alan apa­re­ce ves­ti­do con una ver­sión sui gé­ne­ris de Juan Do­min­go Pe­rón.

Nun­ca an­tes ha­bían te­ni­do una re­la­ción so­cial. Se ha­bían co­no­ci­do en los ’90 en Pun­ta del Es­te y de pu­ra ca­sua­li­dad. En ese mo­men­to, uno era un eje­cu­ti­vo con ex­pe­rien­cia en el mun­do de las fi­nan­zas que ama­ba el wind­surf, y el otro un jar­di­ne­ro que cul­ti­va­ba ro­sas con los bol­si­llos lle­nos de di­ne­ro por la ven­ta de Via Vai. Una ma­ña­na de ve­rano con sol, Eduar­do de­ci­dió sa­lir de tra­ve­sía con su tabla y su vela por la cos­ta es­te­ña rum­bo a Jo­sé Ig­na­cio. Pe­ro re­sul­tó que en el camino se que­dó sin vien­to y tu­vo que re­gre­sar a la ori­lla, de­jar su equi­po so­bre la cos­ta de­sér­ti­ca, y sa­lir a bus­car ayu­da.

Ves­ti­do con la ropa de neo­pre­ne, al­go hú­me­da aún, se acer­có a la ru­ta. Ne­ce­si­ta­ba que al­guien lo arri­ma­ra a la ci­vi­li­za­ción para llegar a su ca­sa y po­der bus­car un au­to con el que ir por su equi­po. La zo­na es­ta­ba des­ha­bi­ta­da. Igual em­pe­zó a ha­cer de­do. De re­pen­te a lo le­jos vio acer­car­se una 4 × 4. Un me­tro an­tes, fre­nó y una ca­be­ci­ta se aso­mó por la ven­ta­ni­lla: «Ve­ní que te lle­vo. Te co­noz­co», le di­jo un jo­ven de son­ri­sa gran­de con la bar­ba ra­la. Era Alan Fae­na, que le ofre­cía de­jar­lo en la puer­ta.

Des­pués de ese primer en­cuen­tro, Cos­tan­ti­ni vol­vió a ver­lo en las re­vis­tas del co­ra­zón, de le­jos en al­gu­na fies­ta, en subas­tas de ar­te, en la inau­gu­ra­ción del Pé­rez Art Mu­seum en Mia­mi. Pe­ro nun­ca más ha­bla­ron. Eso no im­pi­dió que su­pie­ran el uno del otro. «Nos mi­rá­ba­mos sin en­con­trar­nos», re­su­me el se­ñor Nor­del­ta bus­can­do ex­pli­car esa aten­ción a la dis­tan­cia que sos­tu­vie­ron por dé­ca­das.

Por esas coin­ci­den­cias del des­tino, ha­bían re­co­rri­do un camino si­mi­lar. El azar ju­gó a es­pe­jar­los. Los dos son oriun­dos de la zo­na norte del Gran Bue­nos Aires (Eduar­do es de San Isi­dro), y los dos em­pe­za­ron de aba­jo: uno vendiendo buzos y el otro bu­fan­das, los dos a bor­do de sus au­tos vie­jos y con el baúl car­ga­do de sueños. Mien­tras es­to su­ce­día, Eduar­do in­ten­ta­ba des­ci­frar los có­di­gos para ha­cer di­ne­ro en la Bolsa de Va­lo­res y al­gu­nas ho­ras ex­tras en el fri­go­rí­fi­co fa­mi­liar.

A di­fe­ren­cia de Alan, Cos­tan­ti­ni es­tu­dió y ter­mi­nó Eco­no­mía en la UBA y tu­vo su pos­gra­do en la Uni­ver­si­dad East An­glia, en Nor­wich, In­gla­te­rra, tí­tu­lo que pu­do cos­tear gra­cias a un prés­ta­mo que le dio su her­mano Ro­dol­fo. El man­da­to fa­mi­liar era «ser al­guien» y para llegar de­bía es­tu­diar.

Con el pa­so del tiem­po, am­bos ter­mi­na­ron sien­do desa­rro­lla­do­res in­mo­bi­lia­rios sin fron­te­ras, aman­tes del ar­te. Y ade­más, mi­llo­na­rios.

Cos­tan­ti­ni no po­see un dis­tri­to con nom­bre pro­pio, pe­ro ca­si: en el su­yo vi­ven 35.000 per­so­nas y se lla­ma Nor­del­ta. «Por ahí es por­que soy de Virgo, que es un signo de tie­rra, y la in­te­li­gen­cia fil­tra al ego­cen­tris­mo», acla­ra. Y Alan no tiene el Mal­ba y su co­lec­ción de obras la­ti­noa­me­ri­ca­nas de pres­ti­gio in­ter­na­cio­nal, pe­ro ya abrió dos cen­tros de ar­te y ate­so­ra unos cuan­tos cua­dros de bue­na fir­ma.

—Alan, ¿có­mo hi­cis­te tu primer mi­llón?

—Es­tás siem­pre ju­gan­do. La sen­sa­ción cuan­do lle­gás al pri­me­ro es que así co­mo vino se pue­de ir. Ju­gás un po­co más tran­qui­lo, es cier­to, pe­ro se­guís co­rrien­do los mis­mos ries­gos…

So­bre có­mo hi­zo su for­tu­na, Cos­ta tan­ti­ni tam­bién tiene un camino mar­ca­do por el ol­fa­to y la vi­sión de opor­tu­ni­da­des. p Pri­me­ro fue­ron in­ve ver­sio­nes bur­sá­ti­les y la ad­qui­si­ción de una pro­pie­dad en el mi­cro­cen­tro pa para cons­truir un edi­fi­cio, don­de de des­pués se hi­zo el Ban­co Ge­ne­ral de Ne Ne­go­cios. Lle­gó a com­prar ese te­rreno su su­mán­do­le un bo­nus de la ofi­ci­na. Y de des­pués, la opor­tu­ni­dad de ven­der en m me­dio mi­llón de dólares lo que ha­bía pa pa­ga­do 200.000 dólares.

En los ’80 la vi­da em­pe­zó a dar­le

pis­tas de que su ho­ri­zon­te es­ta­ba más le­jos. Fue cuan­do de­tec­tó que las ac­cio­nes del Ban­co Fran­cés es­ta­ban muy ba­ra­tas y en­ton­ces com­pró por 2 mi­llo­nes de dólares el 20% del ban­co. Quin­ce años más tar­de, en 1995, an­tes de la cri­sis del Te­qui­la, ven­dió su par­ti­ci­pa­ción al BBVA. En ese mo­men­to el ban­co va­lía más de 1.000 mi­llo­nes de dólares. En­ton­ces sí, con to­do ese ca­pi­tal en su haber, Eduar­do se en­fo­có en la in­ver­sión in­mo­bi­lia­ria a tra­vés de su em­pre­sa Con­sul­ta­tio.

Vein­te años más tar­de, en 2016, Alan y Eduar­do vol­vie­ron a cru­zar­se. Los dos ya con­ver­ti­dos en em­pre­sa­rios po­de­ro­sos. Alan es­ta­ba eva­luan­do qué ha­cer con el úl­ti­mo te­rreno, la úl­ti­ma jo­ya que le que­da­ba en el Di­que 2 de Puer­to Ma­de­ro. Juana Man­so 1400, entre Pe­tro­na Ey­le y Mart­ha Sa­lot­ti, justo en­fren­te del edi­fi­cio El Por­te­ño. Y Eduar­do bus­ca­ba, sin suer­te, un lu­gar don­de cons­truir en la ciu­dad de Bue­nos Aires para apro­ve­char la reac­ti­va­ción del mer­ca­do in­mo­bi­lia­rio.

El re­en­cuen­tro se lla­ma Ocea­na (Cos­tan­ti­ni ya le­van­tó otros dos con ese nom­bre en Mia­mi) y se­rán un par de edi­fi­cios se­pa­ra­dos por una pla­za ver­de es­pe­cial­men­te pen­sa­da para que al­gu­na pie­za de ar­te im­por­tan­te la luz­ca. En to­tal, más de 40.000 me­tros cua­dra­dos.

Se pa­re­ce­rá a to­dos los otros edi­fi­cios de Alan en Puer­to Ma­de­ro, acor­da­ron que «la piel del edi­fi­cio tiene por lo me­nos que evo­car al la­dri­llo». Pe­ro no se­rán de él sino de Cos­tan­ti­ni y Con­sul­ta­tio, que in­ver­ti­rá 120 mi­llo­nes de dólares. Juntos tra­ba­ja­rán en «la con­cep­ción crea­ti­va de la cons­truc­ción» y en el de­ve­nir irán «dia­lo­gan­do el pro­yec­to». Así lo ex­pli­ca el due­ño, que con­fía en que la obra es­té lis­ta para fi­na­les de 2020. Y agre­ga: «Ha­cer una co­la­bo­ra­ción entre desa­rro­lla­do­res es­tá bueno. El ser hu­mano siem­pre com­pi­te o tiene ego… Su­mar es­tá bueno».

Cos­tan­ti­ni no so­la­men­te re­ve­la el ca­rác­ter del acuer­do que tiene con Fae­na sino que, sin que­rer, da a co­no­cer quién es el ver­da­de­ro pro­pie­ta- rio del úl­ti­mo lo­te va­cío en el dis­tri­to Fae­na: «Bla­vat­nik an­da­ba que­rien­do ven­der ese te­rreno», di­jo, po­nien­do en evi­den­cia qué ti­po de re­la­ción so­cie­ta­ria tie­nen Fae­na y el mi­llo­na­rio ru­so (una in­ge­nie­ría que guar­dan ba­jo cua­tro lla­ves). El da­to per­mi­ti­ría in­fe­rir que Len ya no ve en Bue­nos Aires el mis­mo atrac­ti­vo que en el pa­sa­do para po­ner al­gu­nos de sus mi­llo­nes en un pro­yec­to nue­vo. Pe­ro la aso­cia­ción con Cos­tan­ti­ni re­fle­ja otra ne­ce­si­dad: al mis­mo tiem­po que bus­ca­ba un so­cio para ter­mi­nar su obra por­te­ña, Alan tam­bién de­bía re­sol­ver una pa­ta no me­nor: la cons­truc­ción. La ven­ta se con­cre­tó en 44 mi­llo­nes de dólares.

Cuan­do les pre­gun­tan por qué de­ci­die­ron unir­se, Fae­na re­pi­te aque­llo de que siem­pre le gus­tó ro­dear­se de las me­jo­res men­tes, con las que ir em­pu­jan­do los lí­mi­tes del sis­te­ma. Y Cos­tan­ti­ni re­sal­ta el po­der de Alan para im­po­ner una mar­ca, el ni­vel de crea­ti­vi­dad y el es­fuer­zo que po­ne en ca­da rin­cón so­bre el que tra­ba­ja.

Más allá de lo per­so­nal, tam­bién tie­nen coin­ci­den­cias en torno a que era el mo­men­to in­di­ca­do para vol­ver a apos­tar por el país. Si bien Alan con­si­guió que sus em­pren­di­mien­tos con­ti­nua­ran vi­gen­tes en to­dos es­tos años, a cos­ta de no ga­nar di­ne­ro, y Cos­tan­ti­ni si­guió tam­bién con los su­yos, el kirch­ne­ris­mo les pa­re­ció un tiem­po hos­til y creen que aho­ra, con Mau­ri­cio Ma­cri pre­si­den­te, sí es­tán da­das las con­di­cio­nes po­lí­ti­cas y eco­nó­mi­cas para vol­ver a in­ver­tir y ter­mi­nar el dis­tri­to Fae­na en Puer­to Ma­de­ro.

«Lo que mue­ve un pro­yec­to —ex­pli­ca Cos­tan­ti­ni— es prin­ci­pal­men­te la ca­li­dad de la lo­ca­li­za­ción y del te­rreno. Cuan­do se da una opor­tu­ni­dad his­tó­ri­ca es don­de te­ne­mos vo­ca­ción in­ver­so­ra. Des­pués la ma­cro­ar­gen­ti­na, la po­lí­ti­ca ar­gen­ti­na, los ar­gen­ti­nos, ha­cen que el país sea im­pre­vi­si­ble. Nues­tra es­tra­te­gia es ha­cer co­sas bue­nas, tra­tar de agre­gar va­lor, que la so­cie­dad lo apre­cie y te­ner los re­cur­sos ne­ce­sa­rios para sus­ten­tar­lo. Aho­ra, si des­pués hay una cri­sis en el me­dio, no es nues­tra cul­pa. Con Nor­del­ta, ten­dría que ha­cer la cuen­ta, pe­ro ha­brán pa­sa­do más de diez pre­si­den­tes, tres go­ber­na­do­res, un de­fault…».

Quie­nes eli­gen creer en la con­cep­ción cir­cu­lar del tiem­po para ex­pli­car la vi­da, di­cen que el mi­to del eterno re­torno ofre­ce la opor­tu­ni­dad de com­po­ner el camino y de pen­sar en ha­cer co­sas de las que se pue­da es­tar siem­pre or­gu­llo­sos, y que en eso ra­di­ca su va­lor.

De acuer­do con esta ló­gi­ca, Alan Fae­na re­tor­na al pun­to de par­ti­da para vol­ver a em­pe­zar. Ya no es­tá a la de­ri­va co­mo en Pun­ta del Es­te, bus­can­do una idea sal­va­do­ra y le­van­tan­do en la ru­ta em­pre­sa­rios a mer­ced del vien­to. Cre­ció, apren­dió. Tiene su ba­rrio en Puer­to Ma­de­ro, su dis­tri­to en Mia­mi. Es una mar­ca exi­to­sa aquí y allá (hoy Cos­tan­ti­ni lo re­co­no­ce­ría des­de le­jos en la ru­ta). Sin em­bar­go, Alan re­gre­sa justo ahí, a la per­so­na que co­no­ció cuan­do es­ta­ba ges­tan­do lo que ven­dría, para ter­mi­nar de atar los ca­bos suel­tos. Para ce­rrar eta­pas. Vuelve ha­cia ade­lan­te para se­guir cre­cien­do, dis­pues­to, co­mo un fa­raón con sus pi­rá­mi­des, a de­jar su hue­lla para la eter­ni­dad.

ÉXI­TO. La au­to­ra reali­zó más de cien en­tre­vis­tas para des­ci­frar a Fae­na.

VI­DAS PA­RA­LE­LAS. Los em­pre­sa­rios uni­dos por un nue­vo pro­yec­to en Puer­to Ma­de­ro.

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