PALOMA HERRERA.

La bai­la­ri­na, que aca­ba de lan­zar su fra­gan­cia, en una char­la ín­ti­ma en la que se re­fie­re a su nue­vo amor y su re­ti­ro de la dan­za.

Luz - - SUMARIO - FOTOS: JO­SÉ TOLOMEI. PRO­DUC­CIÓN: FLOR CUCCHI.

Mu­chos la­men­ta­rían el con­tras­te, pe­ro pa­ra Paloma , ha­ber pa­sa­do de un pi­so 34 fren­te al Lin­coln Cen­ter a su fla­man­te de­par­ta­men­to de Pa­ler­mo en un pi­so dos, con bal­cón la ca­lle, no es más que un gran mo­ti­vo de fes­te­jo. “Fui fe­liz en el de­par­ta­men­to de Nue­va York, pe­ro así co­mo en­tré, me fui. Ce­rré con lla­ve, lo al­qui­lé y pun­to. Hoy sien­to que tras mu­cho bus­car, en­con­tré por fin lo que tan­to an­he­la­ba: mi ho­gar. Y es­toy cho­cha con él, si bien aún me que­dan ca­jas por des­em­ba­lar, sien­to que ya no es­toy, ni por cer­ca, vi­vien­do en una va­li­ja”, afir­ma con voz sua­ve y de­ci­di­da, un com­bo que la de­fi­ne en más de un sen­ti­do.

Y así, ca­fé de por me­dio, la nue­va di­rec­to­ra del Ba­llet Es­ta­ble del Tea­tro Co­lón (asu­mió es­te año, tras la sa­li­da de Ma­xi­mi­li­ano Gue­rra) se dis­po­ne a char­lar sin pri­sa de su nue­va vi­da, esa que co­men­zó a fi­nes de 2015, tras su lar­go y emo­ti­vo re­ti­ro de la dan­za pro­fe­sio­nal. “El gran quie­bre fue el año pa­sa­do –ase­gu­ra- cuan­do me en­con­tré con la po­si­bi­li­dad de ele­gir a par­tir de mis tiem­pos, de mis ga­nas y pro­yec­tos”. Mu­dar­se fue el prin­ci­pal, al que se le su­ma­ron lue­go la pu­bli­ca­ción de su bio­gra­fía -Una in­ten­sa vi­da- y el re­cien­te lan­za­mien­to de su pri­mer per­fu­me, Paloma Herrera, jun­to a la em­pre­sa Can­non. Y to­do eso, sin ol­vi­dar las mas­ter clas­ses que sue­le im­par­tir, tan­to en el país co­mo el ex­tran­je­ro. “Me en­can­ta po­der com­par­tir mi ex­pe­rien­cia con las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes. En ge­ne­ral, son chi­cas de en­tre 14 y 17 años que es­tán fren­te a ins­tan­cias de­ci­si­vas de su ca­rre­ra y ne­ce­si­tan la mi­ra­da de al­guien que pa­só por eso”, afir­ma.

-¿Te ves re­fle­ja­da en al­gu­na de esas chi­cas? -Mmm, no. Pe­ro sí em­pa­ti­zo mu­cho con sus ga­nas y en­tu­sias­mo y es por eso que in­ten­to com­par­tir­les to­do lo que yo vi­ví. Los pa­sos, to­dos los maes­tros los pue­den en­se­ñar, pe­ro lo otro no. Es por eso que me to­mé mu­chí­si­mo tra­ba­jo en ele­gir ca­da Mas­ter Class, en pre­pa­rar­la. Di­ga­mos que or­ga­ni­cé mi 2016 en ba­se a eso. Y fue ge­nial, un año her­mo­sí­si­mo en to­do sen­ti­do… -Has­ta que lle­gó la pro­pues­ta de di­ri­gir el Ba­llet es­ta­ble del Co­lón… -(Ríe) Así es… -¿Y por qué acep­tas­te? -¡Es la gran pre­gun­ta! (vuel­ve a reír). La ver­dad es que tar­dé mu­cho en de­ci­dir­me. ¿Real­men­te quie­ro vol­ver al rit­mo de vi­da in­ten­so que te­nía an­tes?, me de­cía y me­di­ta­ba sin pa­rar. Tam­bién ha­blé bas­tan­te con Ma­ría Vic­to­ria Al­ca­raz (N de la R: la pri­me­ra di­rec­to­ra mu­jer del Co­lón en 110 años de his­to­ria), con quien com­par­to mu­chí­si­mos pun­tos de vis­ta, y de re­pen­te me di cuen­ta de que me es­ta­ban dan­do la po­si­bi­li­dad de am­pliar lo que apor­ta­ba con mis cla­ses. Fue muy ins­pi­ra­dor ha­blar con ella. Es­te es un ar­te muy di­fí­cil y yo sien­to que lo vi­ví de ma­ne­ra muy fe­liz y ple­na. Ese es mi “se­cre­to” y lo que sien­to pue­do trans­mi­tir a los de­más. Y si en mis cla­ses lo ha­go, ¿có­mo ne­gar­me a ha­cer­lo des­de un lu­gar aún más tras­cen­den­tal? -Pe­ro más com­ple­jo… -Sí, mu­chí­si­mo más. Pe­ro en es­te tiem­po des­cu­brí que al ser mu­cho más es­tre­san­te, tam­bién se con­vier­te en más gra­ti­fi­can­te. Es co­mo que la re­com­pen­sa, si lo­grás lo que te pro­po­nés, es mil ve­ces ma­yor. -¿Ha­blas­te con Ma­xi­mi­li­ano Gue­rra, tu an­te­ce­sor en el car­go, an­tes de acep­tar? -No. Sé que se fue con bas­tan­tes pro­ble­mas gre­mia­les, pe­ro co­mo no es­tu­ve en esa épo­ca, no me me­to. Sí ha­blé mu­cho, y to­da­vía lo ha­go, con Ju­lio Boc­ca, que se aca­ba de ir del So­dre (Ba­llet de Uru­guay) y es un gran re­fe­ren­te pa­ra mí. Los dos sa­li­mos de la mis­ma com­pa­ñía, tra­ba­ja­mos en el ex­te­rior y, so­bre to­do, ama­mos mu­cho nues­tro país. Cuan­do me re­ti­ré, to­do el mun­do me de­cía que es­ta­ba lo­ca de vol­ver­me a Bue­nos Ai­res a mis 40, des­pués de to­da una vi­da allá, pe­ro a mí me pa­re­cía jus­ta­men­te lo con­ta­rio, que era el mo­men­to in­di­ca­do pa­ra re­en­con­trar­me con mi lu­gar, con mi tie­rra. Ado­ro es­ta ciu­dad, su cul­tu­ra y has­ta su idio­sin­cra­sia. Soy sú­per ar­gen­ti­na y siem­pre me sen­tí así. Ojo, soy cons­cien­te de que Nue­va York me dio to­do, y soy una agra­de­ci­da to­tal por eso. Ja­más di­ría que me hi­cie­ron di­fe­ren­cia por ser la­ti­na ni na­da por el es­ti­lo. Al con­tra­rio, me sir­vie­ron to­das las po­si­bi­li­da­des en ban­de­ja de pla­ta y me tra­ta­ron su­ma­men­te bien. Ni lo­ca me ol­vi­do de eso. -¿No sen­tis­te nu­ca el fa­mo­so ri­gor que he­mos vis­to en pe­lí­cu­las co­mo El cis­ne ne­gro? -No. Qui­zá por­que es­tu­ve pro­te­gi­da por mi “bur­bu­ja”: mi fa­mi­lia y mis con­vic­cio­nes. No creo en la tor­tu­ra co­mo mé­to­do pa­ra na­da. Ni en el lá­ti­go, ni en la mano du­ra. Mi ca­rre­ra se ba­só mu­cho más en el amor y la pa­sión que en el ri­gor. Yo ado­ra­ba ir a los en­sa­yos. Tu­ve maes­tros bas­tan­te sá­di­cos, es cier­to, pe­ro de ellos tam­bién apren­dí. Pa­ra em­pe­zar, me ayu­da­ron a va­lo­rar mu­cho a los bue­nos, que fue­ron la ma­yo­ría. -Siem­pre ha­blas­te de la im­por­tan­cia de tus pa­dres co­mo sos­tén en tu ca­rre­ra. ¿Y tus ami­gas? ¿Sos ami­gue­ra? -Sí, ten­go ami­gas de to­da la vi­da que son real­men­te de fie­rro. Al­gu­nas son bai­la­ri­nas pe­ro la ma­yo­ría no. Con las amis­ta­des me pa­sa­ba lo mis­mo que con la mú­si­ca o los li­bros: ne­ce­si­ta­ba que no per­te­nez­can al mun­do de la dan­za. Por ejem­plo, ja­más leí, y creo que tam­po­co po­dría ha­cer­lo aho­ra, bio­gra­fías de bai­la­ri­nes. Y eso que me las re­ga­la­ban se­gui­do, eh… (son­ríe). Con la mú­si­ca lo mis­mo, pre­fe­ría ir a ver Ma­roon 5 o a Be­yon­cé que asis­tir a un con­cier­to de mú­si­ca clá­si­ca. -¿Te ayu­dó esa for­ma de vi­vir la pro­fe­sión a atra­ve­sar el due­lo del adiós?

“¿HU­BIE­SE ABAN­DO­NA­DO TO­DO LO QUE HI­CE POR UN HI­JO? NO. ¿SOY EGOÍS­TA POR PEN­SAR ESO? QUI­ZÁ, PE­RO ME PA­RE­CE ME­NOS EGOÍS­TA QUE SER MA­DRE SIN PEN­SAR AN­TES EN TO­DA LA RES­PON­SA­BI­LI­DAD QUE ESE ROL CON­LLE­VA”.

-Mi­rá, siem­pre fui cons­cien­te de que la vi­da del bai­la­rín es muy cor­ta. Y así la vi­ví, día a día, sin pla­ni­fi­car de­ma­sia­do. Ni tam­po­co año­rar, sino más bien dis­fru­tan­do a pleno el hoy. Re­cuer­do que al fi­nal me pre­gun­ta­ban bas­tan­te cuan­do me iba a re­ti­rar y yo res­pon­día ho­nes­ta­men­te: ¡no ten­go ni idea! Creo que cuan­do vi­vís los pro­ce­sos de la vi­da tan in­ten­sa­men­te, des­pués los po­dés de­jar ir. Ja­más vi­ví ata­da al pa­sa­do. Pre­fie­ro es­tar siem­pre an­cla­da en el pre­sen­te. Vis­te cuan­do te di­cen: “que lin­do los 20”… Yo ni lo­ca vi­vo vuel­vo a esa edad. Y mi­rá que ahí es­ta­ba en la ci­ma de to­do, pe­ro no. Yo es­toy con­ven­ci­da de que ca­da edad tie­ne lo su­yo. -¿Y qué tie­nen es­tos cua­ren­ta pa­ra vos? -Eso, la po­si­bi­li­dad de te­ner más tiem­po pa­ra mí, de ele­gir con ma­yor tran­qui­li­dad y cal­ma ca­da pa­so. Y has­ta con un po­co más de sa­bi­du­ría. -¿Creés que aho­ra ten­drás más tiem­po pa­ra el amor? -Creo que siem­pre lo tu­ve. Vi­ví dos no­viaz­gos a dis­tan­cia -ya que am­bos eran ar­gen­ti­nos- y los vi­ví a pleno. Te re­pi­to: sien­to que no me per­dí de na­da. En el amor, por ejem­plo, siem­pre fui una idea­lis­ta. Sen­tía y sien­to que lle­ga cuan­do tie­ne que lle­gar, no cuan­do los de­más di­cen que de­be apa­re­cer o por­que cum­plis­te cier­ta edad… Yo soy cons­cien­te de que no tu­ve una vi­da tí­pi­ca y hoy me en­cuen­tro se­gui­do con pre­gun­tas al es­ti­lo “¿Có­mo no te ca­sas­te?”, “¿có­mo no te­nés hi­jos?” Y sien­to que es por­que no se­guí man­da­tos. Soy par­ti­da­ria de que só­lo hay que ha­cer lo que ge­nui­na­men­te te ha­ce fe­liz. Y eso in­clu­ye, por su­pues­to, al amor. -¿Es­tás en pa­re­ja aho­ra? -Sí. Des­de ha­ce muy po­qui­to. Des­de enero, po­dría de­cir­se. Es ar­gen­tino, se lla­ma Fran­cis­co tie­ne 49 años y vi­ve acá. Ima­gi­na­te, des­pués de mis dos ex­pe­rien­cias de amor a dis­tan­cia, vuel­vo acá y me enamo­ro de un ex­tran­je­ro… No, gra­cias (ríe). -¿A qué se de­di­ca? -Es em­pre­sa­rio, due­ño de la que­se­ría Fran­co Par­ma. La ma­la suer­te es que a mí no me gus­tan los que­sos… (rie) Nos co­no­ci­mos en nues­tra cla­se de yo­ga. -¿Tie­ne hi­jos? -Sí, tres. Me lle­vo sú­per bien con ellos, son gran­des, más que ado­les­cen­tes ya. La ver­dad es que es­toy muy bien. Es­tu­ve to­do un año so­la y es­ta­ba real­men­te fe­liz. Y aho­ra es­toy igual de fe­liz, pe­ro enamo­ra­da y en pa­re­ja. Es un po­co por lo mis­mo que te de­cía an­tes, por­que ha­go las co­sas des­de el co­ra­zón, no des­de un man­da­to. -¿In­cluís el te­ma hi­jos en esos “man­da­tos”? -Me pre­gun­tan se­gui­do por ese asun­to y yo siem­pre di­go lo mis­mo: ja­más tu­ve esa ter­nu­ra que se su­po­ne de­be­ría­mos te­ner to­das las mu­je­res por los be­bés. Me van a ti­rar a la ho­gue­ra por de­cir es­to pe­ro es así. Mi ma­má es lo con­tra­rio, ado­ra a los ni­ños, y creo que así sa­li­mos no­so­tras, ro­dea­das de un amor in­men­so e in­con­di­cio­nal. Pa­ra mí, mis pa­dres fue­ron to­do, y al día de hoy los si­go te­nien­do co­mo re­fe­ren­tes y com­pa­ñe­ros. Y por eso, por­que vi­ví co­mo hi­ja esa res­pon­sa­bi­li­dad, es que no me to­mo la ma­ter­ni­dad a la li­ge­ra. Yo en mi vi­da hi­ce lo que qui­se, me en­fo­qué en mi ca­rre­ra, via­jé a to­dos la­dos, vi­ví acá, allá…. Fui muy li­bre y fe­liz. Me en­can­ta to­do lo que hi­ce, ab­so­lu­ta­men­te to­do. ¿Lo hu­bie­se aban­do­na­do por un hi­jo? No. ¿Soy egoís­ta por pen­sar eso? Qui­zá, pe­ro me pa­re­ce me­nos egoís­ta que ser ma­dre sin pen­sar an­tes en to­da la res­pon­sa­bi­li­dad que ese rol con­lle­va. -Y aho­ra que es­tás en pa­re­ja e ins­ta­la­da de­fi­ni­ti­va­men­te acá, ¿no se vuel­ve una po­si­bi­li­dad más cer­ca­na? -Co­mo di­ce el di­cho: nun­ca di­gas nun­ca… (ríe) Ha­blan­do en se­rio, no me des­ve­la la idea de ser ma­má. Si no lle­ga, es­tá to­do bien. Tu­ve mis opor­tu­ni­da­des, y de he­cho hay mu­chí­si­mas bai­la­ri­nas que tu­vie­ron hi­jos du­ran­te su ca­rre­ra, pe­ro no es lo que yo qui­se. Pre­fe­rí se­guir ata­da a mi li­ber­tad, por más con­tra­dic­to­ria y ex­tra­ña que sue­ne esa fra­se.

“NO CREO EN LA TOR­TU­RA CO­MO MÉ­TO­DO PA­RA NA­DA. NI EN EL LÁ­TI­GO, NI EN LA MANO DU­RA. TU­VE MAES­TROS SÁ­DI­COS, PE­RO LO CIER­TO ES QUE MI CA­RRE­RA SE BA­SÓ MU­CHO MÁS EN EL AMOR Y LA PA­SIÓN QUE EN EL RI­GOR”.

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