EL CLUB DE LA PE­LEA

LA VIOLENCIA EN LAS AR­TES MARCIALES MIXTAS Y EL DEPORTE CO­MO LU­GAR DE CONTENCION PA­RA SU­PE­RAR LAS ADIC­CIO­NES SON LOS TE­MAS QUE “EL PI­CAN­TE” RYSKE DESA­RRO­LLA EN ES­TE CAPITULO DE SU AUTOBIOGRAFIA. UNA VOZ EXPERIMENTADA, CON AÑOS DE EX­PE­RIEN­CIA SO­BRE DISTINT

Perfil (Sabado) - - LECTURAS -

POR QUE EL DEPORTE DE CON­TAC­TO NO ES UN DEPORTE VIO­LEN­TO. Des­pués de tan­tos años de es­cu­char a cien­tos de per­so­nas di­cién­do­me que prac­ti­co un deporte vio­len­to o a pa­dres afir­man­do que nun­ca man­da­rían a sus hijos a ha­cer un deporte de con­tac­to, y otros tan­tos que di­rec­ta­men­te no lo con­si­de­ran un deporte o que di­cen que de­be­rían prohi­bir­lo, apren­dí a ex­pli­car que la lu­cha es vio­len­ta, sí. Pe­ro en el marco de es­te en­tre­na­mien­to es una “violencia bien di­ri­gi­da”. ¿A qué me re­fie­ro? Los dos com­pe­ti­do­res que se pre­sen­tan a una pe­lea sa­ben que van a lu­char ba­jo de­ter­mi­na­das re­glas, con un pe­so es­ti­pu­la­do con an­te­rio­ri­dad y en un de­ter­mi­na­do es­pa­cio.

Me he can­sa­do de ex­pli­car por qué des­pués de que ter­mino una pe­lea en la que me ma­té con otro lu­cha­dor, nos abra­za­mos y sa­lu­da­mos. La lu­cha es en un es­pa­cio y en un tiem­po es­ti­pu­la­do, y to­da la “seu­do­bron­ca” que po­día ha­ber o la ri­va­li­dad exis­ten­te, que­dó ahí y no con­ti­núa más allá del ring.

Des­pués de ha­ber­te pe­ga­do con al­guien to­do lo que te te­nías que pe­gar ya no que­da na­da más que acep­tar tu re­sul­ta­do y dar­le un abra­zo a quien te ayu­dó a su­pe­rar­te a vos mis­mo. Por­que de eso se tra­ta, de ga­nar­te a vos mis­mo. Aun­que sue­ne con­tra­dic­to­rio, el com­pe­ti­dor que te­ne­mos fren­te a no­so­tros es el que nos ayu­da a su­pe­rar­nos, a pa­rar­nos fren­te a nues­tros mie­dos.

LA VIOLENCIA MAL DI­RI­GI­DA.

En mi opinión, la hu­ma­ni­dad de por sí es vio­len­ta, en ma­yor o me­nor es­ca­la, de­pen­dien­do de la per­so­na y de las ca­rac­te­rís­ti­cas de su ca­rác­ter. Creo que los hom­bres es­tán for­ma­dos en una gran par­te por ener­gía y los sen­ti­mien­tos la cons­tru­yen: des­de el amor has­ta la violencia.

La lu­cha fue uno de los pri­me­ros de­por­tes con los que or­ga­ni­za­ron los Jue­gos Olím­pi­cos en Gre­cia, y es­ta­mos to­dos de acuer­do que ga­nar una me­da­lla olím­pi­ca es im­por­tan­te pa­ra cual­quier de­por­tis­ta mun­dial.

No es mi in­ten­ción ha­blar mal de un deporte que me gus­ta mu­cho y que ade­más es del “pa­lo” de mi pa­dre, pe­ro pa­ra ilus- trar con un ejem­plo me ani­mo a afir­mar que el rugby es un deporte con la violencia mal di­ri­gi­da. Por­que más allá de que es­tos de­por­tis­tas son muy fuer­tes fí­si­ca­men­te, nun­ca van a es­tar pre­pa­ra­dos to­tal­men­te pa­ra re­ci­bir gol­pes cuan­do no se sa­be por dón­de van a lle­gar­les. Por esa ra­zón mu­chos de­por­tis­tas que lo prac­ti­can que­dan cua­dri­plé­ji­cos. Es un deporte muy pe­li­gro­so, por­que uno pue­de ser el más fuer­te del mun­do y aguan­tar gol­pes, pe­ro siem­pre que los vea.

¿Cuán­tas ve­ces vi­mos a un ju­ga­dor de rugby sal­tan­do a atra­par una pe­lo­ta y que de cos­ta­do y a to­da ve­lo­ci­dad lo cho­can en el ai­re? Epi­so­dios co­mo esos son co­mu­nes y pro­du­cen caí­das ho­rri­bles en los ju­ga­do­res. En­ton­ces es cuan­do me pre­gun­to có­mo pue­den pre­pa­rar sus caí­das si no sa­ben dón­de, có­mo y cuán­do los van a gol­pear.

Pa­ra mí ése es un cla­ro ejem­plo de violencia mal di­ri­gi­da. Y es­to no só­lo pa­sa en el rugby, que acla­ro me pa­re­ce un deporte in­creí­ble, tam­bién se ve en el fút­bol: un deporte que per­mi­te que se le pue­da gri­tar al ár­bi­tro de for­ma de­men­te, por só­lo re­mar­car una con­duc­ta acep­ta­da...

LA ADICCION ES EL PEOR CONTRINCANTE QUE PUE­DE TE­NER UN PELEADOR.

A lo lar­go de es­tos años co­mo en­tre­na­dor, y te­nien­do en cuen­ta que es­te deporte es prác­ti­ca­men­te mar­gi­nal, lle­ga­ron mu­chos chi­cos al PFC con pro­ble­mas de adic­cio­nes bus­can­do una sa­li­da. To­man el es­pa­cio que les da el gim­na­sio co­mo un lu­gar en el que pue­den re­cu­pe­rar­se, en va­rios ca­sos afron­tan­do al­ti­ba­jos, por su­pues­to. Van y vie­nen, y uno tra­ta de guiar­los pa­ra que más allá de to­do si­gan en­fo­ca­dos en sa­lir de ese in­fierno que son, por ejem­plo, las dro­gas.

Los adic­tos lo pri­me­ro que quie­ren es no pen­sar en por qué se es­tán ha­cien­do ese da­ño o por qué lle­ga­ron a ese es­ta­do en el que es­tán, y el deporte es pa­ra eso la pri­me­ra he­rra­mien­ta. Ade­más, los ayu­da a dar­se cuen­ta de su adic­ción y a en­ten­der que nun­ca se van a re­cu­pe­rar por com­ple­to por­que es al­go que tie­nen que la­bu­rar to­dos los días y que sa­lir de ese in­fierno de­pen­de na­da más que de ellos mis­mos.

Co­mo ya di­je a lo lar­go de es­tas pá­gi­nas, es­te deporte es pa­ra po­ner­le hue­vos a la vi­da y con el te­ma de las adic­cio­nes eso es­tá

mu­cho más en jue­go. En el PFC pu­de ver que un gran por­cen­ta­je de los pi­bes que lle­gó, lo hi­zo pa­ra “cu­rar­se”. Al­gu­nos tu­vie­ron mo­men­tos en los que es­ta­ban bien, pe­ro vol­vie­ron a caer y hu­bo que vol­ver a em­pe­zar. Lo que siem­pre di­go es que lo im­por­tan­te es te­ner ga­nas de sa­lir, por­que si no tie­nen ga­nas es un círcu­lo vi­cio­so del que es di­fí­cil es­ca­par.

Nun­ca fui adic­to, pe­ro ten­go per­so­nas muy cer­ca­nas que lo fue­ron y es un te­ma que ana­li­cé mu­cho y me to­ca de cer­ca. Soy par­ti­da­rio de que tan­to las dro­gas co­mo el al­cohol o el ci­ga­rri­llo, son adic­cio­nes. To­do lo que te ge­ne­ra de­pen­den­cia, lo es.

En mi ex­pe­rien­cia vi có­mo a mu­chos chi­cos es­te deporte les sal­vó la vi­da com­ple­ta­men­te y no vol­vie­ron más a las dro­gas. Mu­chos otros usa­ron el deporte co­mo “lu­gar al que vol­ver”: sa­ben que tie­nen un ca­ble a tie­rra, en­ton­ces lo ha­cen ca­da tan­to y sa­len nue­va­men­te, “to­co y me voy”. Creen que lo con­tro­lan, pe­ro pa­ra mí el pri­mer error que co­me­te un adic­to es pen­sar que la tie­ne cla­ra y la pue­de con­tro­lar. Ahí es cuan­do le es­tán fal­tan­do el res­pe­to a las dro­gas: ellas los con­tro­lan a ellos.

Con el tiem­po me di cuen­ta de al­go que se re­pe­tía en quie­nes te­nían pro­ble­mas de adic­ción: los chi­cos de­ja­ban de dro­gar­se en el pe­río­do en que te­nían pe­leas, cuan­do es­ta­ban muy en­tu­sias­ma­dos con su ca­rre­ra y les es­ta­ba yen­do bien, pe­ro an­te cual­quier al­ti­ba­jo vol­vían a caer. Ahí em­pe­za­ba to­do el qui­lom­bo otra vez; eso es un gas­to muy gran­de de ener­gía pa­ra el en­tre­na­dor y tam­bién pa­ra el equi­po. Cuan­do te­nés un alumno cons­truís un víncu­lo muy fa­mi­liar y si te das cuen­ta de que vol­vió a caer en esa mier­da es una de­silu­sión muy gran­de y te po­ne muy mal.

EN­TRE LA ADICCION Y LA OBSESION.

Cuan­do el adic­to se po­ne a ha­cer un deporte, lo ha­ce a mo­rir y es ex­tre­mo, ra­yan­do en la ob­se­sión con lo que es­tá ha­cien­do; se po­ne a en­tre­nar y al mes ya es­tá re­me­ti­do. Por ex­pe­rien­cia, uno sa­be que en la pri­me­ra de cam­bio, un acon­te­ci­mien­to muy chi­co se­gu­ra­men­te lo ha­ce ex­plo­tar, sal­tar pa­ra el otro la­do y ver to­do co­mo una mier­da de vuel­ta. Por eso es im­por­tan­te que el guía acom­pa­ñe to­do el pro­ce­so y es­té pa­ra mar­car el ca­mino.

El adic­to es una per­so­na que siem­pre quie­re mu­cho de to­do, ¿se en­tien­de? Adic­to sig­ni­fi­ca al­guien que no pue­de ha­blar, sin dic­ción. El adic­to nun­ca pue­de ter­mi­nar de de­cir o ser ése que quie­re ser, y a tra­vés de la dro­ga o el al­cohol ca­na­li­za to­do eso. Pien­sa que dro­gán­do­se lo­gra­rá ser ése que quie­re ser o que el sis­te­ma le di­ce que tie­ne que ser. Y en reali­dad se es­tá me­tien­do en un gran lío del que es muy du­ro sa­lir.

Te­ner un equi­po ge­ne­ra una con­ten­ción muy gran­de. En­tre ellos es­tán aten­tos a to­dos y, a tra­vés del ca­ri­ño y el amor que se tie­nen los com­pa­ñe­ros, no quie­ren que na­die vuel­va a caer. Su­fren to­dos jun­tos cuan­do eso su­ce­de, por­que las re­caí­das en la ma­yo­ría de los ca­sos son inevi­ta­bles.

Al prin­ci­pio, cuan­do me con­ta­ban o me en­te­ra­ba de que al­guno de mis alum­nos ha­bía me­ti­do la pa­ta otra vez, me enoja­ba por­que no po­día en­ten­der­lo. Des­pués me di cuen­ta de que si reac­cio­na­ba de esa for­ma, ellos no se po­dían acer­car a mí y con­tár­me­lo. En­ton­ces em­pe­cé a abrir­me más: em­pe­cé por no eno­jar­me sino a en­ten­der­los.

ILUSTRACION: JUAN SALATINO

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