Ex­cu­sas y al­go más

Perfil (Sabado) - - ESCRITORES - ANGELICA GO­RO­DIS­CHER

Fren­te al pa­pel en blan­co y la obli­ga­ción de en­tre­gar el tex­to ya, sin ex­cu­sa al­gu­na, ¿qué pue­de ha­cer la de­ses­pe­ra­da es­cri­ba? Su­ge­ren­cias: apo­yar los co­dos en la me­sa, las ma­nos en los ojos (ce­rra­dos) y las es­pe­ran­zas en los bra­zos del Se­ñor To­do­po­de­ro­so. Si jun­to con to­do es­to se mur­mu­ra una ora­ción lle­na pe­ro re-lle­na de ilu­sión y áni­mo, pue­de ser que los dio­ses y so­bre to­do las dio­sas, que son más ge­ne­ro­sas, se apia­den y le man­den a la do­lien­te una ta­ja­da de inspiración. Pe­ro bue­na, efec­ti­va, se­ria, útil y fér­til, pa­ra ter­mi­nar con dos gra­ves, que pa­re­ce que son más efec­ti­vas al mo­men­to de im­pe­trar a los ha­bi­tan­tes de los em­pí­reos, sea cual fue­re la creen­cia de ca­da quien. Lo ma­lo es que una no ha creí­do nun­ca en eso que lla­man “inspiración”. No exis­te, di­cen las (y los) in­cré­du­las. Lo que sí exis­te es el la­bu­ro, agre­gan, con cier­ta in­cli­na­ción ha­cia el lun­far­do tra­tan­do de lle­gar a los más di­ver­sos pú­bli­cos. Y, sí, es­ta­mos de acuer­do. Eso sí, con cier­tos ma­ti­ces in­dis­pen­sa­bles. La inspiración sin la­bu­ro no exis­te. Lo ma­lo es que el la­bu­ro sin inspiración, tam­po­co. La cues­tión, pa­re­ce, es­tá un po­co des­li­ga­da del cen­tro de las di­ver­sas opi­nio­nes. Lo cual sig­ni­fi­ca, co­mo en otros pun­tos mul­ti­fa­cé­ti­cos, que pue­de (y de­be) de­cir­se ca­si to­do al res­pec­to. Y eso trae apa­re­ja­do el in­men­so pla­cer de de­jar de la­do las re­glas y me­ter­se en los ca­pri­chos. Ahí es don­de a una le sue­na el nom­bre de un tal Pi­cas­so y el de un tal Go­ya, y se di­ce pues va­mos con los ca­pri­chos. Con lo cual to­do que­da di­cho, en lo for­mal y en el ca­ro­zo de la cues­tión. Ahí le de­jo a esos dos se­ño­res muy im­por­tan­tes y de­jo que us­ted sa­que sus pro­pias con­clu­sio­nes.

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