EL AMOR MÁS ALLA DE LA SELFIE.

Un lla­ma­do a tra­ba­jar en la pa­cien­te cons­truc­ción del amor y en pos de una in­ti­mi­dad más pro­fun­da y du­ra­de­ra que el ins­tan­te y la foto.

Sophia - - SUMARIO - POR SAN­TIA­GO BUOMPADRE*. ILUSTRACIÓN: MÓNICA AN­DINO.

La re­la­ción de pa­re­ja se cons­tru­ye con el tiempo.

El amor nun­ca es a pri­me­ra vis­ta. La vis­ta pro­por­cio­na una ima­gen, con­fi­gu­ra for­mas que la ex­pec­ta­ti­va y el de­seo re­lle­nan se­gún los re­que­ri­mien­tos del va­cío del mo­men­to, y cuan­do el va­cío in­ten­ta lle­nar­se con imá­ge­nes, du­ra po­co la pe­lí­cu­la, por­que la vi­da, y el amor, no es la ima­gen que nos in­ven­ta­mos; es lo que se cons­tru­ye y se im­po­ne con la con­tun­den­cia de los he­chos co­ti­dia­nos.

La ima­gen, la for­ma, no es el con­te­ni­do. No hay na­da bueno que se lo­gre rá­pi­do en es­te te­rreno. La era de la urgencia in­me­dia­ta cons­pi­ra con­tra el amor, que pre­ci­sa de tiempo pa­ra cre­cer y asen­tar­se. Quien no apla­za los jui­cios y no to­le­ra las frus­tra­cio­nes, o quien no dis­fru­ta de la ru­ti­na del día a día con el otro y so­lo bus­ca la sa­tis­fac­ción in­me­dia­ta de las imá­ge­nes pre­con­ce­bi­das ja­más se de­lei­ta­rá con los fru­tos de un amor real, por­que el amor in­clu­ye la ne­ga­ti­vi­dad, no pue­de ne­gar­la. El amor no es un a prio­ri; no hay modo de amar al­go que no se co­no­ce, a me­nos que sea ese al­go que uno se in­ven­ta y que no pre­ci­sa del otro real: en ese ca­so, lo que amo es mi pro­pia in­ven­ción. El amor so­lo pue­de de­cir­se a pos­te­rio­ri.

El amor a pri­me­ra vis­ta es ca­si como una foto, como una selfie que al fi­nal es el es­pe­jo de mi pro­pia pro­yec­ción. Y del es­pe­jo a la selfie exis­te un pa­so muy cor­to. Hay al­go mons­truo­so en la cons­truc­ción del ges­to for­za­do, ac­tua­do, pa­ra la foto-es­pe­jo. O en esa com­pul­sión a sa­car la foto y mi­rar­la ins­tan­tá­nea­men­te pa­ra co­rro­bo­rar que la ima­gen re­pro­du­ce lo que de­seo que apa­rez­ca. ¡Y las ca­ras de de­cep­ción y de sufrimiento al ver que la ima­gen no de­vuel­ve la pro­yec­ción ini­cial desea­da!

El amor a pri­me­ra vis­ta es como mi­rar­se en el es­pe­jo; no hay otro, es bus­car el re­fle­jo de mi de­seo en una ima­gen. Y si bien es el prin­ci­pio de un po­si­ble amor, tam­bién, como di­ce el fi­ló­so­fo y sociólogo Axel Hon­neth, “una re­la­ción amo­ro­sa se cons­tru­ye a par­tir de una de­silu­sión re­cí­pro­ca”. Las ilu­sio­nes ini­cia­les tie­nen que caer pa­ra dar pa­so a la reali­dad, y es en­ton­ces cuan­do na­ce el amor. El amor como re­co­no­ci­mien­to re­cí­pro­co. Si la re­la­ción se aca­ba al caer la ilu­sión del pri­mer fle­cha­zo, es por­que no era más que eso: una fle­cha que se hi­zo sen­tir, pe­ro que no pu­do qui­tar­se pa­ra po­der cons­truir al­go ver­da­de­ro.

O, en pa­la­bras de otro fi­ló­so­fo y sociólogo, Nik­klas Luh­mann: “No se ama a al­guien por su be­lle­za, sino que ese al­guien es be­llo por­que es ama­do”. En el en­ga­ño del amor a pri­me­ra vis­ta se ve claro que esa be­lle­za que im­pac­ta en pri­mer tér­mino, y que es lo que se pre­ten­de amar, ter­mi­na sien­do in­su­fi­cien­te y no lo­gra sos­te­ner na­da a me­di­da que pa­sa el tiempo, y el otro se ha­ce ca­da vez más feo en cuan­to más se lo co­no­ce.

Lo que abun­da es gen­te que cuen­ta que se enamo­ró de al­guien a quien no co­no­ce y que, a me­di­da que lo va co­no­cien­do, se des­ena­mo­ra ca­da día. En­ton­ces, hay que pre­gun­tar­se de qué pu­do ha­ber es­ta­do enamo­ra­da esa per­so­na si cuan­do

de ver­dad co­no­ció al otro ya no le gus­tó, y se “des­ena­mo­ró”.

El amor so­lo es ver­da­de­ro cuan­do ese otro que apa­re­ce y se da a co­no­cer en la vi­da real es ama­do por lo que es, no por lo que yo pro­yec­to o de­seo te­ner a mi la­do.

Hoy to­dos claman por de­re­chos y na­die quie­re obli­ga­cio­nes, to­dos quie­ren re­ci­bir y na­die quie­re dar, to­dos quie­ren ser mi­ra­dos, ser gus­ta­dos, ser se­gui­dos en las re­des; se mi­ra al otro pa­ra usar­lo como un es­pe­jo en el que, por re­fle­jo, veo lo que me fal­ta o lo que yo ten­go y él no. Es­pe­ji­to, es­pe­ji­to, di­me quién es el más bo­ni­to… El otro como com­pa­ra­ción en lu­gar de com­ple­men­to.

Por­que el amor es al­go que va de aba­jo ha­cia arri­ba, de po­co a mu­cho; es un pro­ce­so len­to que im­pli­ca co­no­cer­se, res­pe­tar­se, ver­se y pro­bar­se en dis­tin­tas cir­cuns­tan­cias. La má­xi­ma de­be­ría ser “cuan­to más la co­noz­co, más la quie­ro”, y no, como sue­le pa­sar tan­tas veces, lo con­tra­rio: “cuan­to más la mi­ro, más me gus­ta”. El amor no se gas­ta; cre­ce, em­be­lle­ce, en­gran­de­ce, ali­via, sua­vi­za, fa­ci­li­ta, fa­vo­re­ce, res­pe­ta. En la ilu­sión ocu­rre lo con­tra­rio: se va ca­yen­do con los días y las ex­pe­rien­cias. “Cuan­to más la co­noz­co, me­nos me gus­ta” es su má­xi­ma, y una vez que se co­no­ce al otro de ver­dad, se de­tes­ta al otro. ¿De qué, en­ton­ces, es­ta­ba enamo­ra­do?

QUE ME GUS­TE EL OTRO, NO MI MOL­DE

Exis­te una im­por­tan­te di­fe­ren­cia en­tre la sa­tis­fac­ción nar­ci­sis­ta y el pla­cer em­pá­ti­co: dis­fru­tar de la ale­gría del otro, de la son­ri­sa del otro, del pla­cer de dar. El amor es al­go que su­ce­de, se di­ri­ge ha­cia el otro; no es al­go pro­pio. Hay que cam­biar el “es­toy enamo­ra­do” (au­to­rre­fe­ren­cial) por el “la amo” por lo que ella es, no por lo que “me” ha­ce sen­tir. O, en tér­mi­nos de Erich Fromm: “El amor in­fan­til si­gue el prin­ci­pio: amo por­que me aman; el amor ma­du­ro obe­de­ce al prin­ci­pio: me aman por­que amo”.

El amor no es bus­car sen­tir esa pa­sión lo­ca, ese fre­ne­sí cor­po­ral au­to­eró­ti­co. Es sa­lir­se de uno mis­mo pa­ra ser en el otro. Amo no cuan­do las ma­ri­po­sas es­tán en mi pan­za, sino cuan­do quie­ro que par­te de mi ser se con­vier­ta en ma­ri­po­sas en la tu­ya. El amor como ser en el otro, esa par­te de uno que tiene que ser en el otro pa­ra po­der ser.

El amor no com­pi­te; el amor com­ple­ta. Y el va­cío no se llena con imá­ge­nes: se acep­ta o car­co­me la vi­da. El amor a pri­me­ra vis­ta es el an­he­lo de lle­nar el va­cío sin trabajo, la so­lu­ción fá­cil. La cons­truc­ción es de me­nor a ma­yor, pie­za so­bre pie­za. El amor es lo que de­be­ría que­dar cuan­do ya no ha­ya se­xo. En ese sen­ti­do, so­lo se pue­de de­cir que se amó al fi­nal, en re­tros­pec­ti­va, mi­ran­do ha­cia atrás, y no de an­te­mano, por an­ti­ci­pa­do, al prin­ci­pio. Al tér­mino del ca­mino, cuan­do uno mi­ra lo an­da­do y ve fi­nal­men­te el re­co­rri­do, pue­de mi­rar a quien tiene –o tu­vo– al la­do y de­cir, por fin: “Te amo”.

*Es li­cen­cia­do en Psi­co­lo­gía e ins­truc­tor de yo­ga.

“Es ne­ce­sa­rio cam­biar la sen­sa­ción in­ten­sa y fá­cil del mo­men­to por la cons­truc­ción pa­cien­te y la ca­pa­ci­dad de es­pe­ra. No hay que que­rer que el otro en­ca­je en mi mol­de pre­de­ter­mi­na­do”.

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