EL EN­CAN­TO DE LA FLOR AZUL.

Pa­qui­ta Ro­mano, ma­má de tres hi­jos, ex­di­se­ña­do­ra de ro­pa y hoy de­co­ra­do­ra y jar­di­ne­ra, eli­ge vi­vir le­jos de la ciu­dad, ro­dea­da de plan­tas y de ob­je­tos con his­to­ria.

Sophia - - SUMARIO - POR CA­RO­LI­NA CATTANEO. FOTOS: CA­MI­LA MIYAZONO.

Re­co­rre­mos la ca­sa de la pai­sa­jis­ta Pa­qui­ta Ro­mano, un lu­gar don­de rei­na la crea­ti­vi­dad.

Si esta no­ta em­pe­za­ra por el fi­nal, di­ría así: al sa­lir de la ca­sa de Pa­qui­ta Ro­mano, 37 años, ma­má de Bau­tis­ta (18), omas (12) y Mi­lo (11), en pa­re­ja con Bobby (53), el pa­dre de sus dos hi­jos más chi­cos, la sen­sa­ción que que­da es la de ha­ber es­ta­do en un es­pa­cio sin­gu­lar, de jar­di­nes exu­be­ran­tes, ár­bo­les de som­bra ge­ne­ro­sa, ven­ta­na­les al ex­te­rior, ins­tru­men­tos mu­si­ca­les, di­bu­jos y li­bros, rin­co­nes ar­bi­tra­rios, de­ci­sio­nes ro­tun­das.

Si esta no­ta em­pe­za­ra por el co­mien­zo, di­ría así: al en­trar a la ca­sa de Pa­qui­ta Ro­mano –37 años, ex­di­se­ña­do­ra de ro­pa, hoy de­co­ra­do­ra y pai­sa­jis­ta (“jar­di­ne­ra”, di­rá ella), la sen­sa­ción es la de en­trar a un es­pa­cio di­fe­ren­te, am­bien­ta­do con ob­je­tos y mue­bles que mues­tran el des­gas­te no­ble del uso, dis­pues­tos con ese des­par­pa­jo que so­lo da la crea­ti­vi­dad.

La flor azul, así se lla­ma su ca­sa, es­tá ubi­ca­da en un ba­rrio ar­bo­la­do con ca­lles de tie­rra en Be­na­ví­dez, le­jos de la Ciu­dad. Así lo anun­cia un car­tel de chapa en el fren­te de ese ho­gar que su­po ser una es­cue­la Wal­dorf, des­de ha­ce quin­ce años ha­bi­ta­do por Pa­qui­ta, su fa­mi­lia y sus plan­tas. No hay un pa­trón de estilo, allí ri­ge el puro gus­to de sus due­ños, las ga­nas de cam­biar to­do el tiempo el co­lor de las paredes, la dis­po­si­ción de los mue­bles o las es­pe­cies de plan­tas que cre­cen ba­jo su cui­da­do a la ma­ne­ra, so­bre to­do, de los jar­di­nes in­gle­ses. La ca­sa se ex­pan­dió a la par de sus in­te­gran­tes, y se fue po­blan­do de co­sas que Pa­qui­ta y Bobby com­pran en de­mo­li­cio­nes o re­ma­tes pa­ra su trabajo como de­co­ra­do­res. Al­gu­nos de esos ob­je­tos fue­ron ele­gi­dos pa­ra su “ran­cho”, como lla­ma Pa­qui­ta a su ca­sa.

“To­do lo hi­ci­mos con es­fuer­zo, sin pre­ten­der os­ten­ta­ción, pe­ro sí vin­cu­la­dos a lo que a no­so­tros nos re­sul­ta be­llo. Des­pués de to­do –se pre­gun­ta–, ¿quién di­ce qué es lin­do?, ¿quién di­ce qué es feo? No hay co­sa fea ni co­sa lin­da; to­do de­pen­de de có­mo la pon­gas. Lo mis­mo pa­sa con las plan­tas”.

En los am­bien­tes de La flor azul hay ven­ti­la­do­res de chapa, una me­sa de li­ving que en otros tiem­pos fue una zo­rra de fe­rro­ca­rril, con tres mor­te­ros de pie­dra so­bre ella; un par de es­quíes ra­que­ta de ma­de­ra y cue­ro, y en la co­ci­na, una es­tan­te­ría de va­gón que ha­ce las veces de po­sa vajilla. To­do usa­do, to­do an­ti­guo. Por aquí y por allá tam­bién hay un scoo­ter Guiz­zo de dé­ca­das pa­sa­das, una vie­ja rol­da­na, si­llo­nes vin­ta­ge, una bañera con pa­tas.

No es una ca­sua­li­dad. Es una de­ci­sión.

“Yo vi­vo así por­que creo en es­to. En el mueble ori­gi­nal, sin to­car. El va­lor es­tá en la his­to­ria. Al­go usa­do, cur­ti­do, tiene una be­lle­za par­ti­cu­lar que no se con­si­gue de otra ma­ne­ra, que

ne­ce­si­ta del pa­so del tiempo”, di­ce Pa­qui­ta, mien­tras to­ma ma­te en la co­ci­na, des­de don­de se ve un pi­ca­flor vi­si­tan­do las bro­me­lias.

Pa­qui­ta es due­ña de Die Ec­ke, un lo­cal de de­co­ra­ción en Masch­witz. To­da­vía ha­ce am­bien­ta­cio­nes de ca­sas y otros es­pa­cios (ella y Bobby tu­vie­ron a car­go la del Mer­ca­do de Vi­lla La An­gos­tu­ra), aunque se ale­ja ca­da vez más de esa la­bor pa­ra ex­pan­dir su ve­ta jar­di­ne­ra. De he­cho, tiene en mar­cha su pro­pio vi­ve­ro.

Pa­ra ella, que di­ce que se hi­zo gran­de cuan­do sus pa­res eran chi­cos, que la se­pa­ra­ción de sus pa­dres le for­jó una au­to­de­ter­mi­na­ción tem­pra­na, que fue ma­dre a los 18, que mu­chas veces desafió las cos­tum­bres de una fa­mi­lia tra­di­cio­nal y que in­tu­ye al­go su­pe­rior cuan­do ve ger­mi­nar una se­mi­lla, una ca­sa tiene que con­tar al­go. “Las ca­sas di­cen co­sas de la gen­te. Si al­guien vie­ne acá y no me co­no­ce, pro­ba­ble­men­te pue­da de­cir mu­chas co­sas de mí”. Al­guien que va a su ca­sa y re­cién la co­no­ce, o la co­no­ce po­co, sal­drá de La flor azul con un pu­ña­do de ga­jos de re­ga­lo y tres pa­la­bras re­so­nan­do en al­gún la­do: espontaneidad, li­ber­tad y crea­ti­vi­dad.

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