Mi­li­tan­te de la Vi­da

Super Campo - - Estilo Campo/ Cocina - Por Ulises For­te En pri­me­ra per­so­na *Pre­si­den­te del IPCVA.

Na­cí el 30 de no­viem­bre del ‘62 en Ge­ne­ral Pi­co, La Pam­pa, en una fa­mi­lia de cla­se me­dia ba­ja. Por el la­do de mi pa­pá eran pe­que­ños cha­ca­re­ros y por el de mi ma­má vas­cos fe­rro­via­rios, así que se pe­lea­ban co­mo pe­rros y ga­tos pa­ra Na­vi­dad y se ami­ga­ban pa­ra Pas­cuas. Hi­ce pri­ma­ria y se­cun­da­ria en la es­cue­la pú­bli­ca, en Pi­co, y des­de siem­pre mi pa­sión fue el cam­po en el que to­da­vía tra­ba­jo, el de la fa­mi­lia. Hi­ce la “co­lim­ba” en el año ’82, du­ran­te la gue­rra de Mal­vi­nas. Me to­có ma­ri­na, es­tu­ve en Puer­to Madryn y me sal­vé de ca­sua­li­dad de es­tar en el Cru­ce­ro Ge­ne­ral Bel­grano. Cuan­do vol­ví a Pi­co, a mi vie­jo lo ha­bía des­tro­za­do la fa­mo­sa 1050 de Mar­tí­nez de Hoz. Mi as­pi­ra­ción por en­ton­ces era se­guir una ca­rre­ra agro­nó­mi­ca pe­ro no ha­bía pla­ta pa­ra ha­cer­lo, así que a los 20 años me pu­se al hom­bro el cam­po y la en­fer­me­dad de mi vie­jo. Me acuer­do de que lo que ob­te­nía del cam­po era pa­ra pa­gar deu­da y lo que sa­ca­ba de los le­cho­nes, los hue­vos y la le­che era pa­ra sa­lir los fi­nes de se­ma­na. A prin­ci­pios de los ’80, co­men­cé a mi­li­tar en el ra­di­ca­lis­mo y en la Fe­de­ra­ción Agra­ria Ar­gen­ti­na. Sien­do de un pen­sa­mien­to de cen­tro iz­quier­da y es­tan­do el ra­di­ca­lis­mo de Raúl Al­fon­sín y la FAA de Hum­ber­to Vo­lan­do, no ha­bía mu­cho que pen­sar.

Co­no­cí a Mó­ni­ca en 1983 y nos ca­sa­mos en el ’87. Nac cie­ron nues­tros hi­jos: Se­bast tián, Ma­ría Eu­ge­nia y Rocío. H Hoy dis­fru­to de dos nie­tos.En 1991 mu­rió mi pa­pá y per­dí a mi so­cio y mi me­jor ami­go, a ade­más de mi vie­jo.

En­fren­té el “me­ne­ma­to” e en los ’90 y, por su­pues­to, v vol­vi­mos a que­brar: los peq que­ños pro­duc­to­res no ten nían for­ma de ha­cer pla­ta e en esos años.

En 2003 se mu­rió mi m ma­má y en 2012 mi úni­ca h her­ma­na, así que no que­dó n na­die de mi fa­mi­lia ori­gi­nal y so­la­men­te ten­go la que yo for­mé.

En mi vi­da gre­mial fui pre­si­den­te de la fi­lial de Fe­de­ra­ción Agra­ria de Pi­co, Di­rec­tor de FAA y se­cre­ta­rio gre­mial con Eduar­do Buz­zi de pre­si­den­te y sín­di­co. To­da mi vi­da ar­ti­cu­lé la lu­cha gre­mial, la mi­li­tan­cia po­lí­ti­ca y el cam­po. Hay dos cla­ses de cha­ca­re­ros: los que van al cam­po a de­cir có­mo se de­ben ha­cer las co­sas y los que tie­nen que ha­cer las co­sas. A mí me to­ca­ba ir y ha­cer­las.

El he­cho más tras­cen­den­tal en el gre­mia­lis­mo fue el con­flic­to de la 125. Tan­to fue así que, des­pués lu­char con­tra las po­lí­ti­cas pú­bli­cas del kirch­ne­ris­mo, tu­ve el ho­nor de ser ele­gi­do Dipu­tado Na­cio­nal por mi pro­vin­cia, car­go que ocu­pé has­ta 2014. Siem­pre tra­té de man­te­ner la cohe­ren­cia y en eso me ayu­dó mi pue­blo, por­que creo que hay una gran di­fe­ren­cia en­tre vi­vir en el in­te­rior y en las gran­des ciu­da­des. En és­tas, al­gu­nas per­so­nas ca­si que se pue­den per­mi­tir una “do­ble vi­da” en­tre lo que pien­san y lo que ha­cen. En el in­te­rior no se pue­de por­que te co­no­cen to­dos. Yo si­go vi­vien­do al la­do de la ca­sa de mi abue­lo. Los For­te lle­va­mos tres ge­ne­ra­cio­nes en la mis­ma cua­dra en Ge­ne­ral Pi­co.

Hoy es­toy en­ca­ran­do con mu­chas ga­nas es­te nue­vo desafío que es la pre­si­den­cia del Ins­ti­tu­to de Pro­mo­ción de la Car­ne Va­cu­na Ar­gen­ti­na (IPCVA). Lo más im­por­tan­te se­rá de­mos­trar que aún en las dis­cre­pan­cias se pue­de tra­ba­jar en con­jun­to. Des­de un pen­sa­mien­to tan he­te­ro­gé­neo co­mo hay en­tre las cua­tro en­ti­da­des del cam­po -que por al­go son cua­tro y no una-, las di­fe­ren­cias con la pro­pia in­dus­tria fri­go­rí­fi­ca y los fun­cio­na­rios de turno, po­de­mos tra­ba­jar en con­jun­to por el bien co­mún.

Por lo de­más, la as­pi­ra­ción de mi vi­da es la mis­ma de siem­pre: po­der sen­tar­me en mi ca­sa, con mi mu­jer, mis hi­jos, mis nie­tos, o jun­tar­me con mis ami­gos en el asa­do de los vier­nes, y se­guir sien­do el “Chito” For­te, sin que na­da me ha­ya cam­bia­do.

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