El ci­clo in­fi­ni­to

TAO - Tomo II - - Filosofía -

Si re­co­rre­mos las pá­gi­nas de las dis­tin­tas edi­cio­nes de Tao ad­ver­ti­re­mos con fa­ci­li­dad que la sa­bi­du­ría chi­na le da una im­por­tan­cia pri­mor­dial a los ele­men­tos y que ca­da uno de ellos tie­ne sin­gu­lar re­le­van­cia en el equi­li­brio or­gá­ni­co, fun­da­men­tal pa­ra la sa­lud. Co­mo ya di­ji­mos, los orien­ta­les dis­tin­guen cin­co ele­men­tos: Ma­de­ra, Fue­go, Tie­rra, Me­tal y Agua. Las ca­rac­te­rís­ti­cas de ca­da uno de ellos in­flu­yen de ma­ne­ra di­fe­ren­te en el or­ga­nis­mo y a la vez tie­nen su re­pre­sen­ta­ción en ca­da es­ta­ción del año.

Ma­de­ra

Re­pre­sen­ta la crea­ti­vi­dad, el cre­ci­mien­to, la ex­pan­sión. Su mo­men­to es la pri­ma­ve­ra, don­de tan­to la na­tu­ra­le­za co­mo el hom­bre se en­cuen­tran en su pun­to má­xi­mo. La Ma­de­ra, co­mo los ár­bo­les, siem­pre quie­re cre­cer, sin res­tric­cio­nes. El sa­bor que pre­va­le­ce es el áci­do y sus ór­ga­nos son el hí­ga­do y la ve­sí­cu­la bi­liar. Las emo­cio­nes ne­ga­ti­vas se pue­den es­tan­car en el hí­ga­do y cau­sar pro­ble­mas de sa­lud.

Fue­go

Pro­mue­ve a la ac­ti­vi­dad y la fuer­za de la vi­da, así co­mo tam­bién el desa­rro­llo es­pi­ri­tual del hom­bre y el en­ri­que­ci­mien­to de su al­ma. La es­ta­ción del Fue­go es el ve­rano; en el ci­clo hu­mano el Fue­go sim­bo­li­za la ju­ven­tud y la rea­li­za­ción. Re­pre­sen­ta el sa­bor amar­go y sus ór­ga­nos son el co­ra­zón y el in­tes­tino delgado. Si es­te ele­men­to no es­tá equi­li­bra­do, se ex­pre­sa en en­fer­me­da­des de sis­te­mas car­dio­vas­cu­lar.

Tie­rra

La Tie­rra re­pre­sen­ta la es­ta­bi­li­dad, la se­gu­ri­dad y la so­li­dez fa­mi­liar. Sim­bo­li­za las tra­di­cio­nes y la pre­dis­po­si­ción a preo­cu­par­se por los de­más. Tam­bién re­pre­sen­ta el cen­tro y el tiem­po de la ma­du­rez tan­to en la vi­da co­mo en las es­ta­cio­nes, por eso no tie­ne una es­ta­ción de­fi­ni­da sino que su mo­men­to es­tá en la tran­si­ción ca­da una de ellas. Su sa­bor es dul­ce y los ór­ga­nos el es­tó­ma­go, el ba­zo y el pán­creas. La emo­ción ne­ga­ti­va co­nec­ta­da con la Tie­rra es la preo­cu­pa­ción.

Me­tal

La de­ter­mi­na­ción, el pro­gre­so y la per­se­ve­ran­cia per­te­ne­cen al ele­men­to Me­tal. Su es­ta­ción es el oto­ño y re­pre­sen­ta los pen­sa­mien­tos es­tra­té­gi­cos y el ma­ne­jo ra­cio­nal del di­ne­ro, tam­bién a la ob­je­ti­vi­dad pa­ra se­pa­rar lo bueno de lo ma­lo. El sa­bor es el pi­can­te. A ni­vel or­gá­ni­co, un des­equi­li­brio de Me­tal se ma­ni­fes­ta­rá en el pul­món o en el in­tes­tino grue­so.

Agua

El Agua se lle­va el en­tu- sias­mo y vie­ne el tiem­po de la re­fle­xión. Re­pre­sen­ta la du­da y lo im­po­si­ble.

Es el in­vierno, el mo­men­to en que la na­tu­ra­le­za y no­so­tros nos re­ple­ga­mos al in­te­rior y nos con­cen­tra­mos en la esen­cia de las co­sas. El sa­bor es el salado. Los ri­ño­nes y la ve­ji­ga son los ór­ga­nos del Agua. El mie­do o an­sie­dad pue­den des­equi­li­brar­los.

Pa­ra en­ten­der al­gu­nas cues­tio­nes de la cul­tu­ra orien­tal en ge­ne­ral y de la me­di­ci­na chi­na en par­ti­cu­lar, es im­por­tan­te sa­ber có­mo se re­la­cio­nan los cin­co ele­men­tos y cuál es su in­fluen­cia so­bre to­das las si­tua­cio­nes de la vi­da.

El cam­bio eterno

Los cin­co ele­men­tos for­man un círcu­lo, de­pen­den uno de otros, cam­bian con­ti­nua­men­te y su in­fluen­cia es­tá pre­sen­te en to­das las si­tua­cio­nes de la vi­da.

Pa­ra los chi­nos el ci­clo tam­bién es crea­ción, por­que ca­da ele­men­to es ayu­da­do por otro pa­ra su ex­pre­sión y pa­ra crear otro dis­tin­to. - La Ma­de­ra ali­men­ta

al Fue­go - El Fue­go pro­du­ce Tie­rra - La Tie­rra ge­ne­ra Me­tal - El Me­tal pro­du­ce Agua, - El Agua ali­men­ta a la

Ma­de­ra. Sim­bó­li­ca­men­te, la Ma­de­ra sir­ve de com­bus­tión al Fue­go, el Fue­go al con­su­mir­se crea Tie­rra (ce­ni­zas), des­pues la Tie­rra pro­du­ce el Me­tal, el me­tal con sus mi­ne­ra­les ali­men­ta al Agua y por úl­ti­mo el Agua nu­tre o ha­ce cre­cer a la Ma­de­ra, en un ci­clo con­ti­nuo que se su­ce­de des­de el co­mien­zo de los tiem­pos y por siem­pre ja­más

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