El poe­ma de Con­fu­cio

TAO - Tomo II - - Orquídeas -

El sa­bio chino so­lía re­co­rrer con sus dis­cí­pu­los las dis­tin­tas ciu­da­des del an­ti­guo im­pe­rio pa­ra di­fun­dir su doc­tri­na, pe­ro no en to­dos los lu­ga­res era bien re­ci­bi­do por la gen­te y mu­chas ve­ces su ta­rea era in­com­pren­di­da. Sin em­bar­go, él siem­pre se­guía ade­lan­te sin im­por­tar­le lo que opi­na­ran los de­más y so­lía com­pa­rar­se con la flor de la or­quí­dea por­que su aro­ma en­ri­que­ce a quien pa­sa a su la­do, pe­ro po­cas ve­ces es apre­cia­da co­mo se me­re­ce ya que cre­ce en­tre el pas­to co­mún.. Ins­pi­ra­do en es­ta si­tua­ción es­cri­bió el si­guien­te poe­ma:

La or­quí­dea es tan her­mo­sa, tan na­tu­ral su aro­ma se ex­pan­de por el ai­re yo no sa­co la or­quí­dea pa­ra lle­var­la con­mi­go pe­ro su per­fu­me que­da en mi cuer­po. Me pre­gun­to qué sig­ni­fi­ca el éxi­to yo via­jo du­ran­te días, me­ses y años la nie­ve, la es­car­cha cu­bre to­do el cam­po y los tri­gos cre­cen fron­do­sos. Si no es por lás­ti­ma, yo no pue­do en­con­trar­me con vos. El tri­go es­tá fron­do­so, es­to es lo na­tu­ral del tri­go. El ca­ba­lle­ro guar­da su lás­ti­ma.

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