Poe­ma de Mulán (frag­men­to)

TAO - Tomo III - - Leyendas -

Los gri­llos ce­le­bran con su can­to la tar­de

Mulán es­tá te­jien­do an­te la puer­ta

No se oye el te­lar, tan só­lo los la­men­tos de la ni­ña. Pre­gun­tan dón­de es­tá su co­ra­zón.

Pre­gun­tan dón­de es­tá su pen­sa­mien­to.

En na­da es­tá pen­san­do,

Só­lo re­cuer­da que en la lis­ta del ejér­ci­to, que ocu­pa do­ce ro­llos, el nom­bre de su pa­dre fi­gu­ra en to­dos ellos.

No hay un hi­jo ma­yor pa­ra el pa­dre, un her­mano ma­yor que Mulán.

“Yo iré a com­prar ca­ba­llo y una si­lla, yo acu­di­ré a lu­char por nues­tro pa­dre”. Ha com­pra­do en Orien­te un ca­ba­llo de por­te, ha com­pra­do en po­nien­te una si­lla y co­jín, ha com­pra­do en el sur una bri­da, ha com­pra­do en el nor­te un buen lá­ti­go.

Al al­ba se des­pi­de de su pa­dre y su ma­dre; cuan­do ano­che­ce, acam­pa jun­to al Río Ama­ri­llo. Ya no es­cu­cha el lla­ma­do de su pa­dre y su ma­dre, tan só­lo el cha­po­teo del ca­ba­llo en el agua.

Al al­ba aban­do­na el Río Ama­ri­llo; cuan­do ano­che­ce, lle­ga a la Mon­ta­ña Ne­gra.

Ya no es­cu­cha el lla­ma­do de su pa­dre y su ma­dre, tan só­lo a los ca­ba­llos re­lin­chan­do en el mon­te. Cruzó mi­les de mi­llas en bus­ca de la gue­rra, co­rrió co­mo vo­lan­do por pa­sos y mon­ta­ñas, las rá­fa­gas que el vien­to traía son de hie­rro, a la luz de la lu­na bri­lla­ban ar­ma­du­ras.

Allí los ge­ne­ra­les lu­chan­do en cien ba­ta­llas mo­rían, y des­pués de ha­ber da­do diez años vol­vían a su ca­sa, va­lien­tes, los sol­da­dos.

De vuel­ta, es re­ci­bi­da por el Hi­jo del Sol, que se sien­ta en la Sa­la de los Res­plan­do­res. Le con­ce­de me­da­llas por sus mu­chos mé­ri­tos, le ofre­ce alas de pa­to cru­jien­tes por mi­lla­res. El Khan le ha pre­gun­ta­do qué quie­re ha­cer aho­ra. “Mulán no ne­ce­si­ta ho­no­res ofi­cia­les, da­me un bu­rro ro­bus­to de cas­cos bien li­ge­ros y en­vía­me de vuel­ta a ca­sa de mis pa­dres”.

Cuan­do es­cu­chan sus pa­dres que su hi­ja se acer­ca, los dos sa­len a ver­la, dán­do­se de co­da­zos.

Cuan­do es­cu­cha su her­ma­na que su her­ma­na se acer­ca, se arre­gla y se co­lo­ca de­lan­te de la puer­ta.

Cuan­do es­cu­cha su her­mano que su her­ma­na se acer­ca, sa­ca fi­lo al cu­chi­llo, sa­cri­fi­ca un cor­de­ro.

“He abier­to la puer­ta de mi cuar­to orien­tal, y en el oc­ci­den­tal me he sen­ta­do en la ca­ma.

Me qui­té la ar­ma­du­ra que lle­va­ba en la gue­rra y me he pues­to la ro­pa que lle­vé en otro tiem­po.

De­lan­te del es­pe­jo, cer­ca de la ven­ta­na me he pei­na­do el ca­be­llo en­ma­ra­ña­do y he ador­na­do mi fren­te con pé­ta­los do­ra­dos”.

Cuan­do Mulán sa­lió an­te sus ca­ma­ra­das, to­dos se sor­pren­die­ron, que­da­ron per­ple­jos.

Do­ce años es­tu­vie­ron con ella en el ejér­ci­to y nin­guno sa­bía que era una mu­cha­cha.

Las pa­tas del conejo saltan más, los ojos de la hem­bra son al­go más pe­que­ños, más cuan­do ves un par co­rrien­do por el cam­po,

¿quién lo­gra dis­tin­guir si el conejo es ma­cho o hem­bra?

Newspapers in Spanish

Newspapers from Argentina

© PressReader. All rights reserved.