Sie­te pre­gun­tas a Abril Sosa

El mú­si­co pre­sen­ta “Can­cio­nes pa­ra que me crea”, un dis­co con­fe­sio­nal que gra­bó va­lién­do­se de sí mis­mo. Lo ha­ce ma­ña­na en Es­pa­cio 75.

VOS - - PÁGINA DELANTERA - Ger­mán Arras­cae­ta ga­rras­cae­ta@la­voz­de­lin­te­rior.com.ar

1) “Can­cio­nes pa­ra que me crea”, tu nue­vo so­lis­ta, es elec­tro­pop, cli­má­ti­co. Aho­ra bien, ¿las can­cio­nes tu­vie­ron una pri­me­ra ver­sión de voz y gui­ta­rra, fo­go­ne­ra?

–El dis­co tie­ne po­quí­si­mas gui­ta­rras, pe­ro los te­mas sí na­cie­ron des­de ellas. La gui­ta­rra es “mi” ins­tru­men­to, de al­gu­na ma­ne­ra; es el pri­me­ro que em­pe­cé a to­car, el que más es­tu­dié. Por eso no hay na­da an­ti­na­tu­ral en que los nue­vos te­mas ha­yan na­ci­do des­de ella. Cuan­do te­nés una ban­da, lle­gás a la sa­la, de­cís “ten­go es­to”, lo to­cás en la vio­la, tus com­pa­ñe­ros lo to­man y se ar­ma. Pe­ro cuan­do es­tás so­lo, ar­más unos beats, gra­bás los ba­jos, tex­tu­rás… Cuan­do de­ci­dí gra­bar to­do yo no fue por una co­sa egoi­ca (sic), va­ni­do­sa, sino por­que te­nía muy cla­ras ca­da lí­nea de los te­mas… Por otro la­do, si yo sé to­car la ba­te­ría, ¿por qué te­nía que lla­mar a otro pa­ra que lo ha­ga? Les aho­rré un pa­so a las can­cio­nes. Cuan­do ha­cés al­go so­lo, to­do se vuel­ve real­men­te in­tros­pec­ti­vo. 2) ¿Es­tás fó­bi­co a la idea de jun­tar­te con otros mú­si­cos?

–No la lla­ma­ría fo­bia pe­ro sí ago­ta­mien­to. Yo soy un bi­cho de ban­da, ya que pa­sé ca­si ocho años con Ca­tu­pe­cu, 12 con Cuentos Bor­gea­nos y otros tres años co­mo so­lis­ta con ban­da de acom­pa­ña­mien­to. Así que pue­do de­cir que la crea­ción co­lec­ti­va pro­du­ce cier­ta con­ta­mi­na­ción cuan­do que­rés plan­tear un sen­ti­mien­to per­so­nal y pro­fun­do. No sé si se pue­de ha­cer un dis­co pu­ro por­que siem­pre se in­vo­lu­cran un pro­duc­tor, el in­ge­nie­ro, la dis­co­grá­fi­ca que te su­gie­re que no da un te­ma de 11 mi­nu­tos. En to­dos los ca­sos se pier­de pu­re­za. Quie­ro de­cir: a Cuentos Bor­gea­nos lle­ga­ba con una idea que, al plan­tear­la, se di­si­pa­ba con la par­ti­ci­pa­ción de ter­ce­ros. No sé si hu­bie­ra lle­ga­do a es­tas can­cio­nes con otros mú­si­cos. 3) ¿Pe­ro pa­ra re­pre­sen­tar­lo ar­mas­te una ban­da?

–Ten­go va­rios for­ma­tos. El pro­ce­so de de­mos de­man­dó un año y, fi­nal­men­te, ter­mi­né gra­ban­do to­do yo. Y al dis­co lo sal­go a to­car mien­tras prue­bo di­fe­ren­tes en­fo­ques. Em­pe­cé con ba­te­ro, ba­jo y gui­ta­rris­ta con un pi­be dis­pa­ran­do co­sas; des­pués, pro­bé trío sin ba­te­ría. Acá en Cór­do­ba es­ta­ré so­lo. Ha­ré un show acús­ti­co y otro con el mood del DJ de hoy, el de Skri­llex. Me es­toy di­vir­tien­do… Sa­lir a to­car con ban­da, on­da quin­te­to, es un plo­mo pa­ra mí. Y si me ve en esos tér­mi­nos, el que es­tá aba­jo lo no­ta­rá y di­rá “es­te cha­bón se es­tá abu­rrien­do”. Soy muy fa­ná­ti­co de la mú­si­ca, pe­ro si to­ca Ar­ca­de Fi­re en Bue­nos Ai­res, me pre­gun­to si va­le la pe­na ir a ver­los en­tre la mul­ti­tud y con un so­ni­do más o me­nos, o si lo es­cu­cho en ca­sa en strea­ming y con unos mo­ni­to­res al pa­lo mien­tras me to­mo un vino. Hay que cam­biar las pau­tas de aprehen­der y ofre­cer la mú­si­ca. 4) A pro­pó­si­to, ¿re­pro­du­cís CD a es­tas al­tu­ras?

–Lo ten­go ahí, mi­ro el li­bri­to y leo las le­tras pe­ro ni lo­co lo pon­go en la com­pac­te­ra. Me con­si­de­ro un ma­niá­ti­co del au­dio y aun así es­cu­cho Spo­tify. El otro día ha­blé con (Héc­tor) Larrea y me con­tó que no es­cu­cha na­da que no sea en vi­ni­lo, con tal pas­ta, con tal púa. ¿Có­mo te vas a pri­var de la po­si­bi­li­dad de es­cu­char tus dis­cos pre­fe­ri­dos des­de un te­lé­fono si es­tás en un avión? Al dis­co lo fui tes­tean­do en di­fe­ren­tes fren­tes. Lo mez­cla­mos en Mia­mi, en un es­tu­dio muy gros­so de un in­ge­nie­ro que me re­co­men­dó La­li Es­pó­si­to. El ti­po mez­cla­ba a un vo­lu­men te­rri­ble y te­nía di­fe­ren­tes mo­da­li­da­des pa­ra es­cu­char en di­gi­tal, analó­gi­co…A prio­ri, vas pen­san­do el dis­co de acuer­do al mun­do en el que nos mo­ve­mos. Yo es­toy in­vo­lu­cra­do con el te­ma del au­dio. Días atrás, por ejem­plo, se ca­só Pa­blo Romero, el pro­duc­tor, y en la fies­ta es­ta­ba Lu­ce­ro Ca­ra­ba­jal, uno de los nie­tos del clan. Y me pa­só au­dios de mú­si­cas, bien tra­pe­ras. No quie­ro lle­gar a los 50 años y pen­sar que Ra­diohead es la ban­da más mo­der­na.

5) El tí­tu­lo del dis­co, más allá del tono con­fe­sio­nal, tam­bién tie­ne un link ha­cia lo ho­nes­to y lo creí­ble, al­go por lo que el rock ar­gen­tino ha lu­cha­do. ¿Pe­ro no es más se­duc­tor ser in­creí­ble?

–Es un po­co con­fe­sio­nal e in­tros­pec­ti­vo por­que me sa­le así. Me gus­tan Bo­wie y sus rein­ven­cio­nes, pe­ro si en es­ta no­ta te ha­blo con voz im­pos­ta­da y ha­cién­do­me el no sé qué, nos abu­rri­ría­mos los dos. De to­dos mo­dos, la mía no fue una ca­rre­ra có­mo­da. Pa­dez­co un po­co el tono de mis can­cio­nes, que siem­pre ha­blan de mí. Me en­can­ta Re­né de Ca­lle 13, que es un cro­nis­ta, un Sil­vio Ro­drí­guez de hoy. 6) Pe­ro vos sos otra co­sa.

–Sí, a mí no me sa­le eso, me sa­le el jue­go psi­co­ló­gi­co so­bre mí mis­mo, la cues­tión po­lié­dri­ca de mi men­te. Lo pa­dez­co, in­sis­to, por­que a ve­ces es­toy fe­liz an­tes de su­bir al es­ce­na­rio y me vuel­vo a en­ro­llar con el pe­so de los te­mas. Aho­ra es­toy en­ro­lla­do con Onet­ti, la in­co­mu­ni­ca­ción de los aman­tes…

7) En el rock ar­gen­tino em­pe­zó a cre­cer una se­mi­lla de mal­dad, al­go que se com­prue­ba con los pro­ble­mas que tie­ne el in­mi­nen­te fes­ti­val Ba­rock…¿Te sen­tís par­te del mo­vi­mien­to, reac­cio­nás contra él an­te es­te cur­so que ha to­ma­do?

–Me sien­to afue­ra. No soy una per­so­na des­co­no­ci­da, pe­ro tam­po­co soy Ti­ne­lli. A los 18 tu­ve mu­cha fa­ma y me co­mí esa pe­lí­cu­la. La vi­ví y pu­de su­pe­rar­la. No me sien­to más rock. No sé qué es el rock. No me sim­pa­ti­za mu­cho. Vi que hay mu­cho qui­lom­bo por­que me pu­sis­te en el afi­che y no ce­rré con­tra­to…¿Sa­bés por qué pa­san es­tas co­sas? Por­que le dan lu­gar a las ban­das nue­vas, son los mis­mos vie­jos vi­na­gres afe­rrán­do­se a lo que tie­nen.

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