Tiem­po de desafíos

El ge­nial Ju­lio Boc­ca re­gre­sa a Cór­do­ba, ahora co­mo di­rec­tor del ba­llet So­dre, de Uru­guay. El ar­tis­ta ana­li­za su pre­sen­te, a 10 años de ha­ber­se ba­ja­do de los es­ce­na­rios.

VOS - - PÁGINA DELANTERA - Daniel Santos dsan­tos@la­voz­de­lin­te­rior.com.ar

Ju­lio Boc­ca es uno de los más gran­des ar­tis­tas ar­gen­ti­nos de to­dos los tiem­pos. Fue res­pon­sa­ble de en­ca­be­zar una ge­ne­ra­ción que po­pu­la­ri­zó la dan­za en el país, que con­quis­tó el mun­do so­bre los es­ce­na­rios más pres­ti­gio­sos. Tras su retiro, del que se cum­ple una dé­ca­da en di­ciem­bre, lle­va una exi­to­sa eta­pa al fren­te del ba­llet uru­gua­yo So­dre, que vie­ne a Cór­do­ba en el mar­co de una gi­ra argentina.

An­tes de vol­ver al Li­ber­ta­dor, Boc­ca dia­lo­gó con VOS so­bre el pa­so del tiem­po, los nue­vos desafíos, el amor y el tra­ba­jo que en­con­tró en Uru­guay, el mun­do de la dan­za y has­ta có­mo se­ries y pe­lí­cu­las abor­dan un cos­ta­do me­nos ama­ble de una ac­ti­vi­dad exi­gen­te.

–Se cum­plen 10 años desde que de­jas­te los es­ce­na­rios. ¿La fe­cha sig­ni­fi­ca al­go es­pe­cial?

–Es un aniver­sa­rio más. Ha­ce tiem­po que de­jé de me­dir las co­sas por el tiem­po que du­ra­ban o por el que yo les iba a de­di­car. Ahora es­toy más re­la­ja­do, me to­mo más tiem­po pa­ra mis co­sas –esa vida que hay des­pués del tra­ba­jo– y ya no me su­je­to tan­to a la ti­ra­nía del al­ma­na­que. Ob­vio que siempre den­tro de la dis­ci­pli­na que es­te tra-

NO PO­DÉS SO­ÑAR CON EL ÉXI­TO SI FALTÁS A CLA­SES, NO VAS A LOS EN­SA­YOS Y NO TE FOR­MÁS Y PREPARÁS PA­RA LO QUE EL ÉXI­TO SIG­NI­FI­CA.

LAS DEU­DAS LAS ME­TÍ TO­DAS JUN­TAS EN UN BAÚL EL DÍA QUE ME RE­TI­RÉ. CA­DA TAN­TO LO ABRO, SA­CO AL­GU­NA Y LA SAL­DO.

TRAS EL RETIRO QUE­RÍA DES­CAN­SAR, TI­RAR LOS RE­LO­JES, ME­TER­ME EN EL MAR, AMAR, CO­MER PIZ­ZA Y TO­MAR CER­VE­ZA. AL PRIN­CI­PIO LO HI­CE.

continúa exi­gién­do­me.

–Uno siempre tie­ne la ten­den­cia a pen­sar que cuan­do un ar­tis­ta o un de­por­tis­ta po­ne fin a su ca­rre­ra es al­go dra­má­ti­co. ¿Hay sa­tis­fac­cio­nes igual de im­por­tan­tes lue­go?

–Mi retiro es­ta­ba pla­nea­do prác­ti­ca­men­te desde que co­men­cé mi ca­rre­ra. De ahí eso que te di­je so­bre me­dir el tiem­po que tie­nen las co­sas. Un retiro que se anun­cia du­ran­te 25 años, no es tan dra­má­ti­co co­mo uno que su­ce­da de la no­che a la ma­ña­na por un mo­ti­vo ajeno a tu de­ci­sión. Mi des­pe­di­da –que du­ró ca­si to­do un año re­co­rrien­do los es­ce­na­rios más em­ble­má­ti­cos que me ha­bían aco­gi­do du­ran­te to­da mi ca­rre­ra– tu­vo un fi­nal más fe­liz y emo­cio­nan­te que otra co­sa. Bai­lar an­te una mul­ti­tud en la ave­ni­da 9 de Ju­lio, acom­pa­ña­do por al­gu­nos de mis más ma­ra­vi­llo­sos co­le­gas fue al­go in­su­pe­ra­ble. Pe­ro pa­ra na­da dra­má­ti­co. El ca­mino pos­te­rior se fue ar­man­do so­li­to, no lo bus­qué al me­nos cons­cien­te­men­te. Pa­sé un año sa­bá­ti­co en el cual me enamo­ré y me vi­ne a vi­vir a Uru­guay don­de ade­más en­con­tré la tran­qui­li­dad que siempre bus­qué y que al­gu­na vez so­ñé que se­ría en Pra­ga. Nun­ca ima­gi­né que iba a es­tar tan cer­ca. El res­to ya lo co­no­cen.

–Mu­chas se­ries o pe­lí­cu­las se han me­ti­do en el mun­do de la dan­za, y a ve­ces se mues­tran cos­ta­dos os­cu­ros, del sa­cri­fi­cio ex­tre­mo, de la exi­gen­cia des­me­di­da. ¿Te­nés una vi­sión más ro­mán­ti­ca o a ve­ces sos crí­ti­co?

–El ci­ne, las se­ries, las pe­lí­cu­las tie­nen co­mo prin­ci­pal obli­ga­ción la de en­tre­te­ner, ade­más de con­tar una his­to­ria. En es­ta ca­rre­ra na­da es tan te­rri­ble co­mo en El cis­ne

ne­gro o Flesh and Bo­ne ni tan ro­mán­ti­co co­mo Mo­men­to de

de­ci­sión o Las za­pa­ti­llas ro­jas. Pe­ro co­mo los bai­la­ri­nes so­mos hu­ma­nos, te­ne­mos esas ca­ren­cias, ne­ce­si­da­des, vi­cios o lo­cu­ras que mues­tran esos per­so­na­jes. No más –ni me­nos– de los que tie­nen ca­rre­ras que exi­gen so­bre to­do dis­ci­pli­na fé­rrea y sa­cri­fi­cios cor­po­ra­les cua­si in­hu­ma­nos. Es­tá en ca­da uno sa­ber do­si­fi­car to­do de for­ma tal que no te afec­te más allá de lo im­pres­cin­di­ble, man­te­ner­se lú­ci­do, te­ner bue­nos ami­gos que te de­vuel­van los pies so­bre la tie­rra o sa­ber en qué mo­men­to re­cu­rrir a un buen psi­coa­na­lis­ta.

–¿Al­gu­na vez te plan­teas­te, tras el retiro de los es­ce­na­rios, de­di­car­te a otra co­sa?

–No. Al pla­near el retiro en lo pri­me­ro en que pen­sa­ba era en no ha­cer ab­so­lu­ta­men­te na­da de na­da. Que­ría des­can­sar, ti­rar los re­lo­jes, me­ter­me en el mar, amar, co­mer piz­za y to­mar cer­ve­za. Al prin­ci­pio lo hi­ce. Des­pués la reali­dad te obli­ga a to­mar con­cien­cia. No te­nía 70. Te­nía 40 y al­go ha­bía que ha­cer, ade­más de to­do eso.

–Fuis­te uno de los res­pon­sa­bles de que el ba­llet lle­ga­ra a las ma­sas. ¿Creés que esa eta­pa do­ra­da se ter­mi­nó? ¿Hay con­di­cio­nes pa­ra que nue­vas fi­gu­ras re­cu­pe­ren ese lu­gar? –Eso no de­pen­de so­la­men­te de las fi­gu­ras. Te­ne­mos que te­ner un res­pal­do de­trás, un em­pre­sa­rio que se jue­gue con no­so­tros, que con­tri­bu­ya con su ima­gi­na­ción a for­ta­le­cer la nues­tra, que nos sa­que de la zo­na de con­fort y de al­gu­na ma­ne­ra nos obli­gue a ju­gar­nos. Sal­ta de un tea­tro de mil lo­ca­li­da­des a un es­ta­dio co­mo el Lu­na Park. Ani­mar­se a 12 fun­cio­nes de Don Qui­xo­te en Mar del Pla­ta. Eso un ar­tis­ta no lo ha­ce so­lo. Tie­ne que ha­ber un em­pre­sa­rio, y den­tro de lo po­si­ble –aun­que es más di­fí­cil– la ayuda del es­ta­do.

–Cuan­do al­guien eli­ge al­go, ne­ce­sa­ria­men­te re­sig­na otras co­sas. ¿Te­nés deu­das pen­dien­tes con vos mis­mo?

–A esas deu­das las me­tí to­das jun­tas en un baúl el día que me re­ti­ré. Ca­da tan­to lo abro, sa­co al­gu­na y la sal­do.

–Cuan­do Pa­lo­ma He­rre­ra se des­pi­dió, cues­tio­nó a los jó­ve­nes que hoy pa­re­cen más preo­cu­pa­dos por ser exi­to­sos an­tes de em­pe­zar. ¿Creés lo mis­mo?

–Sí, cla­ro. No po­dés so­ñar con el éxi­to si faltás a las cla­ses, no vas a los en­sa­yos, no res­pe­tás a tus maes­tros y no te for­más y preparás pa­ra lo que fi­nal­men­te el éxi­to sig­ni­fi­ca.

–¿Cuá­les son tus otros pla­ce­res vin­cu­la­dos al ar­te? ¿Vas al ci­ne, ves ar­te, leés, es­cri­bís?

–Veo mu­cho ci­ne. A ve­ces en ca­sa, con el te­ma es­te del strea­ming. Via­jo to­do lo que pue­do. Y ca­da via­je, cuan­do no es­tá ce­ñi­do ex­clu­si­va­men­te a lo la­bo­ral, es una in­yec­ción de cul­tu­ra. –¿Qué es lo que más te gus­ta del pro­gra­ma que traen en es­ta gi­ra? Mez­clan re­per­to­rio clásico con obras con­tem­po­rá­neas. –Pa­ra mí no es nin­gu­na no­ve­ba­jo dad mez­clar es­ti­los. Lo hi­ce siempre. Por eso exi­jo que los bai­la­ri­nes ten­gan una am­plia for­ma­ción pa­ra poder abar­car la ma­yor can­ti­dad po­si­ble de es­ti­los. No to­dos pue­den, pe­ro si se tie­ne una muy bue­na ba­se clá­si­ca y la men­te y el cuer­po abier­tos, el al­ma dis­pues­ta y na­da de pre­jui­cios po­dés bai­lar cual­quier co­sa. La ven­ta­ja es que eso te per­mi­te lle­gar a mu­chí­si­ma más can­ti­dad de gen­te. Si yo me hu­bie­se que­da­do con el Prín­ci­pe de Be­lla Dur­mien­te, o el Al­brecht de Giselle me hu­bie­se per­di­do la sa­tis­fac­ción de otros gran­des ro­les con­tem­po­rá­neos. No hu­bie­se he­cho Boc­caRock, Boc­ca­tan­go, Mac­beth, El hom­bre de la cor­ba­ta ro­ja ó Adiós hermano cruel. Cuan­do armamos un pro­gra­ma mix­to, la idea es que se en­cuen­tre un po­co de to­do de lo que sa­be­mos y po­de­mos ha­cer.

–En una en­tre­vis­ta de­cías años atrás que que­rías ter­mi­nar con la idea de mu­chos go­bier­nos de que in­ver­tir en cul­tu­ra es un mal ne­go­cio. ¿Creés que eso ha cam­bia­do?

–Eso fue, es y se­rá una lu­cha cons­tan­te por lo me­nos en La­ti­noa­mé­ri­ca. Al­gu­nos go­bier­nos reac­cio­nan, ha­cen las co­sas bien, y des­pués vie­ne otro y ti­ra to­do aba­jo y vuel­ta a em­pe­zar. La­men­ta­ble.

–En­ca­be­zas­te la transformación del So­dre en es­tos años. ¿Ha­cia dón­de va mi­ran­do al fu­tu­ro in­me­dia­to?

–Ya es­tá con­si­de­ra­da co­mo una de las 10 me­jo­res com­pa­ñías del mun­do. Só­lo es­pe­ro que si­ga ese ca­mino, es­ca­lan­do po­si­cio­nes y con la me­ta de me­jo­rar siempre el ni­vel. No se tra­ta só­lo de evi­tar que ba­je o man­te­ner­lo. Siempre ha­brá al­go que me­jo­rar.

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