El an­fi­trión DEL BÚHO BLAN­CO

El es­cul­tor bo­li­viano Juan Bus­ti­llos abrió las puer­tas de su ca­sa, un es­pa­cio con otro con­cep­to de ho­gar. Allí los in­vi­ta­dos pue­den apre­ciar el es­pí­ri­tu no­ble, sen­ci­llo y crea­ti­vo de es­te gran ar­tis­ta y su in­men­so ta­len­to.

El Deber - Chic - - PORTADA - CRIS­TIAN MASSUD TEX­TO SEDRICH CÉS­PE­DES FO­TÓ­GRA­FO

Un lo­ro ca­yó del cie­lo. Des­plu­ma­do. Es el nue­vo ha­bi­tan­te del Búho Blan­co, don­de dos mo­nos, un pe­rro y tres ar­di­llas con­vi­ven en­tre to­ros, bus­tos y la ma­gia de Juan Bus­ti­llos, el hom­bre de bron­ce que in­ven­tó un nue­vo con­cep­to de ho­gar en San­ta Cruz.

De ba­su­re­ro a ca­sa ar­tís­ti­ca

En Yun­gas te­nía otro pai­sa­je di­fe­ren­te al de San­ta Cruz. Nun­ca le gus­tó es­tar mi­ran­do so­lo la pa­red. Y él que­ría re­cu­pe­rar eso. Cuan­do lle­gó a la ur­be ca­lien­te -ha­ce 37 años- te­nía en la ca­be­za más o me­nos la idea de su ca­sa. Así sur­gió el Búho Blan­co, un es­pa­cio mul­ti­fun­cio­nal que es ga­le­ría de ar­te, ho­gar, re­fu­gio de ani­ma­les y ta­ller, don­de es­te ar­tis­ta fun­de el bron­ce y cor­ta la ma­de­ra pa­ra crear to­do lo que ima­gi­na en su ca­be­za.

Ha­ce 17 años ese lu­gar era un ba­su­re­ro. Su­cio. Ma­lo­lien­te. En 11 me­ses Juan le cam­bió la ca­ra. Y allí re­ci­be a sus ami­gos y tam­bién ex­tra­ños. No or­ga­ni­za fies­tas muy se­gui­do, pe­ro cuan­do le to­ca ser el an­fi­trión de una de es­tas, él y su se­ño­ra, Ya­su­ko Ki­ta­ya­ma, se preo­cu­pan de ca­da detalle pa­ra dar una aten­ción de pri­me­ra. No son pa­ra na­da com­pli­ca­dos ni les gus­ta os­ten­tar lo que tie­nen. So­lo se va­len de la hu­mil­dad. Con ella la pa­re­ja ga­na amis­ta­des y desata una cor­dia­li­dad úni­ca que de­jan en la vi­si­ta una ex­pe­rien­cia real­men­te inol­vi­da­ble.

Y el Búho Blan­co no es un tem­plo ni nin­gún otro si­nó­ni­mo a es­te sus­tan­ti­vo. Es sim­ple­men­te un ho­gar (con pin­ce­la­das ar­tís­ti­cas) en el que Juan de­ci­dió vi­vir y don­de in­clu­so le gus­ta­ría mo­rir. No pien­sa en la muer­te, pe­ro ya que se le con­sul­ta, no le que­da de otra que afir­mar: “No quie­ro que me me­tan ni en un ca­jón ni en un ni­cho. Que ca­ven un ho­yo en la tie­rra y que me echen den­tro”.

Él quie­re vol­ver a la tie­rra, por­que sa­lió de ahí, pe­ro no cree que ha­ya in­ter­ve­ni­do al­gún dios. No cree en Jeho­vá. “Los cu­ras me min­tie­ron. Los des­cu­brí...”, di­ce y no cie­rra la idea. Eso pa­só ha­ce ya mu­cho tiem­po. Des­de en­ton­ces pre­fie­re desechar eso de “yo soy el ca­mino, la ver­dad y la vi­da” por: “du­da de mí, tú pue­des ser dios”, que es lo que pro­cla­man los bu­dis­tas.

Co­no­ce muy bien la cultura asiá­ti­ca. Es­tu­dió en Ja­pón. Allí co­no­ció a su mu­jer. Con­vi­ve con ella ha­ce 20 años. No se ca­sa­rá. Es­tá bien así. Tam­po­co ten­drá hi­jos. Le gus­tan los ni­ños, pe­ro no se ve crian­do a al­gu­nos.

Artesano de la vi­da

Los que co­no­cen a Juan sa­ben que es buen ti­po, no­ble, pa­cien­te y exi­gen­te con­si­go mis­mo. Pre­fie­re pa­sar más tiem­po en su ta­ller que en su pro­pia ca­sa a la que lla­ma Búho Blan­co. Tam­po­co duer­me mu­cho. En la no­che crea y en la ma­ña­na se co­nec­ta con la reali­dad. Los que acu­den a su ca­sa so­lo tie­nen una re­gla: de­jar los za­pa­tos an­tes de pi­sar el pri­mer es­ca­lón. Si bien es una tra­di­ción del otro la­do del mun­do, Juan so­lo lo ha­ce por hi­gie­ne. Des­pués la ca­sa es pa­ra sus in­vi­ta­dos. No im­por­ta si es una oca­sión es­pe­cial, es­te hom­bre de 58 años ja­más se pon­drá una cor­ba­ta o un es­mó­quin. No le gus­ta. No va con él. “Eso es una po­se”, pien­sa. A él no le in­tere­sa la es­té­ti­ca. “An­do mu­gro­so to­do el tiem­po, yo soy así”, agre­ga. Pe­ro lo que sí po­see es un alma no­ble, que de­ja al des­cu­bier­to ca­da vez que con­ver­sa.

Un ho­gar ama­ble con la na­tu­ra­le­za, es lo que tam­bién la gen­te en­con­tra­rá allí. Abun­dan los ár­bo­les, co­mo el bi­bo­si, el man­go, el mo­ta­cú, el pal­to, el ta­ji­bo, el ga­lli­to, la ma­ra y la am­bai­ba. Si a otros les in­tere­san los fru­tos, a Juan le gus­ta al re­vés, so­lo un ár­bol pa­ra que brin­de gen­til­men­te su som­bra y pa­ra que lo ha­ga sen­tir que vi­ve en me­dio de la na­tu­ra­le­za, aun­que es­tu­vie­ra en una ur­be, co­mo San­ta Cruz. Es un es­ca­pe a to­do el caos ur­bano.

En la ca­sa co­exis­ten las pie­zas de ar­te... pin­tu­ras de gran­des au­to­res, co­mo Ma­ría Lui­sa Pacheco, Ti­to Ku­ra­mot­to y Lorgio Va­ca, pe­ro tam­bién hay va­rias Rosita Po­chi de bron­ce o al­moha­das ar­tís­ti­cas en la sa­li­ta de es­tar. Hay ros­tros, unos más fe­li­ces que otros, y en­tre­me­dio de ellos la te­te­ra, las ta­zas o los va­sos de cris­tal. Hay una bi­blio­te­ca, un lo­ro gi­gan­te, una te­la­ra­ña, bam­búes inofen­si­vos y afue­ra un to­ro gi­gan­tes­co in­con­clu­so, que pa­re­cie­ra con­ver­tir­se en el guar­dián del búho.

Cuan­do el búho es­tá de fies­ta, ofre­ce un buen vino, un asa­do (si co­ci­na Juan) o un ri­co sus­hi de Ya­su­ko. No ha­ce fal­ta más. Es lo que tie­ne pa­ra ofre­cer el an­fi­trión. Ya con su sen­ci­llez, su hu­mil­dad y su no­ble­za tie­ne de­ma­sia­do.

“Me gus­ta un buen vino tin­to. Cuan­do yo co­cino hago un asa­do y cuan­do le to­ca a mi mu­jer, ofre­ce sus­hi o al­gu­na co­sa asiá­ti­ca”

“Ja­más me pon­dré una cor­ba­ta o un tra­je. Eso es una po­se. An­do mu­gro­so to­do el tiem­po. Soy fe­liz así. No soy ob­je­to de exhibición”

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