ANO BERG

DE UN BA­RRIO ES­TIG­MA­TI­ZA­DO A LAS CANCHAS DE EU­RO­PA. MAR­TÍN ELI­GIÓ SER BO­LI­VIANO

El Deber - Extra (Bolivia) - - Personaje -

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Go­tem­bur­go, la se­gun­da ciu­dad en im­por­tan­cia de Sue­cia, es tes­ti­go una vez más de los bai­les, es ma­yo de nue­vo, la gen­te aplau­de y él, ru­bio, lar­go y con 18 años, bai­la por úl­ti­ma vez por­que se­rá fut­bo­lis­ta pro­fe­sio­nal y no ha­brá tiem­po pa­ra dis­trac­cio­nes. Se ve ca­si igual que cuan­do a los 12 por­tó la co­ro­na de rey del Car­na­val: muy lar­go. Es atlé­ti­co, quie­re ju­gar fút­bol ba­jo la ban­de­ra de la tie­rra de su pa­dre, aun­que de Bolivia Ra­mi­ro Da­len­ce ha­ya sa­li­do por la puer­ta del exi­lio.

Ni ha­bía pues­to un pie en ese re­cón­di­to país, pe­ro le era tan fa­mi­liar, tan cer­cano, aun­que su ape­lli­do no ayu­da­ba en mu­cho a sen­tir­se bo­li­viano: Smed­berg.

El pa­dre qui­so que fue­ra Smed­berg co­mo su ma­dre sue­ca pa­ra que cuan­do sea gran­de no le cos­ta­ra abrir­se puer­tas. Aún así des­de ni­ño bai­ló ca­po­ra­les, ta­qui­ra­ris, mo­re­na­das e in­clu­so tin­ku. La co­mi­da y los ritmos del te­rru­ño pa­terno nun­ca le fue­ron aje­nos, en Ham­mar­ku­llen, el ba­rrio de los mi­gran­tes la­ti­nos, su ba­rrio, ca­da ma­yo se vi­vía una fiesta car­na­va­le­ra en la que las raí­ces bo­li­via­nas y de otros paí­ses de ha­bla his­pa­na se to­ma­ban las frías y hú­me­das ca­lles, lle­nán­do­las de vi­da, de co­lor y de son­ri­sas.

No tie­ne muy cla­ro por qué el pa­dre se exi­lió, tie­ne la va­ga idea de una épo­ca de dic­ta­du­ra mi­li­tar y re­cuer­da a su pro­ge­ni­tor mu­tan­do de tra­ba­jo en tra­ba­jo (en Sue­cia, en los pri­me­ros años fue cho­fer de bus, tra­ba­jó en una fá­bri­ca y ser­vía de guía de com­pras a sus co­te­rrá­neos que lle­ga­ban pa­ra ad­qui­rir ca­mio­nes), to­do con tal de sa­car­los a él, a su ma­dre y a sus her­ma­nos ade­lan­te. Sa­be que Ra­mi­ro Da­len­ce, el pa­dre, se exi­lió pa­ra bus­car en otro la­do del mun­do có­mo ayu­dar me­jor eco­nó­mi­ca­men­te a la fa­mi­lia de Oru­ro.

La ver­sión de Da­len­ce es que sa­lió en la dé­ca­da de los 80 de Bolivia, en fe­bre­ro, y lo hi­zo a sus 19 años pa­ra tra­ba­jar. La idea era vol­ver, no sin an­tes apren­der el idio­ma y apro­ve­char pa­ra es­tu­diar Me­cá­ni­ca In­dus­trial. Co­mo el des­tino se di­vier­te cam­bian­do de es­ce­no­gra­fía y de per­so­na­jes, du­ran­te los es­tu­dios co­no­ció a una sue­ca que des­po­só, lo que hi­zo que se que­da­ra de­fi­ni­ti­va­men­te en ese país.

El pa­dre de Mar­tín Smed­berg, abue­lo aho­ra, acla­ra que fue­ron sus tíos los que eran per­se­gui­dos por la dic­ta­du­ra de Luis Gar­cía Me­za, ellos sa­lie­ron el año 75 del país y des­pués, en su con­di­ción de re­fu­gia­dos, pi­die­ron al so­brino que que­da­ba en Bolivia.

A la ju­ga­da del des­tino que trans­for­mó su es­ta­día en re­si­den­cia de­fi­ni­ti­va no le echa na­da en ca­ra por­que le re­ga­ló tres hi­jos y una es­po­sa, con la

GINA JUSTINIANO FUAD LANDÍVAR/ ÁL­BUM PER­SO­NAL DE MAR­TÍN SMED­BERG

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