CO­SAS DE PE­RROS

El Deber - Extra (Bolivia) - - HUMOR -

Con un tin­te re­sig­na­do acep­ta el va­rón lo de “¡pe­rro!” di­cho en pú­bli­co o en­cie­rro o en chis­te o en tono ai­ra­do. Pe­ro en cam­bio a una da­ma, si la tra­ta­sen de “¡pe­rra!” ar­de­ría cruel la gue­rra aún sien­do for­mal en ca­ma. Los pe­rros que se sa­cu­den no lo ha­cen por gra­cio­sos, es que su­fren el aco­so de las pul­gas que a él acu­den. En­tre el pe­rro y el ga­to no tie­nen paz ni alian­zas, si­glos ha rom­pie­ron lan­zas, es de­cir… que­bra­ron pla­tos. Pe­rros hay en ple­nas tru­llas tan­to fue­ra o en la ca­sa, el ga­to en tru­llas se apla­za y en so­li­ta­rio mau­lla. Mi me­jor ami­go, di­jo un tío, es mi pe­rro gran­de y fuer­te, se gran­jeó un odio a muer­te, pro­vo­có un tremendo lío, cuan­do un ami­go chu­ri­qui cier­ta vez lo in­ter­pe­ló: -Tu me­jor ami­go soy yo, ¿o me lo ju­ras­te de pli­qui?... Na­die sa­be de qué fuen­te ni có­mo sa­lió o se hi­zo pa­ra que al sánd­wich de cho­ri­zo lo lla­men pe­rro ca­lien­te. Al que con to­do es­tá en gue­rra se lo es­cu­cha ex­cla­mar has­ta ca­si re­ven­tar: ¡Qué vi­da, se­ñor, más pe­rra! Un don­juán y ca­la­ve­ra que alar­dea­ba de su suer­te, en tran­ce fi­nal de muer­te, pi­dió una pe­rra fal­de­ra.

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