JOR­GE DREX­LER

“ME SIEN­TO BO­LI­VIANO” DI­CE EL CAN­TAU­TOR Y NOS CUEN­TA LAS RA­ZO­NES

El Deber - Extra (Bolivia) - - Sumario - ¿La música no en­tra­ría en esa lis­ta?

El can­tau­tor uru­gua­yo le de­di­có un te­ma a Bo­li­via en su úl­ti­mo tra­ba­jo. Cuen­ta el éxo­do de su fa­mi­lia pa­ter­na y el rol que tu­vo el país en su his­to­ria per­so­nal. A po­cos días de vol­ver a ac­tuar en San­ta Cruz nos cuen­ta los de­ta­lles de esa his­to­ria y otros de­ta­lles de su vi­da.

Su afec­to por Bo­li­via no es fin­gi­do ni tru­co de­ma­gó­gi­co al que ape­lan otros ar­tis­tas an­tes de lle­gar al país y, aun­que lo co­no­ce po­co, apren­dió a que­rer­lo por el re­la­to de su pa­dre y de fa­mi­lia­res que a fi­na­les de los años 30 del si­glo pa­sa­do en­con­tra­ron en Bo­li­via el úni­co lu­gar de Amé­ri­ca en el que no le ce­rra­ron las puer­tas a los ju­díos ale­ma­nes que es­ca­pa­ban del na­zis­mo.

Esos re­la­tos le des­per­ta­ron mu­cha cu­rio­si­dad por un país que se ima­gi­na­ba lleno de ma­ti­ces, de his­to­ria y de na­tu­ra­le­za exu­be­ran­te. En 2012, el año en el que vino por pri­me­ra vez ter­mi­na­ron de apun­ta­lar ese ca­ri­ño ges­ta­do a la dis­tan­cia.

Al año si­guien­te com­pu­so un te­ma que bau­ti­zó con el nom­bre de Bo­li­via y en el que cuen­ta el éxo­do fa­mi­liar y que es, si va­le el tér­mino, el pro­ta­go­nis­ta de su dis­co Bai­lan­do en la cue­va, con el que se­ma­nas atrás ob­tu­vo dos pre­mios Grammy.

Aho­ra, co­mo pa­ra ce­rrar un ci­clo de cau­sas y efec­tos, Jor­ge Drex­ler re­tor­na al país a pre­sen­tar ese te­ma y lo úl­ti­mo de su pro­duc­ción dis­co­grá­fi­ca. Es­ta­rá ac­tuan­do el pró­xi­mo mar­tes en el tea­tro Re­né Mo­reno y al día si­guien­te lo ha­rá en La Paz.

An­tes de su vi­si­ta, el can­tau­tor uru­gua­yo con­ver­só con Ex­tra des­de Es­pa­ña, país que se ha con­ver­ti­do en su se­gun­do ho­gar y en el que el pa­sa­do 21 de sep­tiem­bre cum­plió 52 años.

¿Có­mo se ha ‘trans­for­ma­do’ Jor­ge Drex­ler des­de tu úl­ti­ma vi­si­ta a Bo­li­via? La ver­dad es que en el ín­te­rin hi­ce un dis­co que se lla­ma Bai­lar en la cue­va que gra­ba­mos en 2013 y sa­lió en 2014 y des­pués he­mos es­ta­do dan­do vuel­tas por to­dos la­dos. Hi­ci­mos al­re­de­dor de 160 con­cier­tos des­de que sa­lió el dis­co. Me la he pa­sa­do tra­ba­jan­do mu­cho es­tos años y to­can­do en vi­vo y aho­ra muy con­ten­to de vol­ver. Bo­li­via cum­ple un rol muy im­por­tan­te en es­te dis­co, ya que hay una can­ción que nom­bra al país y es pa­ra mí un or­gu­llo ir a pre­sen­tar­lo.

¿Hay que bus­car res­pues­tas bio­grá­fi­cas de lo que te ha pa­sa­do en el úl­ti­mo tiem­po en las can­cio­nes de tu úl­ti­mo dis­co? Sí, to­do lo que uno es­cri­be ter­mi­na sien­do au­to­bio­grá­fi­co, aun­que cuen­te co­sas que le pa­sen a otros. To­do lo que es­cri­bo, aun­que no me pa­se a mí, pa­sa a tra­vés de mí y aca­ba im­preg­na­do de lo que es­toy sin­tien­do en ese mo­men­to. El dis­co es­tá lleno de mu­chas re­fe­ren­cias de co­sas que me han es­ta­do pa­san­do, so­bre to­do de mis bús­que­das. Por ejem­plo, un reen­cuen­tro con el mo­vi­mien­to, que es de lo que ha­bla Bai­lar en la cue­va, una re­co­ne­xión con una par­te muy ins­tin­ti­va muy rít­mi­ca.

En tu úl­ti­mo tra­ba­jo hay re­fe­ren­cias a Bo­li­via y a mu­chos otros lu­ga­res a tra­vés de los rit­mos y las per­so­nas con las que co­la­bo­ras. ¿Eso tam­bién es un re­fle­jo de es­tos años? Exac­ta­men­te. El dis­co es un re­fle­jo de mi enamo­ra­mien­to con Amé­ri­ca La­ti­na. Es­te tra­ba­jo ma­ra­vi­llo­so que ten­go, que es es­cri­bir can­cio­nes y via­jar to­can­do la gui­ta­rra, pa­ra mí es el me­jor tra­ba­jo del mun­do, me ha re­ga­la­do Amé­ri­ca, me ha he­cho par­tí­ci­pe de un con­ti­nen­te. To­dos esos lu­ga­res en los que me sien­to de al­gu­na ma­ne­ra co­mu­ni­ca­do a tra­vés del idio­ma o a tra­vés de pau­tas cul­tu­ra­les en co­mún. Yo me sien­to en ca­sa en mu­chos lu­ga­res a los que via­jo a to­car. Bá­si­ca­men­te me sien­to en ca­sa en los lu­ga­res en los que soy en­ten­di­do y don­de me en­tien­dan. Co­mo de­cía Fer­nan­do Pes­soa: "Mi pa­tria es mi lengua".

La his­to­ria de tu fa­mi­lia bien po­dría ser el ar­gu­men­to de una pe­lí­cu­la ¿no? ( Ri­sas) La ver­dad que sí. So­bre to­do, la his­to­ria de la fa­mi­lia de mi pa­dre, que ya ha si­do el ar­gu­men­to de una no­ve­la au­to­bio­grá­fi­ca que ti­tu­ló Co­mo el Uru­guay no hay... có­mo lle­gar. En

ella cuen­ta to­da la epo­pe­ya de la fa­mi­lia. Des­de sus úl­ti­mos años en Ber­lín, la sa­li­da de Ale­ma­nia, los seis años que vi­vie­ron en Oru­ro, has­ta la lle­ga­da a Uru­guay. Pa­ra ha­cer un po­qui­to de pre­ci­sión his­tó­ri­ca hu­bo una con­ven­ción en Lima a fi­na­les de los años 30 en la que to­das las can­ci­lle­rías de­ci­die­ron de­jar de dar vi­sa­dos pa­ra los re­fu­gia­dos ju­díos ale­ma­nes y Bo­li­via se re­ti­ró de esa reunión, di­cien­do que ellos iban a man­te­ner abier­to el sis­te­ma de vi­sa­dos.

Creo que los ac­tos de ge­ne­ro­si­dad se mi­den tam­bién por las cir­cuns­tan­cias his­tó­ri­cas. Bo­li­via co­rría un ries­go cuan­do ha­cía eso, por­que es­ta­ba mos­tran­do ene­mis­tad a un ré­gi­men que te­nía mu­cho po­der. En ese mo­men­to la Ale­ma­nia Na­zi pa­re­cía que se iba a co­mer el mun­do. Bo­li­via no era un país ri­co eco­nó­mi­ca­men­te, pe­ro aun así mos­tró su ge­ne­ro­si­dad al ayu­dar a in­mi­gran­tes cen­troeu­ro­peos.

En­tre la lec­tu­ra del li­bro de mi pa­dre y mi vi­ven­cia de to­car en Bo­li­via, me di cuen­ta que pro­ba- ble­men­te es­toy vi­vo gra­cias a una ac­ti­tud muy ge­ne­ro­sa que tu­vo Bo­li­via en 1939, cuan­do to­das las can­ci­lle­rías de La­ti­noa­mé­ri­ca de­cían que no, Bo­li­via di­jo que sí y eso le per­mi­tió a mi fa­mi­lia te­ner un lu­gar don­de lle­gar.

¿ Qué miem­bros de tu fa­mi­lia lle­ga­ron a Bo­li­via?

Mi pa­dre, mis dos abue­los, tíos, tías y pri­mos. Uno de mis tíos, el her­mano de mi pa­dre, na­ció en Oru­ro y mi bi­sa­bue­lo mu­rió en esa ciu­dad. Si es­pe­cu­la­mos un po­co, pudiste ser bo­li­viano... Bueno, no ha­ce fal­ta es­pe­cu­lar, me sien­to par­te del país. La ver­dad es que me sien­to bo­li­viano. En las cir­cuns­tan­cias di­fí­ci­les es que se po­nen a prue­ba las per­te­nen­cias y yo me sien­to per­te­ne­cien­te al país. No es­ta­ría ha­blan­do con­ti­go si no fue­ra por ese ges­to de Bo­li­via.

¿Qué re­cuer­dos tie­ne tu pa­dre de esos años en Oru­ro? ¿Qué co­sas te ha con­ta­do? . Mi pa­dre era muy chi­qui­to, lle­gó a Bo­li­via con cua­tro años y se fue a Uru­guay cuan­do te­nía 11. Cuan­do lle­gó a Mon­te­vi­deo le de­cían el bo­li­viano (ri­sas) por el acen­to del país que ha­bía ad­qui­ri­do. Oru­ro fue una eta­pa muy im­por­tan­te en su vi­da. Re­cuer­da mu­cho las mi­nas, que ju­ga­ba con sus ami­gos en ellas. Re­cuer­da el co­le­gio An­glo Ame­ri­cano don­de él iba, los nom­bres de sus ami­gos, de sus maes­tras… tie­ne un mon­tón de anéc­do­tas.

Mis abue­los em­pe­za­ron, pri­me­ro ven­dien­do co­mi­da, de puer­ta en puer­ta. Cuan­do tu­vie­ron un po­co de di­ne­ro pu­sie­ron una tien­da fren­te a una de las pla­zas de Oru­ro. ¿ Tu pa­dre re­gre­só al­gu­na vez a Oru­ro? No, me en­can­ta­ría la ver­dad vol­ver con él. Yo he vuel­to con él a Ber­lín, don­de na­ció. Cuan­do fui a to­car a Ber­lín me lo lle­vé y es­ta vez te­nía la es­pe­ran­za de to­car en Oru­ro, pe­ro te soy sin­ce­ro: es­tu­vi­mos muy cer­ca de can­ce­lar es­ta gi­ra por Bo­li­via y la úni­ca ra­zón por la que la hi­ci­mos fue por­que yo me em­pe­ci­né en que te­nía­mos que ir a to­car de cual­quier ma­ne­ra, por­que hu­bo un pri­mer pro­mo­tor ines­cru­pu­lo­so que es­ta­fó a par­te del pú­bli­co has­ta que con­se­gui­mos a es­tos nue­vos pro­mo­to­res. Es muy tris­te que es­tas co­sas pa­sen, pe­ro si fue­ra con un po­co más de tiem­po me hu­bie­ra or­ga­ni­za­do un

via­je a Oru­ro, pe­ro aho­ra lo veo com­pli­ca­do.

Los bo­li­via­nos nos he­mos con­ver­ti­do en in­mi­gran­tes. Mu­cha gen­te ha sa­li­do del país bus­can­do nue­vas opor­tu­ni­da­des ¿Có­mo vez ese fe­nó­meno? Yo creo que la his­to­ria es­tá lle­na de prue­bas de que la emi­gra­ción no tie­ne una so­la di­rec­ción. Es un fe­nó­meno pen­du­lar, de ida y vuel­ta y que quie­nes hoy pi­den asi­lo lo pue­den es­tar dan­do ma­ña­na y vi­ce­ver­sa. Pri­me­ros los es­pa­ño­les mi­gra­ron a Amé­ri­ca La­ti­na , lue­go los hi­jos o nie­tos de esos es­pa­ño­les in­ten­ta­ron mi­grar a Es­pa­ña pa­ra con­se­guir ese pa­sa­por­te; aho­ra de vuel­ta esos es­pa­ño­les es­tán emi­gran­do a La­ti­noa­mé­ri­ca a tra­ba­jar; lo mis­mo pa­sa con los bo­li­via­nos. ¿Qué te lle­vó a emi­grar a Es­pa­ña? ¿Fue por amor? No creo que una co­sa tan du­ra co­mo la emi­gra­ción se pue­da sos­te­ner si no hay un so­por­te afec­ti­vo, sal­vo que ha­ya mu­cha ne­ce­si­dad co­mo es el ca­so de los re­fu­gia­dos si­rios. Pe­ro yo no soy un in­mi­gran­te for­za­do, más bien soy un in­mi­gran­te muy pri­vi­le­gia­do que no fui acu­cia­do por el hambre o una per­se­cu­ción po­lí­ti­ca. Sim­ple­men­te vi­ne a in­ten­tar re­don­dear mi pro­yec­to ar­tís­ti­co. En mi ca­so sí me enamo­ré y tu­ve mi pri­mer hi­jo y me que­dé aquí.

Pe­ro el mo­ti­vo con­cre­to de mi ve­ni­da a Es­pa­ña fue Joa­quín Sa­bi­na que me vio to­can­do en Mon­te­vi­deo y me di­jo que me vi­nie­ra a Es­pa­ña, que me iba a ir muy bien. Lue­go me in­vi­tó a ir­me de gi­ra con él y al mes es­ta­ba yo en su ca­sa de Ma­drid. La ver­dad que fue co­mo el Orácu­lo era co­mo si tu­vie­ra po­de­res so­bre­na­tu­ra­les, por­que to­do lo que me di­jo pa­só. Exac­ta­men­te así co­mo él lo men­cio­nó.

¿Es ver­dad que en esa épo­ca in­ter­ca­la­bas tu tra­ba­jo de mé­di­co con tus ac­tua­cio­nes? Ab­so­lu­ta­men­te. Mis dos pri­me­ros dis­cos me los pa­gué tra­ba­jan­do co­mo mé­di­co. Yo vi­ví de la me­di­ci­na has­ta los 30 años. In­clu­so cuan­do ya ra­di­ca­ba en Es­pa­ña y oca­sio­nal­men­te vol­vía a Uru­guay mis pa­dres, que son ci­ru­ja­nos, re­ser­va­ban al­gu­nas ope­ra­cio­nes pa­ra ha­cer­las con­mi­go ( ri­sas) Has­ta que les tu­ve que de­cir “Mi­ren, ya he de­ja­do la me­di­ci­na y no voy a vol­ver”. Eso fue muy do­lo­ro­so pa­ra ellos.

En Es­pa­ña em­pe­cé a gra­bar te­mas con otros ar­tis­tas. Eso me dio mu­cho pres­ti­gio y a ini­ciar mi pro­pia ca­rre­ra, aun­que de­mo­ré mu­cho, de­mo­ré­nue­ve años pa­ra que me em­pe­za­ra a ir bien co­mo so­lis­ta. Tu­ve que sa­car cin­co dis­cos en Es­pa­ña pa­ra que me em­pe­za­ra a ir bien. Re­cién en mi sép­ti­mo dis­co, Eco, em­pe­zó a ir­me me­jor, pe­ro al prin­ci­pio tra­ba­ja­ba con au­dien­cias muy pe­que­ñas, en pe­que­ños lo­ca­les, pe­ro es­ta­ba tan con­ten­to de de­di­car­me a la música, que era la per­so­na más fe­liz del mun­do.

¿ En al­gún mo­men­to no te arre­pen­tis­te de ha­ber de­ja­do la me­di­ci­na? No, la ver­dad que no. Las de­ci­sio­nes vo­ca­cio­na­les son cla­ras co­mo el agua. So­lo ha­ce fal­ta ver­las. Lo di­fí­cil es ver­las, pe­ro uno sa­be qué es lo que quie­re y qué es lo que pue­de tam­bién. No es cues­tión de aga­rrar y de­jar to­do de ma­ne­ra irres­pon­sa­ble. Yo real­men­te que­ría de­di­car­me a la música y sa­bía que si lar­ga­ba to­do de ma­ne­ra irres­pon­sa­ble no lo iba a con­se­guir, en­ton­ces es­pe­ré has­ta te­ner una opor­tu­ni­dad. Es­tu­ve co­mo un ani­mal que ace­cha una pre­sa y una vez que apa­re­ció la aga­rré con uñas y dien­tes y de ahí no la sol­té y ni la qui­se sol­tar. Sen­tía que es­ta­ba dan­do un pa­so va­lien­te, por­que real­men­te te­nía mi vi­da re­suel­ta en Uru­guay. Te­nía un buen pa­sar y un fu­tu­ro en la me­di­ci­na. Mis dos pa­dres son oto­rri­nos y yo es­ta­ba tra­ba­jan­do en la clí­ni­ca de ellos, lis­to pa­ra ser el he­re­de­ro de la clí­ni­ca fa­mi­liar.

Me pre­gun­ta­bas an­tes si fue por amor que me vi­ne a Es­pa­ña y pen­sán­do­lo bien sí, fue por amor a la música. El amor tira mu­cho cuan­do uno lo de­ja en­trar en la vi­da. Me dio se­gu­ri­dad, me re­afir­mó y me ayu­dó a to­mar esa de­ci­sión. En tu can­ción Sal­va­pan­ta­llas de­cís va­mos a dar gue­rra a cua­tro gui­ta­rras. ¿Es una alu­sión a tus her­ma­nos que tam­bién son mú­si­cos? ¿Así son sus en­cuen­tros en tu ca­sa? En reali­dad, son tres gui­ta­rras, por­que mi her­ma­na to­ca el piano (ri­sas) pe­ro no que­ría en­trar en de­ta­lles. La música es un com­po­nen­te muy im­por­tan­te en las reunio­nes fa­mi­lia­res. Des­de la música to­ca­da has­ta la música que se po­ne. Mi her­ma­na es pia­nis­ta y DJ, en­ton­ces es la que más sa­be de música. Mis otros dos her­ma­nos tie­nen pro­yec­tos so­lis­tas. Y les va muy bien. "Ten­go una can­ción pa­ra mos­trar­te" es lo que nos de­ci­mos to­do el tiem­po. So­mos muy uni­dos. Yo soy el her­mano ma­yor. En­ton­ces cuan­do uno em­pe­za­ba a es­tu­diar al­go, el otro tam­bién le en­tra­ba la cu­rio­si­dad y se me­tía a es­tu­diar lo mis­mo. Mis tres her­ma­nos son mis ami­gos, nos que­re­mos mu­cho. Te­ne­mos mu­chas co­sas de que ha­blar y mu­chas co­sas en co­mún. Pa­ra mí el sal­va­pan­ta­llas es el lu­gar con­tem­po­rá­neo en el que uno guar­da sus ver­da­de­ros afectos. An­tes era el es­ca­pu­la­rio, un lu­gar don­de se guar­da­ba la fo­to de tus se­res que­ri­dos o la par­te de atrás de un re­loj don­de uno te­nía la fo­to de tus hi­jos. El sal­va­pan­ta­llas hoy cum­ple con esa fun­ción. Ca­da vez que vez el te­lé­fono o la compu­tado­ra es­tás en con­tac­to con tus afectos, con al­go que quie­res. Es una can­ción de­di­ca­da a mis her­ma­nos. Es una ma­ne­ra de de­cir­les que los ten­go en el al­tar de mis afectos, un sal­va­pan­ta­llas en de­fi­ni­ti­va.

Co­mo po­cos, pue­des jac­tar­te­te de que tie­nes un Ós­car en tu ca­sa ¿Es cier­to que un tiem­po lo guar­da­bas en­vuel­to en una toa­lla y den­tro de un ca­jón? Al­gu­na vez sí, lo que pa­sa­ba es que unos me­ses des­pués del Ós­car me mu­dé y tu­ve un tiem­po sin po­der co­lo­car­lo en un lu­gar de­fi­ni­ti­vo. Tu­ve va­rias mu­dan­zas se­gui­das y lo te­nía así, pe­ro hoy lo ten­go en una es­tan­te­ría.

Es ver­dad que el te­ma iba a ser pa­ra Mer­ce­des So­sa ¿Có­mo fue esa his­to­ria? Sí, la can­ción era una es­pe­cie de ba­gua­la ar­gen­ti­na, es­ta­ba tan con­ten­to cuan­do me di­je­ron que la iba a can­tar ella y que­dé muy de­cep­cio­na­do cuan­do me di­je­ron que iba a ir mi voz y bueno al fi­nal que­dó con mi voz, y mi­rá don­de lle­gó.

Fue emo­cio­nan­te tu in­ter­pre­ta­ción a ca­pe­la al re­ci­bir el Ós­car, co­mo lla­ma­ti­va tu re­ve­ren­cia a Prin­ce Bueno, son mo­men­tos de la vi­da que te que­dan gra­ba­dos pa­ra siem­pre. ¿Con­ver­sas­te con Prin­ce? Muy po­qui­to, no me pa­re­ció una per­so­na muy re­cep­ti­va, muy cu­rio­sa de la música de los de­más, pe­ro yo no le pe­día que sea ni sim­pá­ti­co ni re­cep­ti­vo. Pu­se una ro­di­lla en el pi­so pa­ra ha­cer­le una re­ve­ren­cia, por­que su mú­si-

ca real­men­te me ha mar­ca­do.

De to­dos los pre­mios que has re­ci­bi­do ¿ cuál es al que le tie­nes más afec­to? Hoy jus­to me lle­gó un in­for­me de que ten­go 188 can­cio­nes re­gis­tra­das, me pa­re­ce un nú­me­ro tan enor­me que, sin­ce­ra­men­te, el pre­mio más gran­de que he te­ni­do es el po­der vi­vir de la música, por­que du­ran­te mu­cho tiem­po lo so­ñé y pen­sé que no iba a ser po­si­ble.

Hay mu­chas per­so­nas anó­ni­mas que suben a In­ter­net vi­deos can­tan­do tus can­cio­nes. ¿Al­gu­na en es­pe­cial te ha re­sul­ta­do más cu­rio­sa? Hay mu­chas cu­rio­sas, pe­ro siem­pre es sor­pren­den­te. Es in­creí­ble, has­ta los 30 años yo es­tu­ve del otro la­do del mos­tra­dor es­cu­chan­do can­cio­nes de mú­si­cos que ad­mi­ra­ba, sa­cán­do­las con la gui­ta­rra, desean­do al­gún día co­no­cer­los, so­ñan­do po­der su­bir­me a un es­ce­na­rio y de­di­car­me a eso. y hoy veo que otras per­so­nas han aga­rra­do mis can­cio­nes y las to­can. Eso me pa­re­ce un ver­da­de­ro mi­la­gro. Me sien­to una per­so­na muy afor­tu­na­da e in­ten­to no ol­vi­dar­me de ser una per­so­na agra­de­ci­da cuan­do veo eso.

En otro de tus te­mas di­ces que 'no crees en las re­ce­tas de la fe­li­ci­dad; pe­ro ape­lan­do a tu pa­sa­do co­mo mé­di­co ¿Qué pla­ce­bos re­ce­ta­rías pa­ra la fe­li­ci­dad? Ujum… Es que hay co­sas con­cre­tas que no son pla­ce­bos y que es­tá de­mos­tra­do que ha­cen bien a la fe­li­ci­dad. El ejer­ci­cio fí­si­co por ejem­plo, que es una lí­nea di­rec­ta ha­cia un ti­po de bie­nes­tar. Tam­bién, pe­ro se­ría muy ob­vio que te lo di­je­ra (ri­sas) Pe­ro no siem­pre pa­ra la fe­li­ci­dad, hay música que es­tá pen­sa­da pa­ra in­quie­tar, pa­ra acom­pa­ñar, pa­ra dor­mir, pe­ro siem­pre acom­pa­ña. Es una he­rra­mien­ta de em­pa­tía muy gran­de del ser hu­mano. Fi­ja­te que lle­va­mos ha­cien­do música por lo me­nos 45.000 años. En­con­tra­ron una flau­ta de hue­so de ma­mut en Ale­ma­nia que da­ta de 45.000 años y ya te­nía una es­ca­la pen­ta­tó­ni­ca que se usa en mu­chas mú­si­cas de cin­co no­tas. Si pen­sa­mos que la agricultura es­tá con no­so­tros des­de ha­ce 12.000 años y la es­cri­tu­ra des­de ha­ce 8.000, la música es un co­no­ci­mien­to que es­tá muy uni­do a nues­tra es­pe­cie, si no ¿ có­mo se ex­pli­ca que se ha­ya man­te­ni­do por tan­to tiem­po con la es­pe­cie hu­ma­na? Tie­ne que te­ner una fun­ción y yo creo que es la em­pa­tía, ha­cer­nos sen­tir par­te de al­go

Pro­ta­go­nis­ta Sus can­cio­nes con­quis­ta­ron al pú­bli­co de Ibe­roa­mé­ri­ca y co­se­cha éxi­tos

UN RE­TORNO MUY ES­PE­RA­DO

El au­tor de Sea y al otro la­do del río re­gre­sa al país y ac­tua­rá en San­ta Cruz de la Sie­rra el 25 de oc­tu­bre y al día si­guien­te re­pe­ti­rá en La Paz

MO­MEN­TOS DE UNA VI­DA DE PE­LÍ­CU­LA Re­ci­bien­do el Os­car y co­mo ac­tor Prin­ce le en­tre­gó el Òs­car por el te­ma Alo­tro­la­do

del­río (arri­ba) En una es­ce­na de La­suer­teen

tus­ma­nos, fil­me en la que él es pro­ta­go­nis­ta.

Sus amo­res cer­ca­nos Es­tá ca­sa­do con la ac­triz y can­tan­te es­pa­ño­la Leo­nor Watling. Con ella tie­ne dos hi­jos y un ter­ce­ro de una re­la­ción an­te­rior Mú­si­cos Da­niel y Die­go, sus her­ma­nos me­no­res tie­nen ca­rre­ras y pro­yec­tos mu­si­ca­les pro­pios

El clan de los Drex­ler Jun­to a sus her­ma­nos y en el cen­tro su pa­dre Gun­ter Drex­ler, que vi­vió en Bo­li­via par­te de su in­fan­cia

Re­cuer­do de in­fan­cia Jor­ge (dcha) jun­to a su ma­dre y sus tres her­ma­nos

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