EL GALLERO

El Deber - Extra (Bolivia) - - Humor -

Un cer­co de cu­gu­chi se­pa­ra­ba mi can­chón del de aquel hom­bre­tón que te­nía se­sos de ti­lu­chi. Mo­reno el ros­tro, y fie­ro, re­cuer­do que era, mi ve­cino, hi­jo de ja­po­nés o de chino y que su ofi­cio era de gallero. Lo de gallero no es co­sa fea, -quie­ro que se lo en­tien­da an­te to­do con­sis­te en dar­se el mo­do pa­ra criar fi­nos ga­llos de pe­lea. Pe­ro ocu­rría que el gallero no me te­nía ni piz­ca de com­pa­sión por­que se pa­sea­ban en mi can­chón sus ga­llos ri­cos, el día en­te­ro. ¡Ven­ga pues, y qui­te de mi pa­so a tan te­rri­bles dia­blos em­plu­ma­dos que no sé en qué ha­brán pen­sa­do por­que me tie­nen a pu­ro pi­co­ta­zos!... Era esa mi tris­te can­ta­le­ta que de­bía re­pe­tir el día en­te­ro sin que al chino, al ja­po­nés o al gallero se le vie­ra de pa­sa­da, ni la je­ta. So­la­men­te des­pués de la ora­ción, ya can­sa­dos de es­car­bar y de can­tar, con al­go así co­mo a pa­so mi­li­tar, aban­do­na­ban los ga­llos mi can­chón. De­ci­dí dar al gallero un es­car­mien­to, pues sus ga­llos me te­nían más que ca­bra y so­bran­do sa­lían las pa­la­bras, se los voy a con­tar es­te mo­men­to. Apa­re­ció el pri­me­ro, ga­llo arro­gan­te, y tras de él me des­li­cé al tro­te, cuan­do lo tu­ve a mano le apre­té el co­go­te ¡y so­bre el pu­cho me lo co­mí en pi­can­te!

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