VE­LOZ Y SIN BREVET

MARQUITO BULACIA, UN AS EN EL VO­LAN­TE CRE­CIÓ EN­TRE FIE­RROS, YA GA­NÓ VA­RIOS TÍ­TU­LOS Y SUE­ÑA CON PAR­TI­CI­PAR EN EL DA­KAR

El Deber - Extra (Bolivia) - - Portada - POR SUS LO­GROS, ES­TE AÑO ES EL ME­JOR PI­LO­TO BO­LI­VIANO

Mar­co Bulacia Wil­kin­son (16) cre­ció en­tre fie­rros. Es un jo­ven­ci­to un tan­to in­tro­ver­ti­do, tí­mi­do y ca­lla­do, pe­ro cuan­do co­mien­za a ha­blar de las com­pe­ten­cias so­bre rue­das, sus ojos le bri­llan y su ros­tro se lle­na de luz y de una emo­ción in­des­crip­ti­ble. De­fi­ni­ti­va­men­te se no­ta que el de­por­te tuer­ca es su gran pa­sión.

Des­de que te­nía dos años y su her­mano, Bruno (14), aún es­ta­ba en la pan­za, con su ma­dre, Susy­beth Wil­kin­son (39), co­men­za­ron a se­guir a su pa­dre, Mar­co Bulacia (43), uno de los co­rre­do­res más re­co­no­ci­dos y ga­lar­do­na­dos del país, por to­das las ru­tas en las que com­pe­tía. Fue así, que a me­di­da de que pa­sa­ban los años, su pa­sión por las ca­rre­ras tam­bién au­men­ta­ba.

Es­te chi­co pro­di­gio, que el 27 de sep­tiem­bre pa­sa­do cum­plió 16 y que ni si­quie­ra cuen­ta con li­cen­cia pa­ra con­du­cir por ser me­nor de edad y que so­lo lo ha­ce en los cir­cui­tos ce­rra­dos gra­cias a la au­to­ri­za­ción que emi­te la Aso­cia­ción De­par­ta­men­tal de Au­to­mo­vi­lis­mo de San­ta Cruz (Ade­cruz), ya se co­ro­nó cam­peón en la ca­te­go­ría de ma­yor po­ten­cia en el país y, aun­que no ca­li­fi­ca­ba por su edad, se con­vir­tió en el me­jor com­pe­ti­dor na­cio­nal en el Cam­peo­na­to Su­da­me­ri­cano de Rally en el que par­ti­ci­pó es­te año. Ac­tual­men­te es el co­rre­dor más jo­ven en la his­to­ria del au­to­mo­vi­lis­mo bo­li­viano.

El au­to­mo­vi­lis­mo mun­dial cuen­ta con pi­lo­tos que se ini­cian ca­da vez a más cor­ta edad. Uno de ellos es el ho­lan­dés Max Vers­tap­pen que de­bu­tó en la Fór­mu­la Uno a sus 18 años. En el país a la mis­ma edad de Mar­co Jr., co­men­za­ron a par­ti­ci­par en com­pe­ten­cias na­cio­na­les el chu­qui­sa­que­ño Die­go Car­ba­llo y el cruceño Lui­si­ño Bur­gos.

Su des­tre­za, su te­na­ci­dad y su se­gu­ri­dad fren­te al vo­lan­te lo ha­cen ver co­mo un hom­bre adul­to, pe­ro al con­ver­sar con él su tono de voz de­no­ta que si­gue sien­do un jo­ven ado­les­cen­te con mu­chos

sue­ños. El ma­yor es co­rrer en el Cam­peo­na­to Mun­dial de Rally ( WRC, por sus si­glas en in­glés World Rally Cham­pions­hip). Pa­ra cum­plir­lo le res­tan dos años, cuan­do ten­ga la ma­yo­ría de edad.

Tran­qui­lo y or­de­na­do

Mien­tras trans­cu­rre la en­tre­vis­ta, Marquito, co­mo lo lla­man pa­ra di­fe­ren­ciar­lo de su pa­dre, se di­bu­ja con los de­dos las lí­neas de la mano iz­quier­da, a ra­tos se aco­mo­da el pe­lo y mi­ra su reloj de­por­ti­vo por­que de­be re­tor­nar al co­le­gio. Se no­ta que es­tá un po­co ner­vio­so. No le gus­tan mu­cho las fo­tos. Le cues­ta po­sar. Su son­ri­sa es bas­tan­te tí­mi­da. Su ma­dre, que sa­be mu­cho de mo­de­la­je y de po­ses por­que en su ju­ven­tud fue se­du­ci­da por las pa­sa­re­las, le in­di­ca có­mo pa­rar­se, có­mo mi­rar y có­mo son­reír. Él sim­ple­men­te es­bo­za una son­ri­sa y le res­pon­de que esa es su ma­ne­ra de ha­cer­lo.

Un gran mu­ral con fo­tos de las com­pe­ten­cias y los pre­mios que ha ga­na­do, no so­lo Marquito, sino tam­bién su her­mano dan la bien­ve­ni­da a la sa­la de te­le­vi­sión, don­de ade­más hay un play sta­tion con vo­lan­te, ca­ja de cam­bio y pe­da­les in­clui­dos, don­de en los ra­tos li­bres se di­vier­te con sus jue­gos de ca­rre­ras.

Aun­que le cos­tó acep­tar sa­car­se fo­tos en su dor­mi­to­rio, al fi­nal lo con­se­gui­mos. Es un jo­ven­ci­to or­de­na­do, a pe­sar de que pa­ra evi­tar que nos in­mis­cu­ya­mos mu­cho en su in­ti­mi­dad, él ha­ya di­cho que su cuar­to es­ta­ba des­or­de­na­do. Ese es su rin­cón fa­vo­ri­to, don­de no so­lo des­can­sa, sino en el que tam­bién es­tu­dia y ha­ce sus ta­reas.

Su ha­bi­ta­ción es­tá lle­na de tro­feos y de re­co­no­ci­mien­tos. Tie­ne más de de 80 co­pas pla­tea­das y do­ra­das de di­fe­ren­tes ta­ma­ños, ade­más de otras plaquetas, dis­tri­bui­das en di­fe­ren­tes lu­ga­res. El es­pa­cio ya le es­tá que­dan­do pe­que­ño pa­ra tan­tos lo­gros.

Dor­mir es una de las co­sas de las que más dis­fru­ta, por­que las exi­gen­cias del de­por­te que prac­ti­ca le da­man­dan mu­cho es­fuer­zo fí­si­co. La sies­ta pa­ra es­te jo­ven pi­lo­to es sa­gra­da, co­men­ta su ma­dre, aun­que él se­ña­la que es so­lo cuan­do es­tá muy can­sa­do. Ge­ne­ral­men­te a las 23:00 ya es­tá dur­mien­do. En los días de com­pe­ten­cia tra­ta de acos­tar­se más tem­prano pa­ra es­tar des­can­sa­do y con la men­te más des­pe­ja­da.

Res­pon­sa­bi­li­dad an­te to­do

Son las 13:50 del mar­tes y ape­nas tie­ne unos mi­nu­tos pa­ra la en­tre­vis­ta por­que pa­sa cla­ses en la tar­de, al igual que el lu­nes. Son los dos días que tie­ne ma­te­rias en la tar­de. Es­tu­dia en el Co­le­gio Fran­co Bo­li­viano, don­de cur­sa el cuar­to de se­cun­da­ria. Es buen alumno. Una de las con­di­cio­nes que le im­po­nen sus pa­dres pa­ra que pue­da par­ti­ci­par de las com­pe­ten­cias au­to­mo­vi­lís­ti­cas es que su pro­me­dio bi­mes­tral es­té arri­ba de 85.

Aun­que le fal­tan dos años pa­ra sa­lir ba­chi­ller, ya tie­ne bien de­fi­ni­do que quie­re cur­sar la ca­rre­ra de In­ge­nie­ría Ci­vil. De esa for­ma po­drá tra­ba­jar al la­do de su pa­dre, que es pro­pie­ta­rio de la em­pre­sa cons­truc­to­ra Vial­co.

Co­mo ya es­tá con­di­cio­na­do a ser un buen alumno, su ma­má afir­ma que no ne­ce­si­ta es­tar en­ci­ma de él pa­ra con­tro­lar si es­tu­dia o si ha­ce la ta­rea, da­do que es un chi­co res­pon­sa­ble. “Su úni­co tra­ba­jo es es­tu­diar, por lo tan­to de­be ha­cer­lo bien pa­ra que pue­da cum­plir su sue­ño de co­rrer”.

Marquito ase­gu­ra que su día a día de­man­da sa­cri­fi­cio y que mu-

TIE­NE MÁS DE 80 CO­PAS Y PLAQUETAS DIS­TRI­BUI­DAS POR TO­DA SU HA­BI­TA­CIÓN HA DE­JA­DO DE LA­DO LAS FIES­TAS POR­QUE SU PA­SIÓN ES EL DE­POR­TE TUER­CA, QUIE­RE LLE­GAR LE­JOS

chas ve­ces el tiem­po le que­da cor­to. Hay se­ma­nas en las que de­be au­sen­tar­se de las au­las uno o dos días pa­ra ha­cer el re­co­no­ci­mien­to de las ru­tas an­tes de la ca­rre­ra. Otras ve­ces tie­ne que via­jar a com­pe­tir y se pier­de más tiem­po. A la se­ma­na si­guien­te se ve obli­ga­do a po­ner­se al día y se­guir con su ru­ti­na es­co­lar, lo que le de­man­da el do­ble de es­fuer­zo.

Mien­tras mu­chos de sus com­pa­ñe­ros es­tán en las ‘pre­vias’ o en las ‘con­fras’ de su co­le­gio, él ca­si nun­ca pue­de ha­cer­lo, ya sea por­que tie­ne ca­rre­ras o por­que de­be ir a mi­rar al­gu­na o, en su de­fec­to, de­di­car­se a prac­ti­car.

“Soy bas­tan­te ca­se­ro y aun­que me gus­tan un po­co las fies­tas, no par­ti­ci­po mu­cho por­que las ca­rre­ras siem­pre son los fi­nes de se­ma­na y nun­ca pue­do es­tar en los even­tos a los que van mis com­pa­ñe­ros. Yo ele­gí es­to que me apa­sio­na y no me pe­sa. Ya ha­brá tiem­po pa­ra lo de­más”, ma­ni­fies­ta, lue­go de afir­mar que por aho­ra tam­po­co tie­ne enamo­ra­da por­que no le que­da tiem­po.

Cues­tión de san­gre

Ins­pi­ra­do en su pro­ge­ni­tor, a sus sie­te años, jun­to con su her­mano, Bruno, que en­ton­ces te­nía cin­co, co­men­zó a com­pe­tir en las prue­bas de kar­ting en las que par­ti­ci­pó has­ta sus 14 años. Al po­co tiem­po ya su­po de triun­fos, co­ro­nán­do­se dos ve­ces cam­peón de­par­ta­men­tal y tres na­cio­nal.

Es tran­qui­lo. Tie­ne el ca­rác­ter y el tem­pe­ra­men­to de su pa­dre, del que ha apren­di­do cier­tas téc­ni­cas a la ho­ra de co­rrer. Fí­si­ca­men­te es muy pa­re­ci­do a su ma­dre. Tie­ne el pe­lo ru­bio y los ojos ca­fé cla­ro. Es al­to y aún le que­da zo­na pa­ra cre­cer, mi­de 1.80 m y pe­sa 70 ki­los. Vis­to de le­jos, pa­re­ce ser un jo­ven con más años. No obs­tan­te, al te­ner­lo de fren­te, sus ras­gos de ni­ño de­la­tan su cor­ta edad.

“A Marquito le gus­tan las ca­rre­ras o las ca­rre­ras. No hay otra co­sa que lla­me su aten­ción”, afir­ma Susy­beth. Cuan­do no es­tá par­ti­ci­pan­do en una com­pe­ten­cia, es­tá re­co­rrien­do las ru­tas, mi­ran­do vi­deos de las su­yas y de las de su pa­dre o dis­fru­tan­do al­gún rally en la te­le­vi­sión, ju­gan­do play sta­tion o mi­ran­do al­gu­na pe­lí­cu­la. ¿Y de qué creen? De ca­rre­ras, por su­pues­to.

“Me gus­ta mi­rar las ca­rre­ras, no so­lo las mías, sino tam­bién las de mi pa­pá, que es al co­rre­dor que más ad­mi­ro, es mi ído­lo, y las de pi­lo­tos in­ter­na­cio­na­les por­que siem­pre apren­do al­go nue­vo. No hay na­da que me atrai­ga más que co­rrer. No ten­go nin­gún otro pa­sa­tiem­po. Mi vi­da gi­ra en torno a las ca­rre­ras. In­clu­so ni re­cuer­do que me ha­ya gus­ta­do al­gún su­per­hé­roe cuan­do era pe­que­ño. En mi men­te ten­go gra­ba­dos re­cuer­dos so­lo de los au­tos”, ma­ni­fies­ta es­te jo­ven co­rre­dor que a sus 15 años se co­ro­nó cam­peón na­cio­nal y es­tá a un pa­so de lle­var­se el pri­mer lu­gar en la de­par­ta­men­tal.

Una fa­mi­lia muy uni­da

Des­de que Mar­co Bulacia co­men­zó a co­rrer, ha­ce más de 14 años, to­da la fa­mi­lia ar­mó pil­chas y em­pren­dió via­je en ca­da com­pe­ten­cia en la que par­ti­ci­pa­ba pa­ra apo­yar al pa­pá. A Va­le­ria (6), la su­rra­pi­ta y úni­ca hi­ja, no le atraen mu­cho los fie­rros. Así que a sus pro­ge­ni­to­res no les preo­cu­pa, al me­nos por aho­ra, que ella tam­bién in­gre­se al mun­do del de­por­te tuer­ca.

La ho­ra del al­muer­zo es una cos­tum­bre que aún con­ser­van. Apro­ve­chan el tiem­po pa­ra con­ver­sar so­bre el día a día de ca­da uno, pe­ro siem­pre el te­ma de char­la ter­mi­na gi­ran­do en torno a las ca­rre­ras.

Ca­si to­dos los fi­nes de se­ma­na, pa­dres e hi­jos com­par­ten en fa­mi­lia. Siem­pre es­tán jun­tos en las ca­rre­ras, ya sea a apo­yar a uno de los co­rre­do­res o se van a mi­rar al­gu­na que otra prue­ba. Si no le to­ca co­rrer a Marquito, es el turno de Bruno, ra­zón por la que son po­cos los sá­ba­dos o do­min­gos en los que pue­den dar­se una es­ca­pa­da al ci­ne o a las Lo­mas de Are­na, que es uno de los lu­ga­res fa­vo­ri­tos de los chi­cos pa­ra an­dar en mo­to, en cua­dra­track o en el teryx.

Cuan­do el pa­pá par­ti­ci­pa en el Da­kar, ar­man va­li­jas y ha­cen el re­co­rri­do en el cam­per que tie­nen du­ran­te las ca­si dos se­ma­nas que du­ra la com­pe­ten­cia. “Es al­go que ha­go por mi fa­mi­lia, por­que eso nos une mu­cho. Es un tiem­po her­mo­so el que dis­fru­ta­mos to­dos. Si bien no era una aman­te de las ca­rre­ras, cuan­do me ca­sé co­men­cé a apo­yar­lo y con el pa­so del tiem­po le en­con­tré el gus­to, por­que ade­más de es­tar to­dos jun­tos, siem­pre co­noz­co nue­vos lu­ga­res y otras cul­tu­ras, al mar­gen de que dis­fru­to de la gas­tro­no­mía de ca­da pue­blo o ciu­dad que vi­si­to”, re­sal­ta Susy­beth.

Agre­ga que es­tar al la­do de los co­rre­do­res de su vi­da le da la se­gu­ri­dad de sa­ber que es­tán bien cui­da­dos. Así que siem­pre es­tá en la me­ta cuan­do ellos lle­gan. De esa for­ma les de­mues­tra to­do su amor y su apo­yo. Se to­ma las ca­rre­ras con tran­qui­li­dad y siem­pre pien­sa en po­si­ti­vo y les man­da bue­nas vi­bras pa­ra que to­do mar­che so­bre rue­das y salgan vic­to­rio­sos. Has­ta aho­ra nun­ca su­frie­ron un ac­ci­den­te.

Sus gus­tos y al­go más

Los ami­gos con los que más com­par­te son los que ha co­no­ci­do en el ám­bi­to de las ca­rre­ras, por­que pa­sa más tiem­po en las ru­tas que en el co­le­gio o en su ca­sa, si­tua­da en el con­do­mi­nio Ciu­dad Real, don­de vi­ve jun­to a sus pa­dres y sus dos her­ma­nos me­no­res. Su me­jor ami­go se lla­ma Saúl Flo­res, con quien se co­no­cen des­de muy ni­ños y con el que com­par­te su pa­sión por las ca­rre­ras.

No es un chi­co de lu­jos. Se pue­de de­cir que el úni­co es te­ner su au­to bien equi­pa­do y con to­das las me­di­das de se­gu­ri­dad pa­ra res­guar­dar su in­te­gri­dad en ca­so de al­gún per­can­ce, con jau­las, cin­tu­ro­nes y bu­ta­cas que re­quie­re un vehícu­lo de ca­rre­ras, ade­más de su ove­rol an­ti­fla­ma y cas­cos ho­mo­lo­ga­dos que pro­te­gen al pi­lo­to.

¿ Cá­ba­las? Nin­gu­na. Sim­ple­men­te di­ce que re­za an­tes de co­men­zar una ca­rre­ra y se en­co­mien­da a Dios. Ca­si siem­pre co­rre de ro­jo. Le con­sul­ta­mos si es su co­lor fa­vo­ri­to, pe­ro afir­ma que es por­que ese es el tono de su me­jor ove­rol an­ti­fla­ma y que él se in­cli­na más bien por las to­na­li­da­des fos­fo­res­cen­tes.

Pa­ra­le­la­men­te al kar­ting, cuan­do es­ta­ba más pe­que­ño Marquito prac­ti­ca­ba na­ta­ción, de­por­te en el que se des­ta­có por­que ga­nó va­rias com­pe­ten­cias in­ter­co­le­gia­les. No obs­tan­te, su pa­sión por los fie­rros fue su­pe­rior, por lo que so­lo se abo­có a las ca­rre­ras. Por aho­ra se cui­da yen­do al gim­na­sio, aun­que no lo ha­ce muy se­gui­do por­que ge­ne­ral­men­te lle­ga can­sa­do.

Su día no pue­de pa­sar sin go­mas de mas­car. La Co­ca Co­la le en­can­ta y sus pla­tos pre­fe­ri­dos son las pas­tas y los ma­ris­cos. Aun­que se cui­da de la co­mi­da cha­ta­rra, tam­bién dis­fru­ta de una ri­ca ham­bur­gue­sa en el Hard Rock Ca­fé, que es uno de sus lu­ga­res fa­vo­ri­tos don­de siem­pre van en fa­mi­lia.

¿Ner­vios? So­lo sien­te un po­co de ten­sión an­tes de las ca­rre­ras, pe­ro no por­que le va­ya mal, sino por­que quie­re ha­cer las co­sas bien. Cuan­do es­tá en el vo­lan­te, se le ol­vi­dan y so­lo sien­te la adre­na­li­na de co­rrer tras un nue­vo tí­tu­lo y al­can­zar sus sue­ños.

A juz­gar por las crí­ti­cas po­si­ti­vas de los en­ten­di­dos en es­te de­por­te, su fu­tu­ro promisorio lle­ga­rá tan na­tu­ral así co­mo la li­cen­cia de con­du­cir, es so­lo cues­tión de tiem­po

Su mas­co­ta con­sen­ti­da

Es­te her­mo­so ca­cho­rro po­me­rano, con me­le­na de león, se lla­ma Emi­lio y ya tie­ne tres años. Ape­nas lle­ga Marquito a la ca­sa, co­rre a dar­le la bien­ve­ni­da. Su amo se sien­ta en el so­fá y de in­me­dia­to el pe­rri­to se en­fal­da.

Una gran pro­me­sa en el au­to­mo­vi­lis­mo na­cio­nal

Una es­ce­na de la com­pe­ten­cia en la que Mar­co Jr. par­ti­ci­pó, jun­to con su co­pi­lo­to, Luis Sa­la­zar, el pri­mer fin de se­ma­na de no­viem­bre, en la que ocu­pó el pri­mer lu­gar. Los lo­gros si­guen su­man­do y es­tá a un pa­so de co­ro­nar­se cam­peón de­par­ta­men­tal.

LOS HER­MA­NOS SE DES­TA­CA­RON EN EL KAR­TING NA­CIO­NAL

Jó­ve­nes pro­me­sas en el de­por­te tuer­ca Un her­mo­so re­cuer­do de los ini­cios de Marquito, jun­to con su her­mano Bruno, en un cam­peo­na­to de kar­ting, rea­li­za­do en Ta­ri­ja en el año 2009. Am­bos se des­ta­ca­ron en esa dis­ci­pli­na.

Con bue­nas no­tas pa­ra com­pe­tir Su par­ti­ci­pa­ción en las com­pe­ten­cias au­to­mo­vi­lís­ti­cas le ha­cen per­der cla­ses y has­ta la con­cen­tra­ción, lo que lo obli­ga a re­do­blar es­fuer­zos pa­ra es­tu­diar y no ba­jar su pro­me­dio bi­mes­tral. Su ma­te­ria pre­fe­ri­da es Ma­te­má­ti­cas.

En la ca­rre­ra a San Ja­vier con su co­pi­lo­to Des­de el año pa­sa­do, Marquito co­rre con su co­pi­lo­to Luis, Chino, Sa­la­zar, que to­ma el vo­lan­te en los tra­mos de ca­rre­ra.

Su ma­dre, su más gran­de apo­yo Susy­beth Wil­kin­son siem­pre es­tá en la me­ta. Un be­llo re­cuer­do de la pri­me­ra ca­rre­ra de kar­ting que ga­nó en 2008.

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