LAS FRÍAS AGUAS DEL LA­GO TI­TICA­CA NO LO VEN­CIE­RON

El Deber - Extra (Bolivia) - - Personaje -

NO SE DE­JÓ Y PE­LEÓ POR SU VI­DA

Sa­lió en un cru­ce­ro con un gru­po de ami­gos. Su lan­cha se vol­có, su ami­go mu­rió y él es­tu­vo du­ran­te dos días es­pe­ran­do ser res­ca­ta­do, sin nin­gún ti­po de ali­men­to.

Lo que más dis­fru­ta­ba Gon­za­lo Ál­va­rez Chá­vez (70) era na­ve­gar. Siem­pre fue su pa­sión. Al país que via­ja­ba, lle­ga­ba a vi­si­tar sus puer­tos y na­ve­gar.

Gon­za­lo era so­cio del Yacht Club Bo­li­viano, que tie­ne su se­de en Hua­ta­ja­ta, y el fe­ria­do del 2 de no­viem­bre de 1987 or­ga­ni­za­ron un cru­ce­ro ha­cia Puno ( Pe­rú), con 10 em­bar­ca­cio­nes de di­fe­ren­tes ta­ma­ños. Sa­lie­ron el 1 de no­viem­bre. Lue­go de dos días se or­ga­ni­zó el re­torno en eta­pas y em­pren­die­ron el re­gre­so por la no­che.

A pe­sar de que llo­vió y el la­go estaba muy agi­ta­do, la na­ve­ga­ción noc­tur­na fue nor­mal. Al ama­ne­cer la em­bar­ca­ción que acom­pa­ña­ba a la de Gon­za­lo so­li­ci­tó permiso para ade­lan­tar­se. Al que­dar so­los, dos ve­ces se apa­ga­ron los mo­to­res. Tra­ta­ron de so­lu­cio­nar la fa­lla, pe­ro en­tró agua al bo­te y que­dó a mer­ced de las olas.

“Al ver que no se po­día ha­cer na­da nos pu­si­mos los cha­le­cos sal­va­vi­das. Pe­dí au­xi­lio por ra­dio, man­dé un SOS de que el Is­pi se estaba hun­dien­do. Al pa­re­cer no nos es­cu­cha­ron. Vol­ca­mos el bo­te y que­da­mos flo­tan­do al lado. Su­bía­mos a la qui­lla pe­ro de tan­to en tan­to caía­mos. Es­pe­rá­ba­mos que nos al­can­za­ran los que ve­nían atrás. No su­ce­dió”, re­cuer­da.

Así pa­só el día. En la os­cu­ri­dad de la no­che y an­te un la­go em­bra­ve­ci­do, su com­pa­ñe­ro, con sig­nos de hi­po­ter­mia, ca­yó al agua y fa­lle­ció. Gon­za­lo se afe­rró a la qui­lla co­mo pu­do, llo­ran­do y pen­san­do que en cual­quier mo­men­to le iba a to­car. Solo que­da­ba orar y pe­dir­le a Dios que lo sal­va­ra por­que su es­po­sa, Ro­sa­rio Gi­mé­nez, con quien ha­cía po­co se ha­bía ca­sa­do y estaba es­pe­ran­do una hi­ja, lo ne­ce­si­ta­ban.

Al ama­ne­cer el la­go que­dó tran­qui­lo. Lo­gró desan­clar el bo­te, ama­rrar los ca­bos ha­cia arri­ba y así pa­só el día tra­tan­do de so­bre­vi­vir. Veía avio­nes so­bre­vo­lan­do la cos­ta, pe­ro no lo­gra­ban ver­lo. Se pre­pa­ró para pa­sar una se­gun­da no­che. Se ama­rró con la so­ga para tra­tar de dor­mir y no caer al agua. Al ama­ne­cer es­cu­chó a un pe­rro la­drar y en­ton­ces co­men­zó a gri­tar pi­dien­do au­xi­lio.

“Ya no sen­tía mis ma­nos ni mi pie iz­quier­do y fue cuan­do vi una ca­noa con dos pes­ca­do­res que vi­nie­ron a mi en­cuen­tro y me co­men­za­ron a fro­tar las ma­nos, la ca­ra y los pies. Ahí le di gra­cias a Dios. Fue un mi­la­gro. Apa­re­ció un alis­ca­fo con ban­de­ra bo­li­via­na y re­tor­né a Co­pa­ca­ba­na, don­de pe­dí que me acom­pa­ña­ran al san­tua­rio a dar gra­cias a la Vir­gen por­que estaba vi­vo. Al sa­lir ya po­día mo­ver bien mis pier­nas, que es­ta­ban en­du­re­ci­das y pro­me­tí ir ca­mi­nan­do ca­da año des­de El Al­to. Así lo hi­zo du­ran­te más de 25 años”, re­la­ta es­te in­ge­nie­ro in­dus­trial na­ci­do en Su­cre, hi­jo de los cru­ce­ños Roberto Ál­va­rez y He­be Chá­vez.

Es­ta vi­ven­cia cam­bió su vi­da. Apren­dió a ser más pru­den­te, a res­pe­tar siem­pre las normas y a va­lo­rar su fa­mi­lia. De­jó de na­ve­gar ha­ce cua­tro años cuan­do se vino a vi­vir a San­ta Cruz, don­de se de­di­ca a la cons­truc­ción. Su pa­sión hoy son los willys

“AHO­RA SOY MÁS PRU­DEN­TE, EL PE­LI­GRO GE­NE­RA ADRE­NA­LI­NA Y ES­TA ES CO­MO UNA DRO­GA” “ES­TA VI­VEN­CIA AU­MEN­TÓ MI FE; NO DE­JO DE DAR GRA­CIAS A DIOS POR EL RE­GA­LO DE LA VI­DA”

Una pa­re­ja muy uni­da Ha­ce cua­tro años Ro­sa­rio Gi­mé­nez y Gon­za­lo Ál­va­rez se vi­nie­ron a San­ta Cruz y vi­ven en la zo­na del Uru­bó.

Último via­je en lan­cha An­tes de ve­nir a San­ta Cruz hi­zo su último pa­seo por el la­go.

Con sus hi­jos Gon­za­lo jun­to con sus re­to­ños Ma­ría He­be, Ma­ría El­vi­ra y Hum­ber­to.

Pre­vio al ac­ci­den­te Roberto Llosa, An­drés Pe­tri­ce­vic, Héc­tor San­gi­nez y Gon­za­lo.

Del re­cuer­do En la San­ta Cruz de an­ta­ño con sus her­ma­nos Roberto y Mar­ce­lo.

De pa­seo En ju­lio de 1987 via­jó con su es­po­sa a Was­hing­ton, de lu­na de miel.

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