Ro­sa Mon­te­ro. Con un ojo en­tu­sias­ta y el otro ame­dren­ta­do

El Deber - Extra (Bolivia) - - SUMARIO - RO­SA MON­TE­RO La au­to­ra. Es pe­rio­dis­ta y si­có­lo­ga es­pa­ño­la. Ha es­cri­to en­sa­yos y no­ve­las por los que ha re­ci­bi­do im­por­tan­tes dis­tin­cio­nes. Su obra ha si­do tra­du­ci­da a más de una vein­te­na de idio­mas y pu­bli­ca­da en mu­chos paí­ses.

Ya sé que no es más que una mal­di­ta con­ven­ción nu­mé­ri­ca, pe­ro es­tas fe­chas tan re­don­das siem­pre me afec­tan mu­cho. Pa­ra peor, den­tro de un par de días cum­plo años, de mo­do que ca­da prin­ci­pio de enero ex­pe­ri­men­to la ne­ce­si­dad de ha­cer ba­lan­ce y re­ini­ciar mi vi­da, ro­sa­mon­te­ro ver­sión 20.17 Ho­me Ba­sic. O, di­cho de otro mo­do, me sien­to co­mo una se­mi­lla aún ale­tar­ga­da por el frío en su cu­na de tie­rra, pe­ro que ya per­ci­be la ten­sión de las nue­vas ra­mas por bro­tar.

Creo que es Mar­tín Ca­pa­rrós quien di­ce que las so­cie­da­des se pue­den di­vi­dir en­tre aque­llas que con­tem­plan el futuro con es­pe­ran­za y aque­llas que le tie­nen mie­do al por­ve­nir. Pien­so que a las per­so­nas nos su­ce­de lo mis­mo y que, a lo lar­go de la vi­da, va­mos al­ter­nan­do te­mo­res e ilu­sio­nes, de­pen­dien­do de có­mo so­ple el vien­to. Ca­bría su­po­ner que, a me­di­da que en­ve­jez­ca­mos, ire­mos sin­tien­do un ma­yor re­ce­lo an­te el futuro, pe­ro qui­zá no ocu­rra así. Pue­de que ha­ya vie­jos que apren­dan a vi­vir el pre­sen­te, a des­pren­der­se de los te­mo­res inú­ti­les e ins­ta­lar­se en una go­zo­sa li­ge­re­za. Yo des­de lue­go no he al­can­za­do ni por aso­mo ese ni­vel de sa­bi­du­ría, de mo­do que oteo 2017 am­bi­gua­men­te, con un ojo en­tu­sias­ta y otro ame­dren­ta­do. Y, aun­que a es­tas al­tu­ras ya sé que la fe­li­ci­dad es so­bre to­do la au­sen­cia de do­lor, se me ocu­rren al­gu­nas cosas que me gus­ta­ría que su­ce­die­ran en los 12 me­ses ve­ni­de­ros. Son de­seos o pro­pó­si­tos mo­des­tos, per­so­na­les, na­da des­co­mu­nal ti­po la paz en el mun­do o cosas así. He aquí unos cuan­tos.

No ver­ter, ni yo ni mi gen­te que­ri­da, una so­la lá­gri­ma de do­lor en to­do 2017. Los úni­cos llan­tos ad­mi­ti­dos son de emo­ción o de ri­sa.

Que no me ra­yen el co­che, al que por fin, tras mu­chos años de abo­lla­du­ras, he lle­va­do al ta­ller, y que es­tá co­mo nue­vo. Pe­ro so­bre to­do de­seo que, si me lo ra­yan, me im­por­te un pi­mien­to.

De­jar de desa­yu­nar de pie y a to­da pri­sa. Es­tar más cal­ma­da. Sen­tar­me a leer tran­qui­la­men­te en mi­tad de la ma­ña­na sin sen­tir­me cul­pa­ble. Acos­tar­me y le­van­tar­me más pron­to. Em­pe­zar a arre­glar­me me­dia ho­ra an­tes pa­ra no aca­bar me­tién­do­me el ce­pi­llo del rí­mel en el ojo por las pri­sas. ¡ Apren­der a per­der el tiem­po! Vi­vir ca­da día co­mo si fue­ra el úl­ti­mo, por­que, co­mo di­ce Woody Allen en su más re­cien­te pe­lí­cu­la, “al­gún día acer­ta­ré”. In­ten­tar ex­tra­viar el mó­vil so­lo dos o tres ve­ces al día (en vez de seis o sie­te). No de­jar las ga­fas ol­vi­da­das den­tro de la ne­ve­ra cuan­do voy a sa­car una bo­te­lla de agua. Com­pren­der que la vi­da es­tá com­pues­ta tam­bién de ma­les­tar y no an­gus­tiar­me an­te los pe­que­ños re­ve­ses. Reír­me más, so­bre to­do de mí mis­ma. Ya se sa­be que no de­be­mos dar­le tan­ta im­por­tan­cia a nues­tros pro­ble­mas: na­die más lo ha­ce. Vi­vir un par de amo­res eter­nos, de esos que duran tres o cua­tro me­ses. Chis­po­rro­tean y son emo­cio­nan­tes. Pe­ro con­se­guir, con ge­ne­ro­si­dad y te­són, que al­guno de esos amo­res eter­nos se ha­ga más mo­des­to y efí­me­ro, por­que esas re­la­cio­nes duran mu­cho más. Que mi pe­rra pe­que­ña de­je de co­mer­se mis li­bros y mis za­pa­tos fa­vo­ri­tos. Ver más a la gen­te que quie­ro, so­bre to­do a aque­llas per­so­nas a las que es­toy per­dien­do. To­dos los años hay ami­gos que, sin mo­ti­vo al­guno, tan so­lo por pe­re­za o por tra­ba­jo, van des­apa­re­cien­do en la le­ja­nía co­mo bar­qui­tos a la de­ri­va. Im­pe­dir que los en­gu­lla el ho­ri­zon­te. Que mi pe­rra pe­que­ña de­je de roer las pa­tas de las si­llas. Ser más cons­cien­te de que lo úni­co que exis­te es el aquí y el aho­ra, el mo­men­to jus­to que una es­tá vi­vien­do. In­ten­tar ha­cer ca­da día al­go que es­té fue­ra de la ru­ti­na, al­go pe­que­ño y pro­pio, al­go nue­vo, al es­ti­lo de lo que con­ta­ba Ellen DeGe­ne­res: “Mi abue­la em­pe­zó a ca­mi­nar cua­tro ki­ló­me­tros al día cuan­do te­nía 60 años. Aho­ra tie­ne 97 y no sa­be­mos dón­de de­mo­nios an­da­rá”. Per­der dos ki­los, pe­ro so­lo de los al­re­de­do­res del om­bli­go. Go­zar de mi tra­ba­jo. De las no­ve­las, pe­ro tam­bién de los ar­tícu­los (no siem­pre lo he lo­gra­do: ha ha­bi­do años de ago­nía). Sen­tir­me li­bre y ju­gue­to­na al es­cri­bir. In­clu­so al re­dac­tar un ar­tícu­lo tan es­tra­fa­la­rio co­mo es­te. Fe­liz 2017, ami­gos

Aun­que a es­tas al­tu­ras ya sé que la fe­li­ci­dad es so­bre to­do la au­sen­cia de do­lor, se me ocu­rren al­gu­nas cosas que me gus­ta­ría que su­ce­die­ran en los 12 me­ses ve­ni­de­ros

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