DE CUES­TIÓN FE Y DE AMOR

CUA­TRO HIS­TO­RIAS DE SA­CER­DO­TES. SON CA­RIS­MÁ­TI­COS Y PO­PU­LA­RES EN­TRE SUS RE­BA­ÑOS. DE­JA­RON FA­MI­LIA, CA­SA Y PUE­BLO PA­RA HA­CER LA DI­FE­REN­CIA EN EL MUN­DO

El Deber - Extra (Bolivia) - - Personaje -

La Pas­cua es el día más gran­de del año. Lo di­ce el pa­dre Die­go; du­ran­te su ho­mi­lía, lo gri­ta. Es efu­si­vo al ha­blar, mue­ve mu­cho las ma­nos y mi­ra di­rec­ta­men­te a los ojos de sus fe­li­gre­ses por turno. Es­tá in­ten­tan­do ha­cer­les en­ten­der que no es ló­gi­co que va­yan más cris­tia­nos a ve­lar el se­pul­cro, a llo­rar la muer­te de Jesús, en lu­gar de acu­dir en ma­yor nú­me­ro a ce­le­brar su re­su­rrec­ción.

“Es­ta­mos equi­vo­ca­dos. Se­gui­mos en­fo­cán­do­nos en la muer­te, en el do­lor, en sen­tir­nos mal y en ha­cer hin­ca­pié en lo pe­ca­do­res que so­mos. ¡Jesús re­su­ci­tó, se­ño­res!, ol­vi­de­mos el su­fri­mien­to y re­go­ci­jé­mo­nos en la vi­da, en la ale­gría de su re­su­rrec­ción. Dios es un Dios de in­fi­ni­ta mi­se­ri­cor­dia y de amor, no es un Dios de cas­ti­go al que le gus­ta tor­tu­rar­nos”. Lo di­ce con un mar­ca­do acento co­lom­biano. Es jo­ven y nue­vo, es­tá en­tu­sias­ma­do, ha­bla emocionado de la fe. La tú­ni­ca blan­ca que vis­te no lle­ga a cu­brir los te­nis que lle­va pues­tos.

Es mar­tes y hay mu­chos asien­tos va­cíos. En­tre los asis­ten­tes a la ca­pi­lla Nuestra Se­ño­ra del Rosario de la ca­lle Te­nien­te Vega hay va­rios jó­ve­nes, vis­ten po­le­ras con la ima­gen de la vir­gen María y es­tán un tan­to mo­ja­das por­que afue­ra ha llo­vi­do.

Tie­nen ci­ta con el sa­cer­do­te una vez ter­mi­ne la mi­sa. Lo es­ti­man y al­gu­nos de ellos lo han he­cho su men­tor, su guía en la fe. Al pa­dre Die­go es­to le en­can­ta. “Gra­tis me han da­do, gra­tis ten­go que de­vol­ver”.

No es que a él co­mo a los otros tres re­li­gio­sos que ilus­tran es­te ar­tícu­lo les es­tén por sa­lir las alas. Son hom­bres de car­ne y hue­so, que con días bue­nos y ma­los, en mo­men­tos de ilu­mi­na­ción y de cri­sis de fe, es­tán de pie, lu­chan­do sus pro­pias ba­ta­llas y ve­lan­do por la fe de to­dos.

Ca­da uno en su de­bi­do mo­men­to se pre­gun­tó si el Se­ñor se ha­bía ol­vi­da­do de ellos. Sus his­to­rias de vi­da son una ra­dio­gra­fía de que la per­fec­ción no exis­te, pe­ro sí exis­ten el per­dón y la re­su­rrec­ción

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