UN VE­CINO TOGADO I

El Deber - Extra (Bolivia) - - Humor - (Si­gue)

De pro­fe­sión abo­ga­do, Vi­vía al la­do de mi ca­sa, Y aun­que no te­nía ni tra­za ¡Ay! Pre­su­mía de togado. Se con­to­nea­ba cual un pa­vo Sin a na­die dar sa­lu­dos Pues su len­gua se ha­cía nu­dos Y le tem­bla­ba has­ta el ra­bo. El abo­ga­do de ma­rras No era ma­lo ni era bueno, Pe­ro su voz, co­mo un trueno, Re­tum­ba­ba allí en las fa­rras. Se bus­ca­ba en él con afán Al­go gran­de y sa­lien­te, Y de­cían “feos sus dien­tes Y su man­za­na de Adán”. ¿Al­gún ras­go le cae bien?, in­qui­rían unos y otros… Tal vez su pin­ta de po­tro Y sus ca­nas en la sien, Ge­ne­ral res­pues­ta era Que muy po­cos acep­ta­ban Y en­tre sí se pre­gun­ta­ban, ¿De dón­de tan­ta bu­rre­ra? ¿Las lle­va to­das con­si­go o co­mo al pru­den­te le pa­sa de­ja al­gu­nas en su ca­sa o las car­ga al­gún ami­go? Mu­cho de es­tra­fa­la­rio Lle­va­ba en­ci­ma el togado, Es de­cir nues­tro abo­ga­do En su tra­jín ru­ti­na­rio. Aun­que alar­dea­ba de cau­to En sus círcu­los so­cia­les, Un día gas­tó sus reales En com­prar­se un vie­jo au­to. No vie­ne al ca­so la mar­ca, Mu­cho menos el mo­de­lo, Co­lor ne­gro, cual de due­lo, Sa­lu­do abier­to a la Par­ca.

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